EE UU, a vueltas con la asimilación

Por Blanca Sánchez Alonso, profesora de Historia Económica en la Universidad San Pablo-Ceu (EL PAÍS, 12/04/06):

Las últimas manifestaciones masivas de hispanos en Estados Unidos a propósito de la reforma de la ley de inmigración han provocado reacciones y comentarios diversos. Llama la atención el que desde diversos foros se haya “recomendado” a los manifestantes, en su mayoría mexicanos, que no hicieran ostentación de su bandera o de las de otros países latinoamericanos por el rechazo que este tipo de signos de identidades nacionales distintas genera en la sociedad americana. Y llama la atención por la extraordinaria persistencia que a lo largo de la historia americana tienen dos sentimientos que a primera vista pueden parecer contradictorios. Por un lado, el rechazo a grupos de inmigrantes que mantienen de manera excluyente sus identidades culturales, lingüísticas y religiosas y, por otro, la idea, sobre la que se construye la nación americana, de que ninguna otra sociedad en el mundo ha sido capaz de asimilar e integrar a tantos inmigrantes, de tantos países, con tantas peculiaridades y de lo que Estados Unidos se siente legítimamente orgulloso.

El inmenso poder de asimilación de inmigrantes diversos que terminan identificados con la bandera, el himno y el sentimiento real de pertenencia a Estados Unidos ha sido compatible a lo largo del último siglo y medio con diversos movimientos de rechazo a los extranjeros, especialmente a aquellos a los que, por una u otra razón, se veían como difíciles de asimilar. Los primeros en sentir la oposición de los movimientos nativistas americanos fueron los irlandeses que llegaron a mediados del siglo XIX. Los católicos irlandeses se convirtieron en el blanco de los llamados Know-Nothing (por su respuesta a la policía cuando cometían algún acto de violencia), una organización que preconizaba la superioridad de la cultura americana frente a los recién llegados. La retórica antiinmigración culminó en las décadas anteriores a la I Guerra Mundial cuando el número de inmigrantes que llegaban a Estados Unidos se aproximaba al millón anual. En esos años los grupos identificados como extraños, ajenos a la cultura y valores americanos y, por tanto, no asimilables, fueron los europeos del sur y del este: italianos, griegos, búlgaros, rumanos, polacos y rusos, entre otros (a los asiáticos, los chinos en particular, se les había prohibido la entrada muchos años antes). Los “nuevos inmigrantes”, como se les llamó, fueron catalogados por una Comisión del Senado americano como inmigrantes no deseables por las dificultades que planteaba su asimilación. Por ello, el sistema de cuotas por nacionalidades establecido en los años 1920 buscaba explícitamente restringir su llegada. Eran muy numerosos, visibles e incluso ruidosos en sus fiestas y celebraciones, analfabetos en su mayoría, se casaban entre ellos y tenían familias numerosas, hablaban multitud de idiomas diferentes, tenían religiones distintas, trabajaban por salarios muy bajos y, por todo ello, la Comisión decidió que eran de peor calidad que los inmigrantes anteriores y de difícil asimilación a la sociedad americana. Los “viejos inmigrantes” del norte de Europa habían demostrado ser buenos trabajadores, poco proclives a crear problemas sociales y, en definitiva, más asimilables pues para esas fechas ya se habían convertido en buenos ciudadanos americanos (incluidos, por supuesto, los irlandeses).

Nadie discute hoy en día que los descendientes de aquellos italianos o rusos que tanto rechazo generaron se han convertido en buenos ciudadanos (que se lo pregunten a Giuliani). Lo sorprendente del peso de la historia en la situación actual no es que los mismos calificativos que se aplicaron a los europeos de principios del siglo XX sean los que ahora se utilizan para definir a la mayoría de los inmigrantes hispanos. No lo es tampoco que se oigan voces recomendando un perfil bajo a los hispanos en sus manifestaciones para no “asustar” a una sociedad que, como la americana, ve con recelo a inmigrantes cada día más numerosos y que piensa que no va a poder asimilar. Lo que sorprende es la persistencia de una fuerza asimilacionista que impregna a la mayoría de la sociedad americana y que cruza por encima de cualquier divisoria de ideologías políticas. Una de las críticas más llamativas al plan que ahora se discute es la que insiste en que a través del mecanismo de los contratos temporales los inmigrantes nunca se van a poder asimilar. El sistema de guest workers (trabajadores invitados) está precisamente diseñado para evitar la residencia permanente y por ello no contempla ninguna vía de asimilación y acceso a la ciudadanía.

Es lógico pues que los trabajadores mexicanos o de cualquier otro país latinoamericano le pongan pegas: se les invita a trabajar pero no a traerse a sus familias, disfrutar del modo de vida americano, convertirse en residentes y, eventualmente, en ciudadanos. Lo apasionante es comprobar como los argumentos que se esgrimen actualmente en Estados Unidos para rechazar el plan de contratos temporales muestran, siglo y medio después, la misma preocupación por la asimilación de los inmigrantes recientes.