EE UU en Irak: jugando con las palabras

La idea de que Estados Unidos se ha retirado de Irak desde el pasado 30 de junio es tan insistente como falsa. Desde hace semanas se viene reiterando un mensaje que no duda en jugar con las palabras para tratar de ocultar una realidad no tan idílica como se pretende, en un interés compartido por transmitir la imagen de que el conflicto iraquí casi habría llegado a su fin.

En primer lugar, interesa recordar que la violencia sigue sacudiendo diariamente a Irak, aunque su nivel se haya reducido sustancialmente en comparación con las cifras de hace apenas dos años. Esta situación es el resultado combinado de factores entre los que -en contra del argumento habitual que lo achaca a la ‘surge’ (oleada) militar estadounidense lanzada en las postrimerías de la presidencia de George W. Bush- destacan, sobre todo, la decisión de Irán de atemperar a sus aliados locales y, por otro lado, la reentrada en escena de los actores suníes, marginados hasta hace poco y convertidos ahora por Washington en instrumentos para compensar el peso de los chiíes y para actuar como carne de cañón contra todo tipo de insurgentes. La resolución del conflicto está todavía muy lejos, dado que el actual Gobierno apenas ha logrado mejorar los niveles de desarrollo y seguridad del conjunto de los iraquíes y nadie ha conseguido todavía imponer su agenda a los demás actores en presencia. Nuri Al Maliki no es un líder incuestionable desde ningún punto de vista y la situación de seguridad aún depende principalmente de factores que escapan a su control, sea la posibilidad de que Irán quiera volver a activar a sus peones chiíes o la deriva independentista de los grupos kurdos del norte, sin olvidar a Al-Qaida y sus adláteres.

En segundo lugar, conviene volver al diccionario para no olvidar el significado de las palabras. Retirada es un concepto que no debería ofrecer duda alguna y que, atendiendo a lo que ocurre sobre el terreno, no cabría emplear en el Irak de hoy. Lo que se acaba de producir es un mero redespliegue militar, que supone que sólo una mínima parte del contingente desplegado por Washington regresará efectivamente a casa -en ningún caso más de unos 20.000 efectivos-, mientras que el grueso (no menos de 120.000 soldados) permanecerá plenamente operativo en territorio iraquí. Incluso la medida más llamativa del actual redespliegue -la desaparición de los soldados estadounidenses de las ciudades iraquíes- necesita matices para ser comprendida en su totalidad. Así, con el obvio acuerdo del Gobierno iraquí, se establecen ciertas excepciones a la regla general, dejando claro además que las fuerzas americanas seguirán usando a su conveniencia el espacio aéreo (incluyendo el uso de helicópteros), proporcionarán a las fuerzas iraquíes inteligencia y apoyo en sus propias operaciones y se encargarán de la instrucción y asesoramiento militar a las unidades que ahora pasen a patrullar las ciudades.

Aparentemente, las tropas estadounidenses dejarán de ser visibles a los ojos de los iraquíes -aunque lo más importante es que pasarán a ser objetivos menos expuestos a los ataques de los múltiples actores violentos que todavía se mueven por doquier-. Pero existen pocas dudas de que incluso a partir del 1 de enero de 2012 -cuando, según el discurso oficial vigente, no debería quedar ningún soldado extranjero en Irak- seguirán desplegados allí varias decenas de miles de militares estadounidenses. Para eso han construido la mayor embajada que Washington tiene en el planeta y las macrobases militares que coinciden, no por casualidad, con las principales áreas de reservas de hidrocarburos bajo el suelo iraquí. En conexión con esta variable energética destaca el hecho de que precisamente en la misma fecha del inicio del redespliegue se ha celebrado una reunión de compañías petrolíferas tan notables como Exxon, Shell, British Petroleum y Total con el Ministerio iraquí de Petróleo para definir los primeros contratos de exploración y explotación de hidrocarburos en diferentes zonas del país (no olvidemos que Irak atesora unos 112.000 millones de barriles en reservas probadas y unos 150.000 en reservas probables, lo que lo sitúa prácticamente al mismo nivel que Arabia Saudí).

En estas condiciones, la pretensión de convencer al mundo de que se acaba de producir ya la retirada sólo obedece al interés compartido entre el Gobierno iraquí y el de su principal soporte externo. Al Maliki está presentando a sus ciudadanos la medida adoptada ahora como un signo de evidente fortaleza -en el tono del ‘yes, we can’ obamaniano-, por el que Irak vuelve a ser dueño de su destino, libre de injerencias extranjeras de cualquier tipo. Parecería de ese modo que no sólo el Gobierno nacional está ya en condiciones de hacerse cargo de la seguridad del país -si se necesitara una prueba, ahí están los más de trescientos muertos de estos últimos días-, sino que incluso es capaz de forzar la voluntad de Washington para adelantar el proceso de recuperación de la soberanía nacional, filtrando supuestas imposiciones a los estadounidenses de que deben abandonar algunas ciudades en las que Washington quería mantener tropas. Enfrentado a aliados gubernamentales poco fiables -no sólo en el bando suní o kurdo, sino también entre los propios chiíes-, el primer ministro iraquí necesita reforzar su autoridad con vistas a consolidarse como el referente de un futuro Irak realmente independiente (y en esto cuenta, de momento, con el apoyo de Estados Unidos).

Por su parte, Barack Obama no está menos necesitado de transmitir la idea de que su estrategia en la región comienza a dar resultados. No se trata tanto de un intento por cumplir un compromiso electoral, como de ganar margen de maniobra para hacer frente a los serios retos que le plantea hoy Afganistán/Paquistán. Dicho de otro modo, Washington está hoy al límite de sus capacidades de despliegue militar y necesita aligerar la carga que supone Irak para transferirla al escenario que él mismo ha definido como el prioritario… sin olvidar que un reforzado Ahmadineyad puede complicarle aún mucho las cosas en función de los peones que maneja tanto en Irak como en Afganistán, Líbano y hasta Palestina o Arabia Saudí.

Lo malo para Obama es que, como le ocurre a Al Maliki, el encaje de su rompecabezas en la totalidad de Oriente Medio no depende tanto de su voluntad como de la de otros actores que difícilmente van a alinearse con los dictados y sueños de Washington. El redespliegue estadounidense, en definitiva, apenas es una mera nota a pie de página de una historia que se adivina larga y compleja.

Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria, IECAH.