¿EE. UU. puede impedir otro 11-S?

Por John L. Esposito, profesor universitario y director fundador del Centro Príncipe Alwalid Bin Talal para el Entendimiento Cristiano-Musulmán. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 26/02/07):

Al cabo de más de cinco años, pese a algunos éxitos modestos, el mundo es un lugar más peligroso, no más seguro. Resulta difícil justificar el coste humano (el más importante) y los costes económicos. El Gobierno de Bush no ha logrado capturar a los principales dirigentes de los talibanes ni de Al Qaeda, los gobiernos de Iraq y Afganistán siguen siendo débiles, Iraq se encuentra al borde o sumido ya en una guerra civil, el Gobierno de Hamid Karzai en Afganistán carece de control más allá de Kabul, la violencia y el terror, el número de muertos y damnificados se ha incrementado de modo exponencial en Iraq, los pueblos iraquíes son menos seguros, menos prósperos, tienen menos acceso a necesidades cotidianas como la electricidad, alimentos y educación que antes de la invasión encabezada por EE. UU. Aunque este país es visto como parte del problema y no de la solución, persiste el miedo a que, sin una fuerte presencia occidental, la situación empeore más.

El menosprecio del derecho internacional, Abu Ghraib, Guantánamo, la entrega y la tortura de presos, así como la erosión de las libertades civiles en el mismo EE. UU. han afectado también a la imagen y la credibilidad estadounidenses. El sentimiento antiestadounidense ha aumentado en el mundo musulmán y en todo el planeta.

La guerra contra el terrorismo global encabezada por Estados Unidos es vista como una guerra contra el islam y el mundo musulmán. De modo paradójico, las encuestas muestran que muchas personas perciben a EE. UU. como arrogante, despiadado y peligro para la paz.

A pesar de sus promesas, el Gobierno de Bush no ha logrado cumplir con su compromiso (y su excusa) en el momento de la invasión de Iraq: promover la democracia en Oriente Medio y resucitar la hoja de ruta en el conflicto israelo-palestino. Y, en todo caso, la credibilidad y la autoridad moral de EE. UU. se han visto socavadas por el fracaso a la hora de reaccionar con prontitud y la concesión de carta blanca a los militares israelíes durante las guerras en Líbano y Gaza, el envío a Israel de bombas de racimo en los últimos días de la guerra del Líbano y la suspensión de la ayuda con objeto de desestabilizar a un Gobierno de Hamas democráticamente elegido.

¿Qué posibilidades tiene EE. UU. de impedir otro 11-S? Cualquier posibilidad que pueda existir exigirá un nuevo Gobierno y un presidente, ya sea republicano o demócrata, dispuesto a tomar medidas de política exterior atrevidas, a corto y largo plazo. El nuevo presidente tendrá que hacer lo que, desde Dwight Eisenhower, ningún presidente, ya sea republicano o demócrata, ha estado dispuesto a hacer: seguir una política imparcial. Eso significa no sólo respaldar la existencia y la seguridad del Estado de Israel así como la existencia y creación de un Estado palestino, sino mostrarse imparcial también en su crítica de la violencia y el terrorismo, vengan de los palestinos o de los militares israelíes. El Gobierno y su partido tendrán que superar los miedos de la mayoría de los políticos y las presiones de muchos grupos que apoyan las políticas de la línea dura israelí. Siendo alto funcionario del Departamento de Estado en el primer gobierno de George W. Bush, el embajador Richard Haass habló de la política de “excepcionalidad democrática” por parte de EE. UU., es decir, del fracaso de todos los gobiernos a la hora de promover la democracia en Oriente Medio; y, en los meses previos a la invasión de Iraq, señaló la voluntad del Gobierno de fomentar la democracia en Iraq y la región. El próximo gobierno no sólo tendrá que adoptar una política similar y seguirla en la práctica; también tendrá que mostrarse dispuesto a abandonar la política estadounidense de la “excepcionalidad israelí” y mantener con Israel los mismos parámetros que con los demás estados de la región, insistiendo en el cumplimiento de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. La política estadounidense tiene que ser más crítica y más imparcial; estar menos dirigida por lobbies e intereses políticos internos. El único criterio debe ser conseguir lo mejor para EE. UU., tanto en el plano internacional como nacional.

Diplomacia pública. El nuevo Gobierno tendrá que seguir el ejemplo del Gobierno Bush y combatir el terrorismo mediante una estrategia militar, económica y de diplomacia pública. Sin embargo, a diferencia de él, tendrá que hacer caso a los expertos militares que señalan que los militares pueden matar, capturar y contener a los terroristas, pero no están equipados para librar una guerra contra el terrorismo mundial. El intento de limitar el crecimiento del terrorismo exige un poderoso programa de diplomacia pública destinado a conquistar corazones y mentes. Eso significa proyectos de asuntos públicos (programas de intercambio, educación, etcétera) para fomentar el entendimiento mutuo, pero también resulta necesario un componente de política exterior. La causa del sentimiento antiestadounidense no es lo que somos, sino lo que hacemos. El Gobierno tendrá que escuchar con más atención las voces de los 1.300 millones de musulmanes y no fiarse de ideólogos militantes (neocons,paladines de la derecha cristiana, comentaristas políticos y expertos islamófobos) ni de gobernantes o aliados musulmanes autócratas que utilizan la guerra como pantalla de humo para un mayor control y represión de cualquier forma de oposición.

En su respuesta al islam político mayoritario y extremista, los encargados de formular la política exterior estadounidense necesitan comprender mejor la visión que tienen las mayorías musulmanas globales del mundo y, en particular, de EE. UU. La encuesta mundial Gallup, su profundo y pionero estudio de los musulmanes desde el norte de África hasta el Sudeste Asiático, y otras encuestas ofrecen un acceso a las voces de los musulmanes, a sus preocupaciones e intereses. Según una reciente encuesta mundial Gallup, un 7% piensa que los atentados del 11-S estaban completamente justificados y se muestran muy crítico con EE. UU. En el 93% que piensa que el 11-S no estaba justificado – y que denominamos los moderados-,la mayoría percibe a EE. UU. de modo desfavorable. Podemos llamar a ese 7% extremistas antiestadounidenses,no porque todos o buena parte de ellos cometan actos violentos, sino porque quienes comparten tales puntos de vista extremos constituyen una fuente potencial para el reclutamiento o el respaldo de grupos terroristas. Es muy probable que este grupo de extremistas potenciales perciba como justificados otros atentados. Frente a un 95% de moderados que afirmó que “otros atentados dirigidos contra civiles están ´casi del todo´ o ´completamente´ injustificados”, un 70% de los radicales potenciales se mostró de acuerdo con esa afirmación.

¿Hay un odio ciego a EE. UU.? La pregunta “¿por qué nos odian?” suscitada justo después del 11-S sigue cerniéndose sobre nosotros como consecuencia de la continuación de los ataques terroristas y el espectacular auge del sentimiento antiestadounidense. Una respuesta común proporcionada por algunos políticos y expertos ha sido: “Odian nuestro modo de vida, nuestra libertad, nuestra democracia y nuestro éxito”. Dada la amplia base del antiestadounidense, no sólo entre los extremistas, sino también en una importante mayoría del mundo musulmán (y, de hecho, en muchas otras partes del planeta), esta respuesta no resulta satisfactoria. Aunque el mundo musulmán expresa muchas quejas comunes, ¿difieren los extremistas y los moderados en las actitudes acerca de Occidente?

Muchos creen que el sentimiento antiestadounidense está vinculado a un odio básico contra Occidente y a profundas diferencias culturales y religiosas entre Oriente y Occidente, pero los datos citados más arriba contradicen este punto de vista. Si nos centramos en las actitudes de quienes sostienen opiniones radicales y las comparamos con las de la mayoría moderada, encontramos resultados sorprendentes. A la pregunta de qué es mayor objeto de admiración en Occidente, tanto extremistas como moderados ofrecen tres principales respuestas espontáneas: 1) la tecnología; 2) el sistema de valores, la capacidad de trabajo, la responsabilidad individual, el imperio de la ley y la cooperación; 3) sus sistemas políticos justos, la democracia, el respeto por los derechos humanos, la libertad de expresión y la igualdad de sexos. Un porcentaje significativamente más elevado de extremistas potenciales que de moderados (el 50% frente al 35%) cree que “avanzar hacia una mayor democracia en el Gobierno” ayudará al progreso en el mundo árabe y musulmán. Los extremistas potenciales creen en mucha mayor medida que los moderados (el 58% frente al 45%) que los países árabes y musulmanes desean tener mejores relaciones con Occidente. Por último, no hay diferencias importantes entre el porcentaje de extremistas potenciales y moderados que dicen “unas mejores relaciones con Occidente es un tema que me preocupa mucho”.

Además, la valoración de los países occidentales individuales pone de manifiesto que la perspectiva musulmana no los coloca a todos en un mismo saco. Las opiniones desfavorables sobre EE. UU. o el Reino Unido no impiden actitudes favorables hacia otros países como Francia o Alemania. Los datos muestran que si bien los moderados tienen opiniones muy desfavorables de EE. UU. (42%) y el Reino Unido (34%), las opiniones desfavorables de Francia (15%) y Alemania (13%) son mucho menores y comparables, en realidad, a los porcentajes de opinión desfavorable en el caso de Pakistán y Turquía (12%).

Conclusión: EE. UU. tendrá que ser más creativo en sus políticas exteriores: promover una verdadera autodeterminación, no una democracia que no necesite el marchamo de la aprobación estadounidense; presionar a los gobernantes o aliados autócratas de Egipto, Túnez, Argelia y otros países para que abran sus sistemas y avancen con un mayor grado de efectividad por la senda de un poder más compartido; responder y asociarse con los aliados europeos y árabes musulmanes ricos con objeto de proporcionar una ayuda económica y educativa masiva para el desarrollo. Al mismo tiempo, EE. UU. y sus aliados europeos deben distinguir más claramente entre islamistas moderados y extremistas o activistas islámicos, y mostrarse dispuesto a tratar con los islamistas moderados. Por último, no puede seguir habiendo dobles raseros, ya sea en la promoción de la democracia, en la conformidad con el derecho internacional o en el uso de la diplomacia, ni tampoco amenazas de acción militar cuando se trata con Irán o Siria, como se ha hecho de forma sistemática con Corea de Norte.