Economía para principiantes

La economía alemana se encuentra en un punto muerto, crecimiento cero. ¿Cómo demonios es eso posible? Se supone que Alemania es el modelo de una economía bien gestionada, dotada de industrias incomparables, los maestros de la máquina herramienta. ¿Qué hace el Gobierno de Ángela Merkel? Nada, porque no hay nada que hacer. El crecimiento económico, o la falta de crecimiento, obedecen a causas a largo plazo, históricas, culturales, sobre las que las políticas económicas, forzosamente breves entre dos elecciones, tienen poco efecto. Desde luego, un gobierno puede destruir la economía. Venezuela, por ejemplo, al expulsar a los empresarios privados, ha logrado empobrecer al pueblo. Y Corea del Sur, al subir considerablemente el salario mínimo legal, ha conseguido ahora dejar en el paro a los más jóvenes y a los menos cualificados. ¿Y no existen políticas de «reactivación»? Desde luego que sí, pero su efecto es a corto plazo. Los empleos públicos, la creación de moneda y las bajadas de impuestos pueden tener un efecto positivo breve, hasta el momento en que, en seis meses, o como mucho un año después, haya que reembolsar la factura de las ilusiones. De ahí la importancia de comprender lo que ocurre en Alemania.

Como ya se ha dicho, la prosperidad de este país depende principalmente de las máquinas herramientas, es decir, máquinas para fabricar otras máquinas. Esta industria es muy antigua y se inscribe en la tradición alemana de la perfección técnica y la enseñanza práctica. Las empresas de este sector son de tamaño medio, la mayoría de las veces familiares y están repartidas por todas las regiones del país. Esta descentralización es una herencia histórica, ya que en Alemania el Estado central es relativamente reciente. Se da el caso de que el principal cliente de estas empresas es China. Si visitan una fábrica en China, observarán que todas las máquinas son alemanas o japonesas. Pero he aquí que China se ralentiza porque su economía alcanza la madurez, su población se estabiliza y la guerra comercial infligida por Donald Trump enturbia el porvenir. De modo que China ya no invierte y Alemania paga las consecuencias. Así funciona la economía de mercado y la globalización, y todos vivimos en este sistema económico que se ha impuesto a sí mismo como el más eficaz y el más aleatorio.

Si no entendemos o rechazamos este sistema, nos exponemos a no entender nada de la economía ni del papel limitado de los Gobiernos. En general, nada explica mejor la situación económica de las naciones que su historia a largo plazo. Pensemos en Francia, donde la economía es heredera a la vez de la aristocracia del Antiguo Régimen y de la Revolución de 1789. El país sigue debiendo hoy a la corte de Versalles las industrias del lujo, la moda, el turismo y la gastronomía. Sin Luis XIV no habría bolsos Vuitton, y no tendríamos aviones ni armas, dos industrias en las que Francia destaca gracias a una pasión por la guerra que se remonta al siglo XVII. Esta tradición militar explica la importancia de los sectores del transporte, ferrocarriles y automóviles. Pero la Revolución impuso el principio de igualdad, de modo que la sociedad francesa está basada en la protección social y la redistribución. Por consiguiente, es difícil emprender en el sector privado y enriquecerse; y a la inversa, esta redistribución amortigua el impacto de las crisis económicas. En general, Francia sufre menos en tiempos de recesión (se ha comprobado desde 1930), pero también se beneficia menos de las oleadas de prosperidad. El índice de crecimiento actual es de un 1 por ciento frente al 3 por ciento de Estados Unidos. Si la situación da un giro, y lo dará, Francia, sin duda, volverá a caer al 0 por ciento, y Estados Unidos, como en 2008, al -3 por ciento.

Podríamos poner infinitos ejemplos que ilustren la determinación histórica de las economías contemporáneas. Pensemos en Argentina, que es desde hace dos siglos una extensa explotación agraria gestionada por propietarios ausentes que invierten sus beneficios fuera del país. En Argentina, por mucho que se cambie, todo sigue siendo igual. ¿Y África? Su historia a largo plazo explica que el continente es prisionero de una tradición agraria que ya no se corresponde ni con su población actual ni con el mercado mundial; la única solución para los más audaces parece ser la emigración. ¿Y España? Dejo a los lectores entregarse a este ejercicio, que, evidentemente, debe ser distinto según las regiones.

En general, podemos retener tres lecciones sencillas, demasiado sencillas, de esta exploración de la economía a través de la historia. En primer lugar, la influencia de las políticas económicas es marginal; en segundo lugar, nada escapa a la globalización, para bien o para mal; por último, el motor del crecimiento mundial sigue siendo Estados Unidos. Actualmente, ninguna potencia está en condiciones de tomar el relevo de la innovación, la investigación, la moneda, la seguridad jurídica y el espíritu empresarial que son parte de la historia a largo plazo de Estados Unidos. Podemos lamentarlo o alegrarnos de ello, pero es un hecho. En cuanto a la Historia, es indiscutible e imborrable.

Guy Sorman

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