EE UU: el imperio romano del siglo XXI

Por Norman Mailer es autor, entre otros libros, de Los desnudos y los muertos, La canción del verdugo, Los Ejércitos de la noche y El fantasma de Harlot. Este texto ha sido leído por el escritor norteamericano en el Club de la Commonwealth de San Francisco. © Norman Mailer, 2003. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 03/03/03):

Seguramente es cierto que, al comienzo de la campaña actual del Gobierno estadounidense para emprender la guerra, los vínculos entre Sadam Husein y Osama Bin Laden eran mínimos. A simple vista, tenía que haber una desconfianza mutua. Desde el punto de vista de Sadam, Bin Laden era un hombre de lo más problemático, un fanático religioso, es decir, un descontrolado, un guerrero al que no se podía dominar. Para Bin Laden, Sadam era un bruto irreligioso, un loco desequilibrado cuyas aventuras más audaces terminaban siempre por salir mal. Además, los dos eran rivales. Cada uno de ellos pretendía controlar el futuro del mundo musulmán: Bin Laden, es de imaginar, a mayor gloria de Alá, y Sadam, por el placer terrenal de aumentar su poder de forma ilimitada. En el siglo XIX, cuando los británicos poseían su imperio, el Raj habría tenido la habilidad de enfrentar a esos dos uno contra otro.

Hoy, sin embargo, esos objetivos han cambiado. La seguridad se considera insegura si la higiene marcial no es absoluta. Por eso, la primera reacción norteamericana al 11-S consistió en preparar la destrucción de Bin Laden y Al Qaeda. Ahora bien, cuando la campaña en Afganistán no consiguió capturar al principal protagonista, e incluso fue incapaz de descubrir de forma concluyente si estaba vivo o muerto, el juego tenía que cambiar. Nuestra Casa Blanca decidió que el verdadero objetivo era otro. No Al Qaeda, sino Irak.

Los estadistas y dirigentes políticos son serios incluso cuando parecen tontos, y no es frecuente que actúen sin tener alguna razón profunda. Me gustaría especular sobre esos motivos ocultos del Gobierno de Bush. Voy a intentar comprender lo que el presidente y su grupo de colaboradores más próximos consideran la lógica de su actual empresa.

Empezaré por el discurso pronunciado por Colin Powell ante la ONU el pasado 5 de febrero. En principio, fue un discurso muy detallado, que intentaba demostrar que Sadam Husein estaba violando todas las normas de los inspectores que podía, cosa que no sorprendió a nadie. Al fin y al cabo, Sadam tiene un gran instinto para ser consciente de los caprichos de la historia. Sabe que, cuanto más se pueda hacer esperar a los grandes estadistas, más se hartan éstos del aburrimiento mortal que supone tratar con un mentiroso consumado, astutamente despegado de toda obligación y necesidad de cooperación. Ser un completo mentiroso es un don magnífico. Si uno no dice nunca la verdad, está prácticamente tan a salvo como un hombre sincero que no dice nunca una mentira.

Así es como Sadam consiguió sobrevivir a siete años de inspecciones, entre 1991 y 1998. Había llegado a pactos -la mayoría, bajo cuerda- con franceses, alemanes, rusos, jordanos… La lista es larga. También supo manipular las simpatías del Tercer Mundo. Convenció a mucha gente buena de todo el planeta. La permanente crueldad de Estados Unidos estaba matando de hambre a los niños iraquíes. Los niños estaban desnutridos, en gran parte, por el embargo que el propio Sadam se había buscado, pero, aunque hubieran estado sanos, se las habría arreglado para tener un grupo de niños de seis años muertos de hambre el tiempo suficiente para poder distribuir una fotografía a todo el mundo. No era trigo limpio, y lo demostró. Jugó tan bien que consiguió que se declarara el fin de las inspecciones en 1998.

En la Casa Blanca ya se había hablado, y se seguía hablando entonces, de que teníamos que enviar tropas a Irak como respuesta a tal ostentación. Por desgracia, la aventura de Clinton con Monica Lewinsky le había convertido en un guerrero paralizado. En pleno escándalo público, no podía permitirse el lujo de derramar una sola gota de sangre estadounidense. La prueba se vio en Kosovo, donde no entró ninguna infantería norteamericana con la OTAN y nuestros bombarderos no arrojaron nunca su material desde una altura que estuviera al alcance de las baterías antiaéreas serbias. Todo se hizo desde una altura de 5.000 metros. Por tanto, Irak era imposible.

Es decir, en 1998, Husein se salió con la suya. Desde entonces no se habían realizado más inspecciones. El discurso de Colin Powell en la ONU estuvo lleno de santa indignación ante el descaro y la horrible chulería de Sadam el malvado, pero Powell es demasiado inteligente, claro está, para que el descubrimiento de tales fechorías le pillara desprevenido. Su intervención en la ONU fue un intento de caldear los ánimos de los estadounidenses con respecto a la guerra. Según los sondeos, la mitad de los ciudadanos no estaba a favor. Y en ese sentido, desde luego, el discurso logró su objetivo. La prueba es que muchos senadores demócratas que estaban vacilantes declararon que se unían a su postura, que también ellos estaban preparados para la guerra. Que Dios nos bendiga.

Ahora bien, el punto más débil de la intervención de Powell fue la demostración del vínculo entre Irak y Al Qaeda. Para la tremenda expectación levantada, las pruebas pecaron de escasas. Con la excepción de Gran Bretaña, los países con derecho de veto en el Consejo de Seguridad, los franceses, chinos y rusos, no estaban dispuestos a satisfacer la pasión de Bush por entrar en guerra lo antes posible. Querían más tiempo para intensificar las inspecciones. Consideraban que la contención era una salida.

Apenas una semana después, Al Yazira ofreció una grabación de Bin Laden en la que dejaba entrever que Sadam y él estaban listos para entablar contacto directo. ¿Había llegado el momento? ¿El enemigo del enemigo de Sadam se había convertido en su amigo? Si era cierto, el resultado podía ser desastroso. Podríamos vencer a Irak y, aun así, sufrir la gran catástrofe que presuntamente pretendíamos evitar con la guerra. Las armas de destrucción masiva de Irak podían pasar a manos de Bin Laden. Sin dichas armas, Al Qaeda tendría que arreglárselas como pudiera. Pero, si Sadam transfiriese sólo una parte de sus reservas de guerra biológica y química, Bin Laden sería mucho más peligroso.

La decisión de George W. Bush de emprender la guerra con Irak a la mayor brevedad posible se encontraba ahora ante la posibilidad de que Sadam hubiera contraatacado con una jugada maestra. Tal vez, lo que verdaderamente estaba diciendo era: “Déjenme que me ría de las inspecciones, y todavía estarán relativamente a salvo. Pueden estar seguros de que no correré a darle a Osama Bin Laden mi mejor material, siempre que sigamos jugando este juego de las inspecciones de ida y vuelta. Ahora bien, entren en guerra conmigo, y Osama sonreirá. Es posible que yo muera en el incendio, pero su pueblo y él estarán contentos. No tengan la menor duda, él quiere que me declaren la guerra”.

Como esta sucesión de acontecimientos era evidente desde el principio, cabría preguntarse lo que se preguntaban ya unos cuantos estadounidenses: ¿Cómo hemos podido dejar que se hicieran realidad esas opciones, esas infernales y falsas opciones?

Mientras tanto, el mundo reaccionaba con horror al programa bélico de Bush. La edición europea de la revista Time había hecho una encuesta en su página web: “¿Qué país representa un mayor peligro para la paz mundial en 2003?”. Emitidos 318.000 votos hasta ese momento, las respuestas eran: Corea del Norte, 7%; Irak, 8%; Estados Unidos, 84%. Como había declarado John Le Carré en el londinense The Times: “Estados Unidos ha entrado en uno de sus periodos de locura histórica, pero éste es el peor que recuerdo”. Harold Pinter ya no quería sutilezas en el lenguaje: “… La Administración estadounidense, en estos momentos, es un animal salvaje y sediento de sangre. Las bombas son su único vocabulario. Sabemos que muchos norteamericanos están horrorizados por la postura de su Gobierno, pero da la impresión de que no pueden hacer nada”. Según Reuters, cuatro millones de personas tomaron las calles, de Bangkok a Bruselas y de Canberra a Calcuta, para “ridiculizar al Bush belicista”.

Un rápido repaso de los dos años transcurridos desde que George W. Bush juró su cargo puede arrojar cierta luz sobre los motivos de que estemos donde estamos. Bush llegó a la presidencia con la posibilidad de una recesión y todo el desgraciado aroma de ser investido tras unas elecciones que, en el mejor de los casos, podrían calificarse de legítimas / ilegítimas. Estados Unidos había vuelto a darse cuenta de que los republicanos tenían gran habilidad para las triquiñuelas legales.

Si la legitimidad de Bush estaba en duda desde el principio, su actuación como presidente empezó a suscitar desprecio. Cuando hablaba espontáneamente, resultaba demasiado simple. Cuando le escribían los discursos sus colaboradores, más cultos, le costaba hacerse con las palabras.

Entonces llegó el 11 de septiembre. En la historia humana existe una cosa que es la suerte divina. (También conocida como suerte del diablo). El 11 de septiembre alteró todo. Fue como si nuestros televisores hubieran cobrado vida. Llevábamos años viendo en las pantallas espectáculos de vértigo y disfrutando de ellos. Estábamos protegidos. Éramos capaces de dedicar una centésima parte a entrar en la historia y vivir con el miedo. Ahora, de pronto, el horror resultaba ser auténtico. Dioses y demonios invadían Estados Unidos, procedentes de la pantalla del televisor. Éste puede ser uno de los motivos de la extraña sensación de culpabilidad que tantos sintieron después del 11-S. Era como si unas fuerzas divinas hubieran estallado en una erupción de furia.

Y, desde luego, no podíamos no sentir cierta culpa a propósito del 11-S. La locura codiciosa de los años noventa no se había librado nunca por completo de esa conciencia culpable omnipresente en Estados Unidos. Nos alegrábamos de nuestra prosperidad, pero nos sentíamos culpables. Somos una nación cristiana. El “judeo” de judeocristiana no es más que una concesión. Somos una nación cristiana. Muchos buenos cristianos en Estados Unidos parten de la idea de que se supone que uno no debe ser tan rico. Dios no quería que fuera así necesariamente. Desde luego, Jesús no lo quiso. Se suponía que uno no debía acumular tanta pasta. Que estaba obligado a dedicar su vida a acciones altruistas. Ésa era una mitad de la bondadosa mente cristiana.

La otra mitad, puramente estadounidense, quería lo de siempre: vencer a todo el mundo. Se puede decir algo que es cruel pero posiblemente cierto: ser un norteamericano corriente es ser una contradicción viva. Uno es un buen cristiano, pero se esfuerza para ser dinámico y competitivo. Por supuesto, Jesús y Evel Knievel no conviven demasiado bien en una misma psique. Así que la ira y la culpa del ser humano adoptan unas formas únicas en Estados Unidos.

Ya antes del 11-S, muchos asuntos habían empeorado. La arquitectura espiritual del país se apoyaba, desde la II Guerra Mundial, en nuestras instituciones casi míticas de seguridad, fundamentalmente el FBI y la Iglesia católica, con la misma categoría especial e intangible que la Constitución y el Tribunal Supremo. Ahora, todo eso se estaba cobrando su precio.

Además estaba la Bolsa. No paraba de bajar. El paro crecía, sin prisa pero sin pausa. Los escándalos relacionados con consejeros delegados de empresas adquirieron más notoriedad.

Estados Unidos había soportado la constante expansión de la empresa hacia la vida cotidiana desde el final de la II Guerra Mundial. Había sido la vaca lechera para el país. Pero también había sido una vaca sucia, que soltaba gases de tacañería y manipulación mediante el énfasis excesivo en la publicidad. Se ignoraba el producto pero se rendía pleitesía a su mercadotecnia, un animal y una fuerza que había logrado apartar a EE UU de la mayoría de nosotros. Había conseguido que el mundo fuera un lugar más desagradable desde el final de II Guerra Mundial.

Luego llegó una denuncia más completa de las argucias económicas y la contaminación de las empresas. Había un escándalo detrás de otro. La glotonería económica prosperaba. Peor aún, estaba totalmente hinchada en las capas superiores. En las primeras páginas de todas las secciones de economía se denunciaban conductas delictivas. Sin el 11-S, George W. Bush habría vivido con la incomodidad permanente de tener una publicidad cada vez peor en los medios.

Podría decirse, incluso, que Estados Unidos estaba sufriendo una serie de golpes que no estaban tan alejados de lo que les ocurrió a los alemanes tras la I Guerra Mundial, cuando la inflación eliminó la seña de identidad alemana fundamental, que consistía en que, si uno trabajaba mucho y ahorraba, acababa disfrutando de una vejez decente. Sin aquella inflación desatada, es probable que Hitler no hubiera llegado al poder 10 años después. El 11 de septiembre hizo algo equivalente con la sensación de seguridad de los estadounidenses.

En realidad, el conservadurismo se encaminaba hacia una división. Los viejos conservadores como Pat Buchanan opinaban que Estados Unidos debía mantenerse aislado e intentar resolver los problemas que pudiera. Buchanan era la cabeza de lo que podría llamarse los conservadores de viejo cuño, defensores de los valores de la familia, el país, la fe, la tradición, el hogar, el trabajo duro y honrado, el deber, la lealtad y un presupuesto equilibrado.

Bush era distinto. La distancia entre su escuela de pensamiento y la de los conservadores de los valores podía provocar en la derecha una dicotomía tan clara como las diferencias entre comunistas y socialistas al final de la I Guerra Mundial. Los conservadores patrioteros hablaban de algunos valores de los otros conservadores pero, en el fondo, les importaban un pito. Aunque todavía usaban varios términos comunes, lo hacían para no reducir su base electoral. Usaban la bandera. Les encantaban palabras como “mal”. Uno de los principales defectos de la retórica de Bush era el de utilizar esa palabra como si fuera un botón que le permitía aumentar su poder. A veces, a la gente, le colocan una vía intravenosa por la que puede recibir un analgésico narcótico siempre que lo necesita, y algunas personas aprietan el botón sin parar. Bush utiliza el mal como narcótico para el sector del público estadounidense que se siente más incómodo. Desde luego, en su opinión, lo hace porque cree que Estados Unidos es bueno. Y lo cree, cree que este país es la única esperanza del mundo.

Al mismo tiempo, tiene miedo de que el país esté volviéndose cada vez más disoluto, y la única solución es, tal vez luchar para crear un Imperio Mundial. Detrás de toda la campaña para declarar la guerra a Irak está el deseo de tener una gran presencia militar en Oriente Próximo, como paso para apoderarse del resto del mundo.

Puede que ésta sea una afirmación muy amplia, así que voy a intentar justificarla. De forma inmediata, se me ocurre lo siguiente: la raíz del conservadurismo patriotero no está en la locura, sino en una lógica oculta. Una lógica con la que no estoy de acuerdo, pero que tiene sentido si uno acepta sus premisas. Desde un punto de vista cristiano militante, Estados Unidos está casi en la podredumbre. Los medios de comunicación están sumidos en pleno libertinaje. En todas las pantallas de televisión aparecen ombligos desnudos, tan significativos como los ojos de los animales salvajes. Los niños están llegando a un punto en el que no saben leer, pero desde luego saben follar. Por consiguiente, si Estados Unidos se convirtiera en una máquina militar internacional lo bastante grande como para superar todos los compromisos, la Casa Blanca tendría la ventaja de que la libertad sexual norteamericana, todo ese escándalo de los gays, las feministas, las lesbianas y los travestidos, se considerará un lujo excesivo y se volverá a encerrar en el armario. El compromiso, el patriotismo y la dedicación volverán a ser valores nacionales (con toda la hipocresía subsiguiente). Cuando nos hayamos convertido en la encarnación del imperio romano en el siglo XXI, la reforma moral podrá hacer su entrada triunfal en el panorama. El Ejército, por supuesto, es mucho más puritano que el mundo del espectáculo. Los soldados están más locos que cualquier hombre corriente tanto en combate como fuera de él, pero sufren una tremenda presión cotidiana por parte de los mandos, que podrían convertirse en unos poderosísimos censores de la vida civil. A los conservadores patrioteros, ahora, la guerra les parece la mejor solución posible.

Los estadounidenses tienen una especie de mística enloquecida: la idea de que pueden hacer cualquier cosa. Sí, dicen los conservadores patrioteros, podremos enfrentarnos a lo que se avecina. Tenemos los conocimientos y la capacidad para hacerlo. Superaremos los obstáculos. Los conservadores patrioteros creen verdaderamente que Estados Unidos no sólo puede gobernar el mundo, sino que debe hacerlo. Si no se atiene a ese compromiso con el imperio, el país se irá al traste y el mundo le seguirá. En mi opinión, éste es el subtexto principal del proyecto iraquí.

Además, Bush podría contar con otros sentimientos firmes que están muy presentes en nuestra vida diaria. Para empezar, buena parte del orgullo norteamericano actual se apoya en el trípode del dinero, el deporte y la exhibición del poder militar. Alrededor de un tercio de nuestros estadios deportivos reciben su nombre de empresas: Gillette y FedEx no son más que dos de una veintena de ejemplos. Este año, la Super Bowl de la NFL no pudo comenzar hasta que no retiraron una bandera estadounidense del tamaño de un campo de fútbol, que ocupaba el césped. Las Fuerzas Aéreas ofrecieron la emoción de una gran V en el cielo. En el intermedio hubo una gala con las alegrías putativas del combate. Seguramente, la mitad de Estados Unidos tiene un deseo tácito de ir a la guerra. Es algo que satisface nuestra mitología. Estados Unidos, según ese argumento, es la única fuerza del bien capaz de rectificar los males. George Bush es lo suficientemente astuto como para resolver esa ecuación sin ayuda de nadie. Incluso es posible que comprenda mejor que nadie que una guerra con Irak saciará nuestra adicción a los dramas de calidad en la televisión. Si esto les parece gracioso -qué se le va a hacer-, la verdad es que el país se está volviendo más grosero con cada año que pasa. De forma que la guerra, efectivamente, proporciona un gran espectáculo televisivo.

Mejor todavía, y como consecuencia más directa (aunque no sea directa en absoluto), una guerra con Irak calmará nuestra necesidad de vengar el 11-S. No importa que Irak no sea el culpable. Bush no tiene más que ignorar las pruebas. Lo hace con toda la fuerza de un hombre que nunca se ha avergonzado de sí mismo. Sadam, a pesar de todos sus crímenes, no tuvo nada que ver con el 11-S, pero el presidente Bush es un filósofo. El 11-S fue una muestra del mal; Sadam es el mal, y todo el mal está relacionado. Ergo, Irak.

Bush puede satisfacer también las necesidades más serias y polémicas de muchos neoconservadores de su Gobierno, que creen que el islam va a ser una nueva versión de Hitler para Israel. A Bush, proteger a Israel le parece bien, desde el punto de vista electoral, pero además es obligatorio, sobre todo cuando no puede contar con que las órdenes que le dé a Sharon siempre vayan a ser obedecidas.

Todas éstas son buenas razones para que Bush vaya a la guerra. En cuanto al petróleo, oigamos algunas estadísticas que ofrece Ralph Nader: “Estados Unidos, en la actualidad, consume 19,5 millones de barriles al día, el 26% del consumo diario mundial de petróleo. Estados Unidos tiene que importar 9,8 millones de barriles diarios, más de la mitad del petróleo que consumimos”. “La forma más segura que tiene Estados Unidos de mantener su abrumadora dependencia del petróleo es controlar el 67% de las reservas conocidas de crudo en el mundo, que se encuentran bajo las arenas del golfo Pérsico. Irak, por sí solo, posee unas reservas conocidas de 112.500 millones de barriles, el 11% del abastecimiento que queda en el mundo. Sólo le supera Arabia Saudí”.

Habría que añadir que, cuando Estados Unidos ocupe Irak, obtendrá además una forma de presionar a Arabia Saudí y el resto de Oriente Próximo. También se puede sugerir que queremos invadir Irak por el agua. Como dice Stephen C. Pelletiere en un artículo aparecido en The New York Times el 31 de enero: “Se discutió mucho sobre la construcción del llamado conducto de la paz, que llevaría las aguas del Tigris y el Éufrates hacia el sur, a los áridos Estados del Golfo y, por extensión, a Israel. No ha habido ningún avance al respecto, sobre todo por la intransigencia iraquí. Con Irak en manos de los estadounidenses, por supuesto, esta situación podría cambiar”.

Es decir, el petróleo es uno de los motivos, sin duda, aunque nunca se pueda reconocer. Y el agua podría ser un instrumento muy eficaz para apaciguar en gran parte las iras del desierto. Sin embargo, el motivo fundamental sigue siendo el sueño esencial de George W. Bush: ¡el imperio!

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