EEUU en la encrucijada

El próximo día tres, el primer martes después del primer lunes de noviembre –así lo dicta la tradición–, los estadounidenses votarán por su presidente. Antes de adentrarnos en el análisis político, examinemos primero la disposición del tablero exterior.

Avanza el eclipse del equilibro internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial. La contribución de EEUU fue decisiva para la edificación del Orden Liberal tanto en los Acuerdos de Libre Comercio de Bretton Woods (1944) como en el Tratado del Atlántico Norte (1949). Los enemigos externos del statu quo son conocidos: China, que pretende liderar el mundo en 2049, primer centenario de la llegada del Partido Comunista Chino al poder; Irán, donde los ayatolás buscan el arma nuclear para expandir el integrismo chií; Rusia, con evidentes pretensiones imperiales; y Turquía, en pleno auge neootomano.

Lo paradójico es que el sistema lleva cuatro años socavado desde dentro por su principal hacedor, EEUU. La Administración Trump entiende que los adversarios poseen esta condición no tanto por oponerse a un orden civilizatorio democrático, como porque su potencial tiende a sobrepasar a la primera potencia en áreas clave. Además, en la Casa Blanca impera la tesis de que los actuales equilibrios frenan a EEUU, impidiéndole derrotar a sus antagonistas con métodos expeditivos.

La relación con la UE en estas coordenadas se analiza en Washington hoy desde un único punto: Europa no coopera con EEUU; ni con suficiente gasto en defensa; ni por la vía comercial, que arroja un saldo de déficit estadounidense. Sería injusto no reconocer que tiene parte de razón. El equívoco emerge cuando quedan orillados los múltiples vínculos que hacen de la relación trasatlántica un club de aliados, socios y amigos, para reducir la UE a la mera condición de competidor comercial y rémora militar.

Cuando Joseph Fouché supo de la ejecución del Duque de Enghien, musitó entre dientes: «Es peor que un crimen; es un error». Sin caer en ese cinismo estructural, otro tanto podría comentarse de la weltanschauung trumpiana.

Exigir a los socios mayor colaboración y, al mismo tiempo, desconfiar de los propios aliados; plantear al Estado nación como máxima instancia política, menoscabando organismos de mayor envergadura –y hacerlo justo cuando emergen imperios euroasiáticos–; todo ello es un error que va en contra de los intereses de EEUU, lo perciba la Casa Blanca o no.

EEUU obtiene pérdidas en algún capítulo de la balanza comercial bilateral, cierto; y constituye el mayor contribuyente de la OTAN, cierto también; pero es el mayor beneficiario económico del actual orden internacional, mientras que en el plano defensivo la seguridad estable de Europa le permite centrar recursos en otras regiones del planeta. Y es que las grandes organizaciones internacionales, además de buenas, también resultan útiles y repercuten ventajosamente en los propios intereses de EEUU.

Pensemos ahora en China. Linda en lo naif juzgar que EEUU podrá enfrentarse en solitario a una nación de 1.400 millones de habitantes, 5.000 años de historia y tasas de crecimiento anuales superiores al 10% en la primera década del siglo XXI –aunque en 2019 fueran solo del 6,1%–. Este resurgir de China, unido a su creciente compromiso con Rusia, actualiza la necesidad de una respuesta coordinada desde ambas orillas del Atlántico. Por tanto, si Donald Trump pasase a su segunda y última legislatura, la UE y la Alianza Atlántica habrían de señalarle que no tendría rienda suelta para aplicar unilateralmente su particular visión de las políticas internacionales. Comienza a haber demasiado en juego.

La condición del candidato Biden genera mayores incógnitas. En todo caso, nos encontramos ante un político de sobra conocido. Ha servido durante medio siglo en cargos públicos, incluidas seis legislaturas como senador por Delaware más la vicepresidencia con Obama. Este bagaje, unido a su actitud moderada, le permite aportar un plus de estabilidad a un momento plagado de incertidumbres. Joe Biden es establishment puro, lo que conlleva pros y contras.

El aspirante demócrata ha manifestado su respaldo a la Organización Mundial del Comercio, cabe pensar que comprendería Latinoamérica mejor que Trump y no sería descabellado creer que integraría a republicanos moderados dentro de su gabinete. Con respecto a la UE, todo indica que alcanzaría mayores cotas de entendimiento, lo que no parece difícil dado el deterioro de la situación.

Dicho esto, Biden en ocasiones resulta tornadizo. Y en la alta mar de la política exterior, las pautas de conducta predecibles importan mucho. Pensemos, por ejemplo, en su oposición a la dictadura siria; si no se realizara de forma consecuente, podría originar un Estado fallido o, peor aún, el resurgimiento del DAESH. En sentido análogo, sus distancias respecto a la actual Turquía podrían dar lugar a un regreso del militarismo kemalista o, por reacción nacionalista, a la intensificación del neootomanismo en curso.

Parece igualmente dudoso que el candidato demócrata abandone por completo el proteccionismo comercial de Trump, con sus ventajas –a corto plazo– e intereses creados –a largo–. Mientras tanto, América Latina correría el riesgo de que una mayor empatía deviniera, en la práctica, en una convivencia con Nicolás Maduro y sus ansias de expansión bolivarianas. Su respaldo a la UE resulta muy loable, pero se desconoce su postura ante el proyecto europeo de ahondar en su unidad política, económica y también militar, entendida como complemento activo de la OTAN.

Y luego está China. La dictadura del PCCh impone cada día más a las claras su poder financiero-militar en toda la región indo-pacífica, mientras que en el plano económico aspira a crear un sistema de globalización alternativo a Bretton Woods, con Pekín a la cabeza. Aunque demócratas y republicanos tienen clara esta amenaza, se requiere enorme decisión para frenar al Imperio del Centro con medidas concretas, tal y como ha hecho Trump con las grandes empresas chinas.

El mundo parece entrar en una fase de oscuridad. No sería la primera vez. Gane quien gane las elecciones del próximo tres de noviembre, resultaría conveniente que el presidente de los EEUU en los asuntos clave actúe buscando la unidad. Remar en la dirección correcta siempre resulta útil, máxime en épocas turbulentas. Hacerlo en sentido contrario, como estamos comprobando en España, resulta letal.

José Barros es periodista y consultor de comunicación.

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