Economía y elecciones

Por Federico Abascal y Valentí Puig (EL CORREO DIGITAL, 14/01/08):

Los estudiantes siempre dicen que 'aprueban' pero lo formulan en pasiva cuando 'les suspenden'. Algo parecido ocurre con los gobiernos y la economía: si va bien, algo fundamental habrá tenido que ver en ello la labor del Ejecutivo; si va mal, habitualmente la culpa es del Gobierno anterior o de factores externos, como ahora ocurre con el petróleo a cien dólares. Con las campanadas de Año Nuevo, al Gobierno socialista le han comenzado a aparecer en pantalla datos económicos muy distintos a los que su presidente proclamaba como logros en las últimas semanas. Crece el gasto público, perdemos competitividad. Ha aumentado el coste de las hipotecas. La inflación se sitúa en el 4,3% a fin de año, el paro alcanza el 5,7%. Bajan los índices de confianza de los consumidores. En la bolsa de la compra se constatan los efectos acumulados de una desaceleración en ciernes.

El efecto 'exógeno' culpable de nuestros males -concretamente de la subida del IPC- es el petróleo, según el Gobierno. Desde luego, el precio del crudo está perturbando la gestión económica en casi todas partes. En Alemania, algunos expertos vaticinan que para dentro de cinco años el barril estará en 150 dólares. En Estados Unidos se calcula que si sigue subiendo el petróleo, el gasto de consumo irá bajando, con riesgo de llevar toda la economía a un estado de recesión.

Hay quien dice que hemos entrado en una larga etapa de petróleo caro y que más vale irse haciendo a la idea. Lo cierto es que la crisis en Nigeria, el atolladero paquistaní o los encontronazos con Irán no permiten una versión optimista en los gráficos de coste del petróleo. Entramos ahí en el panorama confuso de las nuevas energías y en la indecisión indescriptible a la hora de impulsar la nuclear. China e India han incrementado su demanda de petróleo y, en general, el factor especulativo ha ido en aumento. Sólo faltaba la tensión en Oriente Medio, donde están los dos terceras partes de reservas petrolíferas.

Resulta inevitable atajar el optimismo con que hasta no hace mucho se divisaba 2008. En España, para marzo, y en EE UU, para noviembre, los ciudadanos irán a las urnas con inquietud sobre la economía y con ese sentido del derecho adquirido que uno cultiva en tiempos de vacas gordas con la exigencia de que para nada le afecten las flacas. Electoralmente, el malestar económico actúa en sentidos contrapuestos: de una parte, hay que castigar al Gobierno por haber presidido el deterioro de una fase próspera y por otra no es casual el temor a cambiar de ejecutivo precisamente cuando las cosas andan mal. Desde luego, va a ser 'la economía, estúpido'. Más allá del voto, alguien tendrá que hacer un buen día las reformas estructurales que han quedado pendientes en España. La demoscopia está ambientando de incertidumbre una precampaña electoral que discurría desangelada, en el sentido angélico. Una mayoría de sondeos reduce al mínimo la diferencia en predilección ciudadana entre los dos partidos mayores. La batalla va a ser escaño por escaño. Ambientazo político. Al mismo tiempo, y en estrecha relación con el pulso electoral que mantienen PP y PSOE, parece aumentar aceleradamente la desconfianza social sobre la situación de la economía, y no sobre la que se avecina, que tiene incógnitas, sino sobre la actual, en la que vivimos y que en la pantalla macroeconómica presenta un aspecto saludable. Dicho sea con las reservas imprescindibles ante el debilitamiento del sector inmobiliario y una inflación del 4,3% que no se conocía desde hace doce años.

El Gobierno socialista tiene activos importantes en su balance y algunos errores de bulto, mientras que el PP se siente forzado a esconder sus estrategias de oposición más desatinadas, como haber resucitado las arremetidas de Aznar, en la legislatura 1993-96, contra la política antiterrorista del último Gobierno de González. O los devaneos de los máximos dirigentes de Génova 13 con las actitudes levantiscas de varios purpurados católicos contra el progresismo social de Zapatero.

Se pensaba hasta hace un mes que la economía no iba a influir en la campaña, dados los datos majestuosos en crecimiento del PIB y del empleo durante la legislatura, pero ha bastado que en diciembre aumentase el paro por tercer mes consecutivo y la inflación cerrase el año al 4,3% para que cundan serias aprensiones. La economía es ciclotímica, y esa ley hasta ahora inexorable produce en los ciudadanos leves psicosis igualmente ciclotímicas, sobre todo cuando se teme el salto a una suerte de recesión desde la bonanza.

Desde el Gobierno se intenta lógicamente transmitir confianza, atribuyendo el aumento del paro al reajuste sectorial en la construcción, y así lo asegura el secretario de Estado de Empleo, Antonio González, para quien, además, ese reajuste se debe «a la maduración de su período productivo», frase de exquisita elegancia y que en algo debería reducir el pesimismo económico. Para el número dos del PSOE, José Blanco, la economía debe contemplarse en el contexto de toda la legislatura, lo cual parece sensato, pero la sensatez no es un valor cotizable en campaña electoral. Lo demostraría el ex ministro del PP Arias Cañete: «El Gobierno ha fracasado estrepitosamente en su política económica». Pero todo sea para que una leve psicosis de temor económico perjudique las expectativas electorales del PSOE. Se calienta la precampaña.