Educar

Educar es, en primer lugar, transmitir conocimientos. Esto, que parece una obviedad, hace décadas que es negado por muchos de los llamados pedagogos y, lo que aún es más grave, por muchos políticos. De ahí que los currículos de la Enseñanza Primaria y Secundaria de algunos países, entre los que desgraciadamente se encuentra España, ni siquiera lleguen a determinar con claridad qué es lo que tienen que haber aprendido los alumnos después de cursar esos estudios.

Esto se refleja con claridad en las oposiciones a maestro, es decir, en los exámenes que tienen que hacer los que quieren convertirse en profesores de Enseñanza Primaria. Desde la implantación de la Logse (1990), en esas oposiciones el simple conocimiento de las materias que luego tendrán que enseñar cuenta muy poco. Porque lo que los aspirantes tienen que demostrar en esas pruebas es, sobre todo, su conocimiento de las teorías pedagógicas y de las metodologías de la enseñanza, y su dominio de las normativas de la administración educativa. Si a esto se le une que, por presiones de los sindicatos, en esas oposiciones se tiene muy en cuenta el tiempo que los aspirantes han estado en los colegios como interinos (es decir, sin haber ganado por oposición la plaza que han ocupado), el resultado es que los maestros llegan a serlo sin haber tenido que demostrar nunca que dominan las materias que tienen que enseñar.

Para mejorar esto, la Comunidad de Madrid ha introducido en las últimas oposiciones, celebradas en 2011 y 2013, un ejercicio con preguntas que un alumno de Primaria, es decir, de doce años como máximo, debería responder correctamente. Se trataba de comprobar hasta qué punto los aspirantes a ser profesores de niños de hasta doce años dominaban las materias que los niños tienen que aprender a esa edad.

En ese ejercicio las preguntas buscaban comprobar que los aspirantes conocían las cuestiones más elementales de la gramática, que poseían las destrezas necesarias para resolver algunos ejercicios de aritmética básica, que manejaban el sistema métrico decimal, que conocían algunos de los más importantes acontecimientos históricos y los datos más relevantes de la geografía. Insisto en que todo lo que se les preguntaba son materias contenidas en los programas de la Enseñanza Primaria, es decir, materias que los alumnos deben aprender. Los resultados de esa prueba de conocimientos concretos fueron desalentadores en 2011. Solo el 15 por ciento de los aspirantes la aprobaron. En 2013 el resultado de la misma prueba fue mejor, casi el 30 por ciento de aprobados. Pero sigue siendo muy grave el hecho de que los aspirantes, que son licenciados universitarios, no dominen con soltura los conocimientos que los alumnos deben adquirir en la Primaria.

La nueva ley que ha promulgado el Gobierno de Mariano Rajoy, la Lomce, contiene elementos para mejorar sustancialmente esta situación. Pero hay que tener en cuenta que ahora deben ponerla en práctica las comunidades autónomas. Y hay que saber que los cambios en los sistemas educativos no dependen solo de las leyes; dependen, sobre todo y ante todo, de los profesores y maestros, que son los que están en las aulas con los alumnos. A los que, por cierto, los pedagogos hacen bastante poco caso.

Aquí, en la selección de esos maestros y profesores y en las orientaciones que se les den, reside la clave del éxito de la nueva ley. Y una de las orientaciones que tienen que quedar claras es que educar es, ante todo, transmitir conocimientos. Además, la primera misión del Estado en materia educativa debe ser garantizar que así sea. Luego, vendrá la transmisión de valores y de pautas de comportamientos, que es materia en la que la responsabilidad reside esencialmente en los padres y en las familias.

Si la transmisión de los saberes depende de los maestros y profesores, es evidente que habrá que cuidar que, en su formación, los futuros maestros y profesores adquieran esos saberes. Porque ¿alguien puede dudar de que para enseñar es imprescindible conocer bien aquello que se quiere enseñar? En este sentido, resulta especialmente pertinente el convenio que la Comunidad de Madrid firmó la semana pasada con las universidades madrileñas –excepto, incomprensiblemente, la Complutense– para mejorar la formación de los futuros maestros con la inclusión en sus planes de estudio de más conocimientos concretos. Y con la inclusión de algún tipo de prueba que garantice un cierto nivel de conocimientos básicos en los alumnos que, tras terminar su Bachillerato, quieran entrar en las facultades de educación.

Es verdad que para enseñar no vale solo con conocer la materia que hay que enseñar, pero es evidente que sin conocerla no se puede enseñar nada. Y que antes de empezar a enseñar algo hay que haberlo aprendido. La primera regla pedagógica para enseñar algo es conocer lo que se quiere enseñar. Esto, que parece obvio, no lo aceptan los dogmáticos pedagogos que inspiraron la nefasta Logse. Por eso, también me parece que hay que tener en cuenta la propuesta del presidente de la Comunidad de Madrid en el sentido de permitir que licenciados universitarios puedan presentarse a las oposiciones para después, si aprueban, dar clase de sus materias. Como creo que es muy positivo para el aprendizaje del inglés que profesores nativos de países miembros de la UE puedan dar clase de su lengua materna en nuestros colegios. Algo a lo que también se oponen los sindicatos.

Mejorar el nivel de conocimientos de nuestros alumnos es un asunto de Estado. Y debería concitar el compromiso de todos.

Esperanza Aguirre, presidente del Partido Popular

1 comentario


  1. No estoy de acuerdo con las afirmaciones de la señora Esperanza, en primer lugar todos los maestros y profesores que opositan tienen titulación para hacerlo, porque ya han sido evaluados por personal competente para ello. En segundo lugar hay muchos docentes que han aprobado las oposiciones varias veces y siguen siendo interinos, con lo que al comentario de que los docentes no conocen la materia a impartir a sus alumnos, habría que questionar a ver quien no tiene los conocimientos, si los docentes que opositan para dar clase en la pública o los docentes que trabajan en la privada que ella tanto defiende, los cuales no sabemos si realmente tienen conocimientos suficientes ya que no han sido evaluados por un tribunal de oposición, sino que han sido colocado a dedo. El fracaso en la educación realmente viene porque se hacen leyes de educación sin contar nunca con los que realmente están día a día con los alumnos al pie de cañón, yo creo que las cosas mejorarían si se contara con ellos que son los verdaderos conocedores de los problema en educación y no hacer leyes educativas basándose en batallas entre políticos, tu opinas ésto pues yo que soy de otro partido te debe llevar la contraria, sin importar lo que ocurra a los alumnos y a los verdaderos conocedores de la realidad educativa que son los docentes.

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