Ecología trágica o la verdad de la corrida

No cabe duda de la urgencia, pero convendría estar alerta para que, en la precipitación por huir del incendio, no acabemos pisoteando al prójimo frente a la salida de emergencia. Los Proverbios nos previenen de ello (19,2): Donde falta el saber no es bueno el celo, y quien apresura sus pasos acaba cayendo. La urgencia es entonces una cierta lentitud, como en esos pases en que el aguante del torero presenta un hombre que mantiene la sangre lo bastante fría para meditar mientras que el tren arremete contra él.

¿Sobre qué fundar una justa ecología? ¿La preservación de la naturaleza? Tal postura se sitúa en continuidad con la explotación: paternalista más que patronal, mas no dejamos de estar en voladizo, nunca al mismo nivel, el de la dignidad del cara a cara. Por otro lado, la naturaleza misma se despliega a través de violencias: entre las especies, por medio de la cadena alimenticia; en el seno de la misma especie, con los delfines que practican la violación colectiva; en el movimiento mismo de la evolución, «lucha universal que provoca tristes reflexiones» (Darwin)…

Ecología trágica o la verdad de la corrida
CARBAJO&ROJO

Bien antes de las destrucciones perpetradas por el dispositivo consumista, antes incluso de la aparición del hombre, hubo cinco extinciones globales. La más conocida es la de los dinosaurios. La 'Naturaleza' los enterró sin derramar una lágrima ni levantar una estela. Solo queda la cría del hombre para tener nostalgia del tiranosaurio y soñar con combates épicos contra tal dragón.

Numerosos ecologismos pretenden oponerse al tecnologismo y no son más que sus avatares. La reducción del animal a mascota supone toda una urbanización posmoderna, ligada a la gran distribución (Las Arenas de Barcelona se convierten en centro comercial, y el duende, demasiado espiritual y demasiado animal, es remplazado por el 'pet shop'). En los documentales sobre animales son los drones los que permiten acercarse a la vida salvaje. La noción misma de ecosistema remite a un sistema: se trata de mantener las variables en equilibrio. En fin, la máquina de Dédalo permite que Pasífae se aparee con la bestia. No queremos afrontar el bravo en el ruedo, pues nos fabricamos amables minotauros.

Una justa ecología debe iniciar por esta constatación: la naturaleza porta el sello de la ambivalencia. Es nacimiento y violencia, fecundidad y mortalidad, y, por sí misma, marcha hacia la aniquilación, siendo la biosfera, para el astrofísico, nada más que un estrecho paréntesis en la extensión del cosmos. ¿Se trata, a partir de esto, de reducir la ecología a un asunto utilitarista de la supervivencia del 'medio ambiente' (noción perfectamente antropocéntrica), de retrasar nuestra propia desaparición, gestionar los recursos para que podamos aturdirnos durante un poco más de tiempo ante la fatalidad de nuestra muerte?

Pero la 'super-vivencia' es una 'sub-vivencia'. Y los survivalistas son más bien suicidas. Por supuesto, hay que conservarse bastante para vivir, pero la vida no tiene como fin último el conservarse: su grandeza está en la exposición de sí mismo, la generosidad, el zapateado y el cante jondo que pueden hacer que se olvide uno de comer. La logística de la supervivencia es tediosa y mortífera, incapaz de dar un verdadero ímpetu, porque la cuestión del sentido de la vida no está en su preservación friolera, sino en por qué dar la vida, a qué o a quién consagrar la suya, y cómo cambiar la muerte en ocasión de ofrenda en la justicia y, por lo tanto, de gloria.

Vean a la juventud europea entregada al Minotauro a través del laberinto de las pantallas. Los expertos hablan de una tasa de depresiones en alza. Es decir, que no tiene derecho a la desesperación. Se le hace creer que su situación no se ubica bajo un misterio metafísico, sino bajo un problema psicológico o técnico, y que la píldora pronto llegará al punto que le permitirá deshacerse de su angustia. Si la juventud se mata a sí misma, sin embargo, no es tanto por falta de confort, sino por falta de sacrificio. No ve nada por lo que molestarse, nada que justifique «el riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el ser» (Unamuno). Los hijos del Quijote han sido liberados de sus últimos vestigios de caballería. No les queda más que TikTok o el terrorismo.

¿Sobre qué fundar, así pues, la ecología? En primer lugar, sobre una esperanza capaz de superar la desesperación del mundo, no tanto guiada por la noción de naturaleza como por la de creación redimida. Después, sobre una visión que asume la violencia, no para abandonarse a ella, sino para educarla a la fuerza del don. 'Et voilà' a dónde quería llegar: a la tauromaquia.

No soy un aficionado, soy más bien un arenero. Busco disponer la arena del ruedo donde se manifiesta la verdad dramática de la vida. No se trata de defender la corrida. Yo pienso, como Orson Welles, que es «indefendible e irresistible». Los que la quieren justificar a toda costa pasan de largo frente al espíritu del toreo, que no consiste en dar soluciones, sino en bailar con evidencias indomables. La corrida no puede ser defendida en sí misma, igual que no se pueden defender en sí la vida abocada al pecado y a la muerte, ni el testimonio que exige el precio de la sangre. Nadie puede querer eso, pero, no tener nada que ver con ello, no consentir a ello, es destruir la condición humana. Ahora bien, la tauromaquia me parece una expresión eminente de esta condición, y el emblema de una ecología realista, es decir, trágica. ¿Por qué los días taurinos coinciden con la celebración de los santos patronos de la ciudad? ¿Es tal vez el paganismo metiendo su hocico bajo la túnica cristiana? Si la exposición de sí mismo en el ruedo no es temeraria, es porque está respaldada por la esperanza de la vida eterna. En un mundo hipócrita de mataderos industriales y que querría ser «sin sangre», la corrida recuerda esa antigua alianza en que los toros sacrificados eran imagen de nuestra propia alma animal, y se convertían en maestros espirituales que nos llamaban a ofrecer nuestros cuerpos como hostia viva (Rm 12,1).

En segundo lugar, la corrida se basa en los toros bravos, último caso de ganadería extensiva (entre 1 y 3 hectáreas por cabeza) que preserva biotopos ricos en diversidad, frente al hormigón del desarrollo inmobiliario. Es también el único caso de ganadería paradójica: que no busca su domesticación, sino que permanezca salvaje. De ahí su ejemplaridad para la ecología. Se trata hoy, en efecto, de cuidar también las especies no domésticas, de cultivar, en un 'sabbat' de la tierra, eriales y lugares vírgenes. Finalmente, la corrida presenta un actuar relativo a la naturaleza que no es ni explotación hasta el abuso ni sumisión hasta la sandez. Su esencia está en el temple, esa forma luminosa de atemperar la violencia; aceptar la cizaña para proteger el grano bueno hasta la hora de la cosecha. José Bergamín decía en su Birlibirloque: «El arte de torear no es español. Es interplanetario». De hecho, es el modelo de una relación lúcida con otros seres vivos, y el lugar de una apertura a la alteridad más irreductible, sin barbarie ni remilgo.

Fabrice Hadjadj es filósofo y director del Instituto Philanthropos de Friburgo.

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