Educación para la ciudadanía

Por María García-Lliberós, escritora (EL PAÍS, 26/09/06):

Ser buenos ciudadanos exige un esfuerzo y está bien que el Estado se ocupe en favorecer desde la infancia el aprendizaje de esta condición. Conseguir una convivencia más agradable, pacífica y respetuosa contribuiría, tal vez, a nuestra felicidad. El anuncio de esta nueva asignatura ha sido recibido con displicencia por algunos, cierto sarcasmo por otros o, incluso, con un rechazo malicioso e interesado por quienes lo observan como intrusa competencia. La considero imprescindible, a pesar de mi escepticismo en cuanto a los resultados dadas las poderosas fuerzas que trabajan a la contra. Durante el último mes me propuse recoger evidencias de esta necesidad. El método ha sido simple: estar atenta y tomar nota. Vean algunos resultados.

A finales de junio, al fragor de los preparativos por la visita de Benedicto XVI, en un edificio de Valencia unos vecinos, no contentos con extender la bandera vaticana a lo largo de todos sus balcones, a lo que tenían perfecto derecho, se propusieron y consiguieron, imponer a la comunidad de residentes la colocación de carteles de bienvenida al Papa en zonas comunes de la portería y el zaguán, a pesar del rechazo manifestado por otros propietarios, indiferentes a la visita papal o agnósticos. El resultado de esa intransigencia alejada del espíritu cristiano, fue la alteración de las normas de convivencia y el inicio de unas enemistades de las que no cabe esperar nada positivo.

En el aparcamiento de una cadena de supermercados al aire libre en la playa de Canet d’En Berenguer, sobre las 13.00 de un día de la primera semana de agosto, salía con el carrito lleno hasta los topes cuando observé, al acercarme, que entre mi coche y el de otra persona un individuo de unos 65 años estaba orinando tan tranquilo. Cuando le dije, poniéndole en evidencia, que el establecimiento tenía aseos en su interior, se limitó a asentir con la cabeza, ¡por supuesto que lo sabía!, y alejarse del lugar subiéndose la cremallera. En su mirada ni siquiera había un rastro de vergüenza.

Antes de las 9.00 del domingo 13 de agosto me despertó un sonido perturbador que rompía la tranquilidad de la urbanización en la playa a la que vamos, sobre todo, a descansar. Me asomé a la ventana y vi una furgoneta oscura adentrándose a lenta velocidad por las calles desiertas y una mujer, con un altavoz de mano que para sí querría un bombero en situaciones de emergencia, anunciando a gritos la venta de melones y sandías de su huerta, los más jugosos y más dulces.

La noche anterior, ya de madrugada, en un chalet vecino dispararon una mascletà particular. Por lo visto, estaban de fiesta.

El ejemplo más alarmante de ese desconocimiento de lo que significa ser ciudadano en una democracia me la proporcionó la prensa el domingo 20 de agosto. Daba cuenta de una manifestación en Mallorca en defensa de la piscina, construida sobre suelo de dominio público, propiedad del director de un importante periódico. Lo que me llamó la atención fue que estaba promovida y financiada, precisamente, por Nuevas Generaciones, las juventudes del PP. La pancarta pretendía ser graciosa, light o progre: “En defensa de la pisci“, pero no lo conseguía. Era estúpida, además de innecesaria pues el Ministerio de turno ya se había ocupado de proteger su disfrute en exclusiva por parte de la familia infractora durante los meses en los que más se puede usar, los del verano. Expresaba una clara opción por el favoritismo, una falta de interés por la disciplina urbanística, una confusión perversa entre lo público y lo privado y una burla descarada al estado de derecho. Preocupa la posibilidad de que entre estos aprendices de políticos, a los que parece importarles un pito los valores cívicos, puedan surgir los dirigentes del mañana.

El plácido mes de agosto concluyó entre noticias de un grupo de jóvenes que había propinado una paliza en Valencia a un indigente en la céntrica y burguesa calle de Isabel la Católica. Otro que se dedicaba a apalear inmigrantes y grabarlos con el móvil para enviar las imágenes a sus amigos. Cruel manera de divertirse. Arden en las ciudades contenedores de basura y coches. Una pandilla se dedica a organizar carreras de automóviles dentro del perímetro urbano de Alicante o a hacer apuestas para conducir por una autopista en dirección contraria. Un hombre, ajeno a la movida, murió por esta causa en Marbella. Las víctimas mortales de la violencia doméstica alcanzan ya la cifra de cincuenta y dos en lo que va de año.

Son ejemplos recogidos en un corto período de tiempo en nuestro país. ¿Cómo dudar de la necesidad de hacer algo para formar buenos ciudadanos? ¡Debería impartirse también a algunos adultos! Nada tiene que ver con la religión, y sí con la ética, el respeto a la diferencia y la convicción en la palabra frente a la fuerza, temas propios del comportamiento social. Es sabio el que vive y deja vivir, y es sabia la sociedad que consigue que esta sencilla norma se la apropien como suya cada uno de los individuos que la componen.