‘Ecological way of life’

Por José Ángel Mañas, novelista, autor de Historias del Kronen (EL PAÍS, 18/02/07):

En el siglo XIX, Richard Wagner, artista hiperestésico donde los haya, entra en una carnicería. De pronto, delante de toda aquella caterva de pollos desplegados ante sus impresionables ojos, sufre un ataque de lucidez, y en medio de una crisis de nervios de intensidad rousseauniana, piensa: “Oh, Dios mío, la sociedad humana es horrenda. ¡Está basada en la exterminación de los pollos!”.

En el siglo XXI, Al Gore (el que “ganó” las elecciones contra Bush), animal político de imagen -¿y libido?- clintoniana, recorre el mundo. De pronto, delante de toda una serie de desordenes climáticos desplegados ante sus ojos de impresionable norteamericano, sufre una iluminación parecida: “Oh, Dios mío, la sociedad capitalista es horrenda. ¡Está basada en la exterminación del medio ambiente!”.

Independientemente de lo que los separa, se puede afirmar que ambos personajes han descubierto el Mediterráneo. Que el hombre necesita matar animales para subsistir siempre ha sido una evidencia. Y que la sociedad capitalista, en su estadio actual, destruye el medio ambiente, tampoco parece una novedad. Para constatarlo no hay más que sentarse en la acera de casa y observar el tubo de escape del primer vehículo que pase. Las manzanas de Newton están en todas partes; no sólo en el Kilimanjaro.

Pero hagamos como si no nos hubiésemos dado cuenta. Volvamos a Al Gore. O, más bien, a su mega Paramount Production. “La historia más terrorífica jamás contada”. “Si amas a tu planeta, has de ver esta película”. Lo que sigue es, efectivamente, terrorífico. El Kilimanjaro sin nieves. Diluvios universales. Continentes desaparecidos. Millones de refugiados. Y entremedias: “Hola, soy Al Gore. Hoy existe un consenso científico en torno a que los hombres somos la causa del calentamiento climático”. Fantástico. Standing Ovation. Gran Película. Un tanto exagerada (voluntariamente) pero con datos exactos, se nos dice, e incuestionablemente eficaz. Quien quiera profundizar, que vaya a las publicaciones científicas.

Y uno se pone a profundizar, y empiezan los problemas. El primero con el que me topo se llama Claude Allegre. Científico reconocido y antiguo ministro de Educación en Francia. Y, en los últimos tiempos, autor de un artículo que levanta polvareda. Allegre concede que hay un calentamiento global. Sin embargo, pone en duda que la emisión de CO2 sea la causa determinante. Lo achaca más bien a una modificación climática cíclica como tantas que ha conocido el planeta. Nos dice que la superficie del ártico se reduce. Pero que, en espesor, crece. Que en la Antártica no hay deshielos significativos. Y que si la temperatura aumenta uno o dos grados en un siglo, eso no es catastrófico. Ni tampoco que el mar se eleve 25 centímetros.

A partir de este momento reaparece el viejo y recalcitrante escepticismo y toca pensar por uno mismo. Resulta evidente que hay un calentamiento de la tierra, debido a un ciclo climatológico o a la acción del hombre o a ambas cosas: poco importa a la hora de procurar limitarlo en lo posible. Lo que no resulta tan evidente son las consecuencias, y ahí se enfrentan, como siempre, optimistas y pesimistas. Es algo en lo que no entraré. Vayamos en cambio a lo práctico. Pongamos que, aunque señores como Allegre nos digan que la contaminación humana no es tan determinante, yo, ciudadano de a pie, prefiero colaborar en lo posible y llevar una vida ética (ecológicamente hablando). Me pongo a ello. ¿Qué concluyo rápidamente? Que “la senda ecológica” es sólo transitable para gente con medios y muchas ganas. Pero vayamos más lejos. Digamos que conseguimos abaratar el lujo bio y motivar lo suficiente a nuestros ciudadanos (con los chinos me abstengo porque me parece un pitorreo que ahora que hemos contaminado lo que hemos querido pretendamos aleccionarlos), para que triunfe el ecological way of life.

Mejor todavía. Digamos, centrándonos en la cuestión energética, que empezamos a tirar de bicicleta y a utilizar un coche de cada cuatro, con la consecuente división por cuatro de la compra de automóviles y del consumo de petróleo; ¿qué pasaría entonces? Que la mitad de talleres, concesionarios, aseguradoras y gasolineras cerraría; que las fábricas de coches no deslocalizadas ídem. Y que con los nuevos parados muchas familias dejarían de frecuentar bares y comercios y por supuesto de pagar hipotecas y comprar pisos con la consecuente reducción del dinero en circulación, mosqueo de los bancos, agonía de la construcción y, en fin, lo que se llama una crisis económica mayor o menor en función de nuestra eficacia ecológica.

¿Qué prueba esto? Pues algo tan sencillo como que la bonanza de nuestras sociedades está basada en el consumo masivo (lo que equivale a decir que con crisis lo que corresponde es comprar más cosas, no menos) y que cualquier merma del mismo será siempre una mala noticia para quienes esperamos que a finales de año se dé un crecimiento del 3%. Que el buen ciudadano no es el que se abstiene de consumir, sino el que consume abundantemente y el que añade su granito de arroz al pastel globalizado del que comemos todos. Y que o cambiamos radicalmente las bases del sistema o todos estos “flirteos ecológicos” son, sencillamente, una farsa.