EE.UU. en las elecciones francesas

¿Tendrá la elección de Donald Trump alguna repercusión en la elección del presidente francés el 7 de mayo? En cada país, las elecciones son principalmente un asunto local, pero observamos una progresiva influencia de la política estadounidense en la política francesa. Así, el principal partido de derechas en Francia, que al principio era «gaullista», se llama desde hace dos años Los Republicanos, una referencia directa al Partido Republicano de EE.UU. Su candidato, François Fillon, se declara partidario del conservadurismo social y de la economía de mercado, exactamente la síntesis estadounidense que pretende representar el Partido Republicano. La instauración de primarias para elegir al candidato de los partidos es otro elemento significativo que se ha tomado prestado del sistema estadounidense. Tanto en Francia como en EE.UU., las primarias han favorecido a los que tenían menos posibilidades de ser elegidos. Los Republicanos, ante su propia sorpresa, designaron a François Fillon en vez de a unos candidatos más representativos de la clase dirigente, como Alain Juppé. Y es lo que sucedió en EE.UU. tras la designación de Donald Trump. Los militantes socialistas también eligieron a Benoît Hamon, que es relativamente desconocido, en vez de a su líder natural, que habría sido el primer ministro saliente, Manuel Valls. Y, por último, la candidata nacionalista, Marine Le Pen, que aunque procede de una antigua tradición francesa favorable al aislamiento y al cierre de las fronteras, se identifica naturalmente con Donald Trump, al que considera un modelo. Señalaremos que, en estas elecciones, el antiamericanismo francés sigue existiendo, pero sin los excesos de hace no mucho tiempo: el candidato de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, se burla del capitalismo estadounidense, pero ya no lo hace con el vocabulario de guerra fría de la década de 1960. El candidato conservador, François Fillon, y la candidata nacionalista, Marine Le Pen, hablan de un posible acercamiento con la Rusia de Putin, pero no tanto por hostilidad hacia EE.UU., sino para que Francia vuelva a ocupar el lugar que consideran que debe ocupar, a mitad de camino entre las potencias, en vez de alinearse con una de ellas. De manera más general, el escaso antiamericanismo de los candidatos pone de manifiesto la menor hostilidad de los intelectuales franceses hacia EE.UU., el capitalismo y la sociedad de consumo. A excepción de Le Pen, los políticos están en vías de reconciliarse con la globalización de tintes estadounidenses.

Antes incluso de conocer el resultado, muy incierto, se observan algunas características importantes de esta campaña. La más sorprendente es el avance del candidato centrista, Emmanuel Macron, que nadie se habría imaginado hace tres meses. Tradicionalmente, como en EE.UU. y como en todas partes, la derecha se opone a la izquierda y el centro está destinado a unirse a una o a la otra. Esta vez es lo contrario: Macron, que no es socialista ni conservador, sino más bien liberal y proeuropeo, es el posible vencedor. Como si fuese un imán, atrae tanto a los candidatos de la izquierda como a los de la derecha. Su partido, En Marcha, que no existía hace seis meses, se convierte en el primer partido de Francia. La personalidad de Macron seduce más que su programa: su juventud sobre todo, tiene 39 años, y la novedad que supone. Muchos franceses buscan una renovación, que es lo que representa Macron, y soluciones concretas, no ideológicas, que es lo que promete Macron. De repente, hace que todos los demás candidatos parezcan desfasados, incluido Le Pen. Su inexperiencia no molesta a sus seguidores, sino todo lo contrario, y numerosos jóvenes, que normalmente se abstienen, se sienten tentados a votar por Macron.

Lo que también pone de manifiesto esta campaña es el hundimiento de la izquierda, que está dividida entre dos candidatos rivales, totalmente antinómicos: Jean-Luc Mélenchon, un heredero de la revolución jacobina y del comunismo, y Benoît Hamon, un socialdemócrata con tintes libertarios que se distingue proponiendo la legalización del cannabis… como en Colorado. La izquierda francesa no logra renovarse, ni seguir una línea clara como la socialdemocracia alemana, sueca o británica. En cuanto al Frente Nacional, nos vemos tentados a decir que no hay nada nuevo. El nacionalismo francés, antieuropeo, antiinmigración y anticapitalista, se remonta muy atrás en la historia de Francia, y desde que ha encontrado un líder carismático, primero Jean-Marie Le Pen, y luego su hija Marine, atrae a una cuarta parte de los votantes, pero no más. En un sistema mayoritario como es la democracia francesa, el Frente Nacional no puede ganar porque, en la segunda vuelta, lleva a todos los demás a unirse contra él, en nombre de los valores llamados republicanos. Eso no impide que la fuerza inalterable del Frente Nacional muestre que una cuarta parte de los franceses se siente incómoda en la Francia moderna, y eso es preocupante.

En esta campaña, lo que más pone de manifiesto la americanización de la vida política francesa es la personalización de los comicios, en los que se da más importancia a los candidatos que a los programas, en los que nadie cree demasiado. El programa de Macron no importa porque tiene 39 años. El carácter fantasioso del programa de Mélenchon da lo mismo siempre que sea revolucionario. Y lo que proponga Marine Le Pen da igual, siempre que se alce contra lo que ella denomina la islamización de Francia. Y en cuanto a François Fillon que, hace tres meses, parecía seguro de que ganaría, su programa, que es el más elaborado de todos, ha quedado olvidado desde que su mujer y él están inmersos en un escándalo financiero. Además, esta vez se analiza con más escrupulosidad que nunca la honestidad de los candidatos. Hace no mucho, la corrupción interesaba poco a los franceses, que consideraban que todos los políticos eran más o menos deshonestos. Sin duda, las redes sociales, ansiosas por descubrir los secretos de familia, han ayudado a situar la corrupción y la fortuna de los candidatos en el centro del debate. Pero sigue habiendo una gran diferencia con EE UU: los franceses no están dispuestos a votar a un millonario. Mientras que Donald Trump nunca ha ocultado su fortuna, todos los candidatos franceses explican que son pobres o casi. Una última singularidad francesa: tres candidatos son trotskistas.

Guy Sorman

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