EE.UU. ha perdido el norte

Las elecciones estadounidenses  de mitad de mandato se han celebrado y sus resultados significan final de camino para una parte de congresistas del Partido Demócrata. No se trata únicamente de que el Partido Republicano haya ganado el control de la Cámara de Representantes, sino de que miles de políticos locales en todo el país han perdido sus cargos. Muchas de estas personas culpan al presidente Obama por tal pérdida.

Estos acontecimientos revisten importancia, por tanto, no sólo desde el punto de vista estructural o político, que sin duda la tienen en el sentido de que el Partido Demócrata se verá bloqueado y no podrá llevar a efecto buena parte de sus programas, sino acaso aún más desde la constatación de la existencia de mal humor y espíritu contencioso en todo el país.

Por primera vez en el último medio siglo, se advierte una creciente sensación de que Estados Unidos ha perdido el norte.

En las filas de la derecha política, este talante ha dado lugar al movimiento Tea Party. Se trata de un término elegido para sugerir que los estadounidenses deberían volver hoy a los tiempos anteriores a la revolución americana, cuando los colonos recurrieron a la acción directa contra el entonces gobierno británico. Cuando los británicos impusieron un impuesto sobre el té e impidieron que los comerciantes estadounidenses tomaran parte en su comercio, los colonos en los puertos pequeños a lo largo de la costa atlántica echaron al mar el té perteneciente al gigante monopolio británico, la East India Company. Tal es el espíritu de los modernos defensores del Tea Party.

El moderno Tea Party constituye también una reminiscencia de otro movimiento en Estados Unidos, el del partido No sé nada de la década de 1850. Como los miembros de aquel movimiento, los actuales miembros del Tea Party carecen de auténtico programa; simplemente, van en contra de las que consideran fuerzas lesivas para su estilo y modo de vida. La primera de estas fuerzas, según su acusación, es el propio Gobierno.

En consecuencia, se oponen al programa de reforma sanitaria que la Cámara de Representantes y el Senado, bajo control demócrata, posibilitaron que pudiera aprobar el presidente Obama. Resulta una ironía que la ley se base en una iniciativa del Partido Republicano en el estado de Massachusetts. Además, irónicamente, apenas afecta a una gran parte de la sociedad estadounidense, que sigue sin seguro. Y, por último, también irónicamente, representa un enorme enriquecimiento de uno de los principales sectores privados de Estados Unidos, el de los seguros. Pero, a ojos del Tea Party, la reforma es el símbolo de la interferencia del Gobierno en la vida privada.

Como en el caso del movimiento No sé nada,el moderno Tea Party es antiextranjero. Si, por una parte, los partidarios del movimiento No sé nada quisieron detener la inmigración europea a América, por otra parte a los miembros del Tea Party les irrita sobremanera la llegada de latinoamericanos. En ambos casos, buena parte de sus integrantes eran y son ellos mismos hijos e hijas de inmigrantes recientes, pero ambos abrigaban y abrigan hostilidad frente a la extranjería racial y religiosa.

Asimismo, a los defensores del Tea Party les altera y confunde la complejidad de los asuntos mundiales. Observan que es menester que Estados Unidos recupere su poder y creen que el modo de lograrlo es mediante el aumento de la capacidad y acción militar. Cuentan con poderosos aliados al respecto en lo que el presidente Dwight Eisenhower llamó “el complejo industrial-militar”. Los grupos que conforman esta gigante industria armamentística no sólo disponen de grupos de presión de gran alcance para impulsar sus programas sino que también llevan a cabo una actividad tan diversificada que prácticamente cada localidad estadounidense fabrica componentes de buques, tanques y aviones en factorías y talleres.

Tal circunstancia ha planteado un dilema al movimiento Tea Party. Mientras por un lado se opone al Gobierno, por otro quiere que las fuerzas armadas sean fuertes; mientras por un lado se opone a los impuestos, por otro quiere gastar dinero en armamento y mientras por una parte considera que la economía se halla en baja forma, por otra aboga en favor de programas que empeoran su situación.

Quienes se oponen al movimiento Tea Party, especialmente en el Partido Demócrata pero también en la dirección más tradicional del Partido Republicano, tienden a desecharlo como irracional moda pasajera. Y, por tanto, fueron a las elecciones de mitad de mandato sin estar preparados para encarar el arrebato de ira con que tropezaron aparatosamente.

En resumidas cuentas, ¿cuál es el resultado? Veremos tres cosas en los próximos dos años: en primer lugar, la extrema derecha hará todo lo posible para preparar el terreno a fin de echar al presidente Obama en las elecciones presidenciales del 2012. Sobre todo, bloqueará sus esfuerzos para sacar a Estados Unidos de la recesión económica. Y, debido a su control de la Cámara de Representantes y casi la paridad en el Senado, Obama está llamado por así decir a ser, simple y llanamente,un presidente inútil.Por tanto, no sólo será atacado por sus enemigos políticos, sino que también es probable que sea cuestionado por sus amigos políticos.

En segundo lugar, habida cuenta de su personalidad, como hemos observado en sus primeros dos años en el cargo y las singulares tensiones a que se ve sometido por ser el primer presidente negro de Estados Unidos, es probable que trate de llegar a acuerdos en lugar de pelear. Tal propensión le está costando el apoyo de quienes le auparon al cargo, pero no da señales de tratar de modificar sus tácticas. Su esperanza podría cifrarse en conseguir el apoyo de una parte de su oposición, pero esta opción no ha funcionado a su favor en los últimos dos años y es poco probable que lo haga en los dos próximos. Le debilitará en lugar de fortalecerle. Desengañado ya con él, su defensor abandonará, en tanto que sus oponentes, oliendo la perspectiva de la victoria en las elecciones del 2012, no estarán por la labor de llegar a acuerdos.

En tercer lugar, bloqueado en el plano interno, tiende a atender de forma creciente a las cuestiones exteriores. No constan nuevas iniciativas importantes susceptibles de estimular el apoyo estadounidense, salvo en los asuntos militares. Obama, por tanto, se verá tentado de aceptar el consejo de sus generales en el sentido de seguir combatiendo en lugar de negociar en Afganistán, tal vez para potenciar su implicación en los puntos conflictivos, como Yemen, y adoptar una línea de actuación aún más dura con respecto a Irán.

Incluso sus oponentes neoconservadores le han aconsejado en el sentido de que la única manera de salvar su presidencia es bombardear Irán. Me figuro que debe ser consciente de la catástrofe que tal iniciativa supondría para Estados Unidos, pero en su caso será difícil, en los próximos dos años, abandonar las políticas que proponen los halcones estadounidenses.

William R. Polk, miembro del consejo de planificación política del Departamento de Estado durante la presidencia de John. F. Kennedy. Traducción: José María Puig de la Bellacasa