EE UU: el terrorismo y la cultura del miedo

Por Zbigniew Brzezinski, ex consejero nacional de Seguridad del presidente Jimmy Carter, es autor de Second Chance: Three Presidents and the Crisis of American Superpower (Basic Books). Traducido por Emilio G. Muñiz (EL PAÍS, 04/04/07):

La “guerra contra el terrorismo” ha creado una cultura nacional del miedo en Estados Unidos. La elevación de estas tres palabras por parte de la Administración de Bush a mantra nacional, a partir de los horribles acontecimientos del 11 de Septiembre, ha tenido un impacto pernicioso en la democracia estadounidense, en la psique de los estadounidenses y en la posición de los EE UU en el mundo. El empleo de esta frase ha minado realmente nuestra capacidad para enfrentarnos a los desafíos concretos que nos plantean los fanáticos que tienen la posibilidad de utilizar el terrorismo contra nosotros.

El daño que han hecho estas tres palabras -la clásica herida autoinfligida- es infinitamente mayor de lo que podrían haber soñado jamás los fanáticos autores de los ataques del 11-S cuando tramaban su complot contra nosotros en las cuevas afganas. La frase en sí carece de sentido. No define ni un contexto geográfico ni a nuestros supuestos enemigos. El terrorismo no es un enemigo sino una técnica de guerra, que consiste en la intimidación política mediante la matanza de civiles desarmados.

Sin embargo, el pequeño secreto subyacente es que la vaguedad de la frase fue deliberadamente calculada por sus patrocinadores. La referencia constante a la guerra contra el terror conseguía un objetivo superior: estimulaba la aparición de una cultura del miedo. El miedo nubla la razón, intensifica las emociones y facilita a los políticos demagogos la movilización de la gente en apoyo de las políticas que quieren poner en marcha. La guerra por la que se optó en Irak no podría haber conseguido el apoyo que tuvo en el Congreso de no haber sido por la vinculación psicológica entre el golpe del 11-S y la pretendida existencia de armas de destrucción masiva en ese país. El apoyo al presidente Bush en las elecciones de 2004 también se movilizó, en parte, por la idea de que una nación en guerra no cambia de comandante en jefe en mitad de la corriente.

Para justificar la “guerra contra el terrorismo”, la Administración ha fabricado en los últimos tiempos un relato histórico falso que podría llegar incluso a convertirse en una profecía de autocumplimiento. Al proclamar que esta guerra es similar a las pasadas luchas de EE UU contra el nazismo y el estalinismo (aunque ignore el hecho de que tanto la Alemania nazi como la Rusia soviética eran potencias militares de primer orden, un estatus que Al-Qaeda nunca tuvo ni puede llegar a tener), la Administración podría estar preparándose para una guerra con Irán. Esta guerra sumergiría a Estados Unidos en un prolongado conflicto que abarcaría Irak, Irán, Afganistán y tal vez incluso Pakistán.

La cultura del miedo es como un geniecillo al que se ha permitido salir de su botella. Cobra vida propia, y puede llegar a ser desmoralizador. Los Estados Unidos de hoy no son el país decidido y con confianza en sí mismo que dio una respuesta contundente a lo de Pearl Harbor; ni es el país que oyó decir a su líder, en otro momento de crisis, las poderosas palabras “lo único a lo que debemos temer es al miedo mismo”; tampoco es el tranquilo país que soportó la Guerra Fría con callada perseverancia pese a saber que la guerra real podía empezar de manera abrupta en cuestión de minutos y provocar la muerte de 100 millones de estadounidenses en el plazo de unas horas. Ahora estamos divididos, inseguros y susceptibles de caer presa del pánico en el caso de que se produzca otra acción terrorista dentro de las fronteras de Estados Unidos.

Éste es el resultado de los cinco años de lavado de cerebro con respecto al terrorismo llevado a cabo en todo el ámbito nacional, muy diferente de las reacciones más silenciosas de muchos otros países (Reino Unido, España, Italia, Alemania, Japón, por mencionar sólo algunos) que también han sufrido dolorosos ataques terroristas. En su más reciente justificación de su guerra en Irak, el presidente Bush llegó incluso a declarar de manera absurda que tiene que seguir haciéndola para evitar que Al-Qaeda cruce el Atlántico para lanzar una guerra de terror aquí en Estados Unidos.

Esta propagación del miedo, reforzada por las empresas de seguridad, los medios de comunicación y la industria del espectáculo, genera su propio impulso. Los empresarios del terror, a los que habitualmente se describe como expertos en terrorismo, están necesariamente comprometidos en la competición para justificar su existencia. Por lo tanto su tarea es convencer al público de que se enfrenta a nuevas amenazas.

Casi sin discusión, puede decirse que EE UU se ha vuelto inseguro y más paranoide. Un estudio reciente llevado a cabo por Ian Lustick puso de manifiesto que, en 2003, el Congreso identificó 160 lugares como objetivos nacionales potencialmente importantes para los posibles terroristas. Con la intervención de los grupos de presión, a finales de ese año la lista había aumentado hasta 1.849; a fines de 2004, a 28.360; en 2005, a 77.769. La base de datos nacional de objetivos posibles registra actualmente unos 300.000.

Recientemente, sin ir más lejos, aquí en Washington, cuando iba camino de una oficina periodística, tuve que pasar por uno de esos absurdos controles de seguridad que han proliferado en casi todos los edificios de oficinas de propiedad privada de esta capital, lo mismo que en la ciudad de Nueva York. Un vigilante uniformado me pidió que rellenara un formulario, que mostrara mi DNI y que explicara por escrito el motivo de mi visita. ¿Indicaría por escrito un visitante terrorista que el motivo es ‘hacer saltar por los aires el edificio’? ¿Habría sido capaz el vigilante de detener a un posible terrorista suicida, portadorde una bomba, que así lo confesase? Para hacer la situación aún más absurda, los grandes almacenes, con sus riadas de compradores, no cuentan con ningún procedimiento que se le pueda comparar. Tampoco lo aplican las salas de conciertos ni los cines.

El Gobierno ha fomentado esta paranoia desde todas sus instancias. Piénsese, por ejemplo, en los paneles electrónicos de las autopistas interestatales que alientan a los motoristas a “Informar de cualquier actividad sospechosa” (¿conductores con turbantes?). Algunos medios de comunicación han hecho su propia contribución. Los canales por cable y algunos medios escritos se han dado cuenta de que los escenarios de horrores atraen mayores audiencias, mientras que los expertos en terrorismo certifican la autenticidad de las visiones apocalípticas con que se alimenta al público estadounidense. El efecto general es que refuerzan la sensación de un peligro desconocido, pero vago, al que se atribuye una creciente amenaza para la vida de los estadounidenses.

La industria del espectáculo también saltó a la palestra. A eso se deben las series de TV y las películas en que los personajes malvados tienen rasgos árabes bien identificables, destacados en algunas ocasiones por actitudes religiosas, que explotan la ansiedad del público y fomentan la islamofobia. Los estereotipos faciales árabes, sobre todo en las tiras y en las viñetas cómicas, se plasman a veces de un modo que recuerda tristemente a las campañas antisemitas de los nazis.

La discriminación social, por ejemplo hacia los viajeros musulmanes que llegan por vía aérea, ha sido también su consecuencia involuntaria. La animadversión hacia los Estados Unidos, como era de esperar, incluso entre los musulmanes a los que no preocupa especialmente el Oriente Próximo, se ha intensificado, mientras que la reputación de nuestro país como abanderado del favorecimiento de las relaciones interraciales e interreligiosas constructivas ha sufrido un formidable deterioro.

El balance es todavía más inquietante en el ámbito general de los derechos civiles. La cultura del miedo ha alimentado la intolerancia, la sospecha hacia los extranjeros y ha fomentado la adopción de procedimientos legales que minan las nociones fundamentales de justicia. El principio de “inocente hasta que se demuestre lo contrario” se ha diluido, cuando no ha brillado por su ausencia, con respecto a algunos ciudadanos -incluso estadounidenses- a los que se ha encarcelado por prolongados periodos sin un rápido y efectivo acceso a un proceso judicial. No hay pruebas concluyentes de que semejantes excesos hayan prevenido importantes actos terroristas, y las condenas a los presuntos terroristas de todo tipo han sido pocas y muy espaciadas. Algún día los estadounidenses se sentirán tan avergonzados de estos hechos.

Entre tanto, la “guerra contra el terrorismo” ha causado un grave daño a Estados Unidos en todo el mundo. La similitud entre el trato brutal que los militares han dado a los civiles iraquíes y el que los israelíes han dado a los palestinos ha despertado en los musulmanes un generalizado sentimiento de hostilidad hacia nuestra nación. Lo que llena de rabia a los musulmanes que ven las noticias de la televisión no es la “guerra contra el terrorismo” sino la matanza de civiles árabes. Y el resentimiento no se limita a los musulmanes. Una reciente encuesta de la BBC entre 28.000 personas de 27 países, que pedía la valoración de los encuestados sobre el papel de los diferentes países en los asuntos internacionales, dio como resultado que Israel, Irán y Estados Unidos (por ese orden) se percibían como los países que ejercían “la influencia más negativa en el mundo”. Al parecer, para algunos, ¡éste es el nuevo eje del mal!

Los acontecimientos del 11-S podrían haber dado lugar a una auténtica solidaridad global contra el extremismo y el terrorismo. Una alianza global de moderados, incluidos los musulmanes, comprometida en una campaña decidida para desmantelar las redes del terrorismo y acabar con los conflictos políticos que lo engendran habría sido más productiva que una “guerra contra el terrorismo”, demagógicamente declarada por los EE UU, prácticamente en solitario, contra el “islamo-fascismo”. Sólo unos Estados Unidos confiadamente decididos y razonables pueden promover la genuina seguridad internacional que acabe por no dejar espacio político alguno para el terrorismo.

¿Dónde está el líder estadounidense dispuesto a decir “basta de histeria, acabemos con esta paranoia”? Incluso enfrentados a futuros ataques terroristas, cuya probabilidad es innegable, mostremos cierto sentido. Seamos fieles a nuestras tradiciones.