Educar para ser libres

Tras un año perdido inútilmente se han acumulado los deberes; demasiados problemas pendientes de resolver, y tan perentoriamente, que pocos parecen ocuparse de sus causas. Y las cosas no suelen suceder por casualidad.

La diferencia entre causalidad y casualidad va más allá de la alteración de un par de letras; es poco menos que la que separa el ser de la nada, el orden del caos. Yendo a las entrañas de nuestro idioma, causalidad es ley en virtud de la cual se producen efectos, mientras que la RAE define casualidad como la combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar. Lo que nos viene ocurriendo desde hace más de una década no es fruto de la casualidad. Como escribió Schiller, lo que se nos presenta como azar surge de fuentes profundas.

No es casual el deterioro de la convivencia, ni siquiera achacable como tantas otras cosas a la crisis financieroeconómica; ni es casual el progresivo empobrecimiento de la conciencia nacional que se refleja en la floración de nacionalismos de vía estrecha. Tampoco es casual el cáncer populista que secuestra a tantos ciudadanos su capacidad de pensar, ya bastante adormecida por el imperio de la imagen.

La razón de por qué el populismo creció por la margen izquierda de nuestra sociedad, frente a lo ocurrido en otros países de la vieja Europa, está pidiendo un estudio serio; como también el hecho de que buena parte de sus protagonistas se hayan cultivado en las facultades de Ciencias Políticas. ¿En qué está hoy la Universidad española? ¿Cómo salen de las enseñanzas medias los alumnos que van a cursar estudios técnicos, universitarios, militares o eclesiásticos?

Este es un asunto que compete a la sociedad entera, familias, educadores, asociaciones y centros de análisis. Los partidos tienen demasiado limitada su visión de la realidad debido a las orejeras que suponen sus prejuicios ideológicos, y ahí están los resultados. Al socaire de sus mayorías parlamentarias cada cual trató de imponer su modelo en los últimos treinta años: el PSOE con los proyectos de Maravall y Rubalcaba, el PP con los de Del Castillo y Wert. Y en el régimen anterior, 1970, la Ley General de Educación (Lgefre) de Villar Palasí y Díez Hochleitner.

Además del desconcierto producido por la sucesión de planes y reformas siempre inacabadas, en el tránsito desde la Lgefre de 1970 a la Lomce de 2013, pasando por la Logse de 1990, la LOCE de 2002 que no se llegó a implantar y la LOE de 2006, fueron cayendo materias como las lenguas clásicas y principios como el del esfuerzo y su recompensa.

Como Penélope sobre el telar, haciendo y deshaciendo lo bordado la noche anterior, tecnócratas, socialistas y populares han tratado durante poco menos de medio siglo de dejar su impronta en la urdimbre del tejido nacional. Si a ello se suma la cesión de la política educativa a los gobiernos autonómicos, ya tenemos el cuadro de los horrores al completo.

Una generación y media ha crecido entre arenas movedizas, huérfana de bases sólidas sobre las que proyectar su propio futuro. Y lo que representa un antivalor común a todo el país se ve agravado para millones de ciudadanos en ciernes por la fragmentación de la política educativa nacional entre las comunidades autónomas.

El adoctrinamiento impuesto en los planes de estudio por algunos gobiernos regionales atenta contra la educación. Nuestro idioma común define con claridad la distancia entre adoctrinar –inculcar determinadas ideas o creencias– y educar –dirigir, desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales–. La educación fomenta el espíritu crítico; el adoctrinamiento, como la propaganda, el control de las ideas, la eliminación de referentes distintos a los dictados.

Se adoctrina para crear adictos, se educa para ser libres.

El imperio de los medios audiovisuales no juega en favor de la educación, y los tuits, wasaps y demás nuevas técnicas de comunicación fomentan la inhibición del pensamiento y cualquier tipo de análisis. La celeridad sincopada con que hoy se comunican millones de jóvenes acaba induciendo en muchos la sensación de que no hay materias complejas que resistan la fácil solución que cabe en un eslogan.

Esta es la ola que cabalgan los movimientos antisistema que están proliferando por uno u otro lado del espectro político en el mundo libre. Frente a ella no hay más salvavidas que el espíritu crítico de una educación en libertad. Donde no la hay, en las dictaduras cubana o vietnamita, no tienen ese problema después de haber sido todos indoctrinados.

El tema no es de hoy, aunque hoy sea más complejo. Hace más de un siglo Joaquín Costa escribía que «el problema de la regeneración de España es pedagógico tanto o más que económico y financiero». El regeneracionista no olvidaba otras cuestiones, pero las subordinaba a la educación: Escuela y Despensa, en ese orden, para desafricanizar España.

Hoy la escuela va mucho más allá de las aulas de institutos, colegios y universidades; está en la calle, en las pequeñas pantallas de las tabletas y teléfonos inteligentes, y en las grandes instaladas como un cuadro de familia en salas de estar, cocinas y dormitorios de todo el país. Nuevas escuelas a merced del más osado, del que toma el poder abandonado en el suelo o de quien acaba haciéndose con el púlpito subastado al mejor postor. Y este es un problema de los que no se resuelven en un pis pas ni a golpe de eslogan.

Sentar las bases para la promoción de la cultura y el sentido crítico, la autoestima y la defensa de las libertades merece los mejores esfuerzos de nuestra sociedad y sus representantes políticos. Solo así podríamos acometer otras reformas con cierto conocimiento de causa. Ejemplos nos están dando otros de cómo algunos procesos pueden terminar como el rosario de la aurora.

Federico Ysart, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *