Educación, recortes y demagogia

Twitter echa chispas con los recortes educativos anunciados. Algunos hashtags lanzados al efecto como #profesoresinEsperanza, #Espublica o #figardimision contienen miles de tuits que buscan, una vez más, un comienzo de curso calentito en la enseñanza pública. La realidad es que entre los mensajes hay mucha consigna y poco argumento, mucho eslogan y poca contrapropuesta. Entré en el debate con la pregunta «¿Qué habría que recortar y qué no?» y las contribuciones fueron escasas y poco constructivas. Probablemente 140 caracteres no dan para grandes reflexiones, pero sí para concluir que el debate se ha ideologizado. La defensa de determinados derechos laborales aparece trufada de una presunta defensa de la calidad de la escuela pública que no es tal, con ataques a la escuela privada o concertada -que también atraviesa su particular crisis-, a los empresarios… o incluso con críticas a la visita del Papa.

El debate educativo se presta a revestir de grandes principios lo que son legítimos intereses particulares. Determinada enseñanza privada lo hace frecuentemente cuando enarbola la bandera de la libertad de elección de centro. Y es lo que pasa ahora cuando se exige con grandilocuencia que la escuela pública debe quedar al margen de la penuria que asola el país. Es cierto que más de 3.000 interinos se han quedado sin trabajo y que los profesores tendrán que dar dos horas más de clase a la semana, pero es la misma realidad con la que convivimos casi todos desde hace varios años. También 2.700 periodistas han perdido su empleo sólo en Madrid desde que empezó esto.

Este espacio me permite desarrollar otra idea sobre un viejo debate que se ha suscitado a cuenta de los recortes. Resulta que buena parte del ajuste propuesto procede de la supresión de las tutorías en grupo. Sesiones que, en general, se emplean para orientar a los alumnos sobre valores, un poco al estilo Alcohólicos Anónimos. ¿Educación o enseñanza? Y la respuesta: Educación y enseñanza, claro. Pues bien, en este caso el error no está en la respuesta sino en la pregunta y en ese falso dualismo construido en torno a esta cuestión. Esa es mi tesis.

Un diario nacional publicó hace unas semanas un reportaje en el que intentaba acercarse a esta cuestión bajo el título «Enseñar a convivir o Matemáticas». La casi totalidad de las fuentes consultadas se mostraban a favor de las tutorías en grupo. Se trataba de opiniones procedentes del mundo universitario y de algunos profesores. Contrastaban con los comentarios de los lectores, que mayoritariamente se posicionaban en contra. Por ejemplo, uno de ellos decía: «La verdad es que mis hijos no han sacado ningún beneficio de las tutorías…» y otro: «Filosofía y ética están para eso. Además, cada profesor debe aportar respeto y saber convivir en su propia clase…». Así ocurría con casi todos los comentarios. He querido detenerme en esta cuestión para evidenciar, de paso, la brecha que sigue existiendo entre el llamado pedagogismo y la educación real.

Y, aunque se trate de un ejemplo concreto, esto no es una cuestión menor, sino que afecta al fondo de la cuestión que se dirime en estos días: el papel del profesorado en la educación. ¿Alguien piensa seriamente que las tutorías en grupo pueden resultar eficaces en orden a modificar las conductas de los alumnos, que es de lo que se trata en definitiva? ¿Alguien es tan ingenuo como para creer que un sermón religioso o laico va a servir para construir buenos hábitos en el alumnado? ¿Alguien de verdad piensa que un chaval desarrolla un mal comportamiento porque nadie le explicó nunca cómo debe comportarse? ¿Que insulta a su madre o que no estudia porque no sabe que eso está mal?

Nuestra lengua utiliza verbos distintos para la enseñanza y para la educación. Las matemáticas se enseñan, los valores no: los valores se transmiten, se inculcan, se crean. Se sirven sabia y misteriosamente entremezclados con las Matemáticas, con la Lengua, con el Conocimiento del Medio… Así como con las tutorías personalizadas y, sobre todo, con el buen ejemplo. Es la acción sobre la persona lo que puede mejorarla. La experiencia dice que los hermosos discursos sirven de poco y su efecto es efímero. Por eso creo más en los 15 consejos anónimos de la «Carta de un hijo a todos los padres del mundo», que hace unos días pude releer en la puerta de una consulta pediátrica. «Uno. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces. Y me enseñas a gritar a mi también y yo no quiero hacerlo. Dos. Trátame con amabilidad…».

Nuestro país necesita mejorar la calidad de la enseñanza y para ello es imprescindible contar con los profesores. Pero éstos deben poner también todo su empeño en mejorarla y eso sólo se consigue con vocación y dedicación. Como ha sido siempre.

Por José María de Moya, director de la publicación profesional Magisterio.

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