EE UU: ¿qué valores comunes?

Por Emilio Menéndez del Valle, embajador de España y eurodiputado socialista (EL PAÍS, 22/02/03):

Acaba de nacer la Opinión Pública Europea Común (OPEC). Hay que cuidarla, mimarla, consolidarla. Es un lujo cuya pérdida no podemos permitirnos. Hay que impulsarla cotidianamente para que no languidezca. El hecho de que tantos millones de ciudadanos se hayan manifestado en todo el continente por la paz, contra la guerra y contra los irresponsables que apuestan por ésta, cuando hay medios eficaces alternativos, es un síntoma inequívoco de que la llamada crisis iraquí no está siendo gestionada de acuerdo a los intereses y la voluntad de los manifestantes. Sabemos todos -incluidos los escasos dirigentes políticos europeos que se han alineado con las tesis belicistas de George Bush- que el sábado 15 de febrero ha inaugurado una nueva época y debe iniciar una nueva vía, la de la racionalidad en las relaciones internacionales. Pasqual Maragall lo dijo ese día con una hermosa frase: “Se ha abierto un resquicio. Los pueblos han visto que por una vez la historia puede ser controlada por la humanidad”. Así debe ser. De algún modo, ello queda recogido en las conclusiones del Consejo Europeo celebrado en Bruselas el 17-2-03. Refiriéndose al necesario desarme iraquí, el comunicado dice: “Queremos conseguirlo pacíficamente. Está claro que es lo que desean los pueblos de Europa”.

De la división de ésta en el tema iraquí son responsables la Administración de Bush y los Gobiernos de España y Gran Bretaña, que secundaron las tesis de aquélla en la famosa Carta de los 8, sin que ninguna de sus dos opiniones públicas les haya seguido. De nada sirve afirmar que la división la habían creado previamente Francia y Alemania, porque una cosa es que dos países europeos adopten una determinada posición que no agrade a otros Gobiernos y otra que ocho Estados se echen en brazos de una potencia extra-europea.

Tampoco me sirve que se diga que Washington es un aliado con el que compartimos valores y principios. Algunos sí, pero otros no. No compartimos, por ejemplo, el desprecio norteamericano por la vida que supone la pena de muerte ni su cínico rechazo del Tribunal Penal Internacional. Muchos, desde luego, no estamos con Bush, cuya visión del “orden” mundial repudiamos. Y creo que es legítimo comenzar a preguntarse si nuestras señas de identidad son intercambiables con las de una gran parte de la sociedad norteamericana, aquella que apoya a Bush.

Está por ver si es mayoritaria o no. De momento, tan sólo constato que el moralismo (“claridad moral” lo denominan sus asesores) de que Bush alardea en sus discursos mesiánico-belicistas, y cuyo pilar fundamental consiste en la necesidad de librar una guerra contra “el mal” que Sadam Husein personifica, le ha supuesto hasta ahora rédito electoral. Bush se refiere a Estados Unidos como una “nación moral” (29-1-03) y asegura que “ejercemos el poder sin conquista y nos sacrificamos por la libertad de los extraños” (28-1-03). ¿De qué estrategia se servirá para ejercer el poder en Irak sin conquistarlo previamente?

¿Cuántos millones de norteamericanos están hechos a imagen y semejanza de Bush? ¿Cuántos religiosamente comulgan con la historieta del “eje del mal”? ¿Cuántos con la narrativa de “la nación imprescindible” (la “indispensable nation”) de Clinton y Allbright? Porque aquí reside una de las claves del análisis. De la misma manera que las gentes de buena voluntad preferirán a Amran Mitzna y no a Sharon, se inclinarán por Clinton antes que por Bush. Pero existe un continuum cultural al que ni Mitzna, el líder laborista israelí, ni Clinton son ajenos. Y en Europa, para saber a qué atenernos, debemos considerar factores de los que no se suele hablar.

Por ejemplo, éstos. Obviamente, el presidente Bush es un extremista de conocimientos restringidos, mientras que su antecesor es un dirigente que sabe dónde y cómo pisa. Sin embargo, ello no fue obstáculo para que Clinton -que vivía en un mundo optimista por la desaparición de otro maligno, la URSS, el “imperio del mal”, según etiqueta de Reagan- estuviera convencido de que los EE UU se habían convertido en la nación imprescindible, dotada por la providencia de responsabilidades y obligaciones únicas (5-8-1996). Naturalmente, si uno estima que su país es imprescindible, probablemente piensa que de los demás (Naciones Unidas incluidas) se puede prescindir. Dada la sólida amistad entre Bush y Aznar, cabe preguntarse si la reciente afirmación de Mariano Rajoy (“La ONU es suprimible”) se derivará de la convicción de que también España se ha transformado en “indispensable nation”.

Es asimismo interesante recordar -dada la creciente tensión interatlántica- que Clinton llegó a interpretar el fin de la guerra fría como “la plenitud del tiempo” (¿estaría pensando en Fukuyama?). Una expresión de la Biblia (ya se sabe que en cada habitación de hotel americano hay un ejemplar) con la que, al parecer, quiso aludir en un discurso en Ginebra (18-5-1998) al momento en que Dios decidió entrar en acción para transformar la historia. Si la próxima vez que se alojen en uno de esos hoteles abren el cajón de su mesilla de noche y consultan el correspondiente ejemplar, podrán constatar que en el Nuevo Testamento (carta de san Pablo a los Gálatas, “Situación de los hombres hasta Jesucristo”, 4, 3 y 4) se afirma: “… nosotros, mientras fuimos niños, vivíamos en servidumbre, bajo los elementos del mundo; mas al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley”). Probablemente Clinton quiso significar que el particular “fin de la historia” que la caída del muro supuso facilitaba la transformación del mundo, aunque esta vez más bien mediante la acción humana en vez de la divina. Así lo cree Andrew Bacevich (American Empire, 2002).

Al menos esa relativa secularización le diferencia de Bush, quien estaría mucho más culturalmente supeditado al imperativo de la tradición sectaria protestante que empuja a movilizarse para eliminar “el mal”, aunque sea a través de medios ilegales o incluso violentos. Ello explicaría el comportamiento de Bush en la crisis iraquí.

Al parecer, esto les suele ocurrir a las almas atormentadas que creen haber fallado a la hora de acometer determinadas empresas (la carga del hombreblanco americano) que la propia condición de país elegido por Dios -obviamente indispensable- les impone. Resulta curioso que la necesidad de aliviar el acuciante sentimiento de responsabilidad personal por haber fallado conduzca, imperativamente, a la violencia. Si a todo ello unimos que “nuestro destino como nación ha consistido en no tener ideologías, sino en ser una”, resulta que ser norteamericano se convierte para muchos en un acto religioso, esto es, ideológico (Seymour Martin Lipset: American exceptionalism, 1996).

Robert Kagan, ex alto funcionario del Departamento de Estado, brillante intelectual y halcón, ha escrito: “Hay que dejar de actuar como si americanos y europeos tuvieran una visión común del mundo, como si vivieran en el mismo planeta… hoy, sobre las grandes cuestiones estratégicas e internacionales, los americanos son habitantes de Marte, y los europeos, de Venus: muy raramente se ponen de acuerdo y cada vez se comprenden menos” (27-7-02).

Comparto la tesis kaganita y elogio su franqueza. Tal vez algún día podamos avanzar en la comprensión mutua, pero mientras tanto nosotros debemos reforzar nuestra identidad y consolidar nuestra OPEC. Ello ha de ser compatible con la actuación eficaz y coherente en las relaciones internacionales, incluido el área de defensa, que hay que dotar adecuadamente.

Atendido el ámbito de la paz, será más fácil en el futuro evitar la guerra. Naturalmente, para avanzar en esa línea hay que tener voluntad de actuar colectivamente en el exterior, provistos de lo necesario para tener éxito políticamente y dispuestos a una actuación militar únicamente cuando una adecuada gestión de la paz demuestre que aquélla se ha hecho inevitable. Para ello, Europa -sin los Estados Unidos (lo que no quiere decir contra ellos)- tiene que embarcarse en una definitiva consolidación de su política exterior y de seguridad común (PESC).

Debemos perseverar en el empeño. La opinión pública común europea ha de continuar manifestándose para que la UE sea capaz de traducir su gigantismo económico en términos políticos. Términos que deben ser específicamente europeos, propios. Hemos de trabajar para que Europa se asiente en las relaciones internacionales como una potencia civil, un concepto que implica la construcción de una posición singular europea que pone énfasis más en los instrumentos diplomáticos que en los coercitivos, en el papel central de la mediación a la hora de resolver conflictos, en la importancia de las soluciones económicas y sociales a medio y largo plazo para resolver los problemas políticos y en la necesidad de que los pueblos determinen su propio destino. Características que suelen ser ajenas a la actuación de las superpotencias.

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