EE UU, Europa y los tambores de guerra contra Teherán

Por Joschka Fischer, ex ministro de Exteriores y vicecanciller de Alemania, y profesor visitante en la Escuela Woodrow Wilson de la Universidad de Princeton. © Project Syndicate / Institute of Human Sciences, 2007. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 11/03/07):

La capital estadounidense vuelve a estar repleta de rumores de guerra; no sólo se habla de la última “estrategia para la victoria” en Irak, sino también de acciones militares contra Irán. Cuanto más cuesta distinguir algún elemento racional en las acciones del Gobierno de Bush, más ruido hace la máquina de los rumores.

¿Ordenará Bush un ataque de la fuerza aérea y las Fuerzas Especiales contra Irán? Desde el discurso de Bush sobre el estado de la Unión, a finales de enero, no ha habido prácticamente un día sin que ocurra algo relacionado con Irán o sin que la Administración intensifique su retórica. Es evidente que, además, Estados Unidos está llevando a cabo preparativos para una incursión aérea (no parece que pueda enviar un contingente militar más numeroso, puesto que las tropas de tierra estadounidenses están ya sobreutilizadas y no dan más de sí).

El enfrentamiento con los iraníes se ha agudizado visiblemente en Irak y es posible que también esté aumentando en otros lugares. Hace poco estalló una bomba dirigida contra la Guardia Revolucionaria Iraní en la frontera entre Irán y Afganistán. Y, por supuesto, Estados Unidos está haciendo nuevos intentos de obtener “pruebas” de la amenaza iraní que puedan justificar un ataque.

¿Es todo puro farol? El mundo quizá podría permitirse el lujo de esperar tranquilamente a saber la respuesta si no fuera porque los avances del programa nuclear iraní y el final de la presidencia de Bush pueden crear una dinámica propia imposible de calcular.

Igual que en el caso de Irak, es posible que Estados Unidos tenga la fuerza suficiente para emprender una guerra, pero no para ganarla. Pero las consecuencias de una aventura militar en Irán serían mucho mayores que las de la guerra de Irak. Volver a hacer las cosas a medias en Oriente Próximo sería la peor de todas las opciones posibles, para la región y para sus vecinos. Y el primer vecino afectado sería Europa.

¿Y cómo ha reaccionado Europa -que tiene su seguridad en juego- ante estos acontecimientos? El primer ministro británico, Tony Blair, ya se ha adaptado a la nueva retórica de enfrentamiento del Gobierno estadounidense. El presidente francés, Jacques Chirac, dijo imprudentemente que un Irán con una o dos bombas nucleares podría no ser un peligro grave, dado que existe la posibilidad de represalias nucleares; y los miembros de su Gobierno se asustaron tanto que se apresuraron a rectificar los comentarios del presidente. La canciller alemana, Angela Merkel, interviene en conferencias sobre seguridad para decir cosas que son muy bien acogidas en Estados Unidos pero, por lo demás, Alemania prefiere mantenerse en segundo plano.

En toda Europa, lo más importante parece ser evitar correr riesgos, incluso a costa de los intereses comunes y la solidaridad de la OTAN. La Marina alemana está defendiendo la costa de Líbano contra Hezbolá, y otros países europeos se encargan de vigilar el país sobre el terreno. En Afganistán, Alemania, con su fuerte presencia militar en el norte, ha hecho oídos sordos a las peticiones de ayuda de los aliados canadienses, que luchan contra unos talibanes resucitados en el sur. Alemania quiere enviar unos cuantos aviones Tornado en misiones de reconocimiento: más vale eso que nada, pero tampoco es gran cosa.

En política de seguridad, Europa se está quedando estancada, o incluso retrocediendo, precisamente cuando la unidad es más necesaria que nunca. Los Tres Grandes europeos -y en especial Alemania, que ocupa actualmente la presidencia de la UE- deben encontrar la manera de cooperar en asuntos de seguridad estratégica. Si no, Europa dejará de contar cuando lleguen los tiempos difíciles. Y los tiempos están poniéndose muy difíciles en Irán y el Golfo Pérsico.

Si Irán fuera objeto de un ataque en los próximos meses, las consecuencias se harán sentir sobre todo en la región, pero también en Europa, como vecino occidental inmediato de Oriente Próximo; y se harán sentir durante mucho tiempo. Sin contar con que, en caso de que Irán se salga con la suya y se convierta en potencia nuclear, Europa tendrá que pagar parte del precio. De modo que es mucho lo que se juega el Viejo Continente.

Para ser más exactos, lo que está en juego son dos intereses primordiales de la UE en materia de seguridad: evitar una guerra con Irán e impedir que Irán se convierta en potencia nuclear. Estos dos intereses aparentemente contradictorios pueden conciliarse y traducirse en una estrategia común si se pone en marcha un plan con tres aspectos: aislamiento real, contención eficaz y negociaciones directas.

Los europeos -encabezados por Merkel, Blair y Chirac- deberían ponerse de acuerdo para garantizar a Estados Unidos que Europa está dispuesta a pagar un precio económico alto, tal vez muy alto, y tomar medidas enérgicas que permitan intensificar las sanciones contra Irán. Pero para hacer esa oferta deben exigir dos condiciones indispensables: que se retire de la mesa la opción militar y que todas las partes implicadas -incluido Estados Unidos- entablen negociaciones directas con Irán.

La política de aislamiento y negociaciones directas se reforzaría aún más si se adopta una estrategia común con respecto a Siria, que no busque el “cambio de régimen” sino el “cambio de coalición”; es decir, que saque a Siria de su estrecha alianza con Irán.

Fue positivo e importante que el Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores de la UE acordara sanciones contra Irán. Ante la amenaza de sanciones económicas, la clase dirigente iraní está dándose cada vez más cuenta de lo cara que le va a salir su actitud hostil. Es necesario seguir impulsando decididamente este proceso y, al mismo tiempo, rechazar el aventurerismo militar.

Los europeos pueden impedir las dos peores posibilidades en Irán -la guerra y el armamento nuclear- si actúan de manera conjunta y con decisión. Están en juego unos intereses europeos y transatlánticos fundamentales. Por eso Europa -y especialmente la presidencia alemana de la UE- tiene la responsabilidad de actuar ya.