EEUU-Israel: contradicciones recurrentes

Las relaciones bilaterales entre Estados Unidos e Israel son un clásico de la política internacional, y en cierto modo se han visto reducidas a una especie de cliché que representa un fondo de verdad y a la vez una complicada simplificación. Los recientes «malentendidos» –es decir, tensiones, desaires, desencuentros– entre la Administración de Obama y el Gobierno de Netanyahu son un buen ejemplo de ello, pues a la vez muchos lo presentan en clave de sobreactuación, una especie de gesticulación para la galería, y otros advierten de que esta vez alguien ha ido demasiado lejos y que hay un trasfondo de crisis en ciernes.

Intentemos, pues, poner en perspectiva esta extraña combinación de cliché y complicación, y para ello hay que deconstruir algunos lugares comunes en las relaciones israelo-norteamericanas. Por ejemplo, se suele dar como cierto el argumento de que Israel es una creación unilateral de EEUU en 1948, cuando en realidad es el resultado del Plan de Partición de las Naciones Unidas de noviembre de 1947, cuando la Comisión Peel llegó a la conclusión de que la partición y la creación de dos estados –uno judío y otro palestino– era la menos mala de todas las pésimas fórmulas para la solución del problema. Aquí no se discute si era justa (que más bien no), sino que fue la ONU quien propuso crear dos estados. La parte judía enseguida aceptó, y la parte palestina, tutelada (que no consultada) por diversos gobiernos árabes, dijo que no. Pero lo relevante es que en la ONU votaron a favor de la partición EEUU y sus aliados, la Unión Soviética y el bloque que controlaba. Los países árabes votaron lógicamente en contra y el Reino Unido se abstuvo. De hecho, en la guerra árabe-israelí de 1948-49, el incipiente Ejército israelí recibió su primer material bélico de… Checoslovaquia; sus pocos aviones de caza, del Reino Unido, y sus famosos machalniks (voluntarios extranjeros que se enrolaron en el lado israelí) venían de 48 países, con profusión de checos, húngaros y… ciudadanos de varios países africanos.

En 1956, por ejemplo, cuando el Reino Unido y Francia lanzan su descabellado ataque contra Egipto para recuperar el canal de Suez, de nuevo EEUU y la URSS unen su poder (en la ONU y fuera de ella) para conminar a los ocupantes –y a Israel, que se puso en su estela y ocupó el Sinaí– para que en 72 horas (ni una más) volvieran por donde habían venido.
La bipolarización se produjo sobre todo en 1967, con la Guerra de los Seis Días, pero aun así entre 1975 y 1979 tanto Gerald Ford como, sobre todo, Jimmy Carter presionaron fuertemente a Israel para que devolviera el Sinaí a Egipto. Ahora parece fácil, pero en Israel los discursos radicales sobre la imposibilidad de devolver ese territorio «esencial para la supervivencia» del país, o las proclamas de cataclismo si se evacuaban los asentamientos de colonos instalados en diversos puntos de la península eran idénticos, en la letra, al discurso radical actual. Hasta Ronald Reagan, en su día, condenó sin paliativos el ataque unilateral de Israel a Irak para destruir la central de Osirek. Y no digamos ya en 1991, en la Conferencia de Madrid, cuando George Bush padre puso toda la presión y algunas amenazas económicas muy precisas sobre la mesa, de tal modo que el intransigente primer ministro Yitzhak Shamir acudió a la conferencia y le tocó sentarse justo enfrente de una delegación jordano-palestina con varios dirigentes notorios de la OLP. Por cierto, junto a Shamir se sentaba un joven e intransigente Binyamin Netanyahu, a la sazón ministro de Exteriores. Clinton intentó hasta el 31 de julio del 2000 –repartiendo muy equitativamente la presión– que Arafat y Barak firmasen el acuerdo final de Camp David. Fracasó, y vino la segunda Intifada, pero la cuestión clave aquí es la de la percepción que de ello tienen no solo los políticos de las dos partes, sino sus respectivas bases sociales, y por extensión el mundo árabe y musulmán en general, así como la opinión europea u occidental.

Esta vez, el Gobierno israelí parece haber ido demasiado lejos, y Netanyahu ha creído que podía resolverlo reduciendo el incidente a un malentendido o a un «momento inoportuno», etcétera, y que con una par de llamadas telefónicas, asunto resuelto. No parece ser el caso. La señora Clinton tiene su carácter; Joseph Biden (y el Gobierno que representa), también. La cancelación de la visita del enviado especial Mitchell, y la advertencia, por primera vez en mucho tiempo, del famoso cuarteto (Rusia, EEUU, la UE y la ONU) han expuesto que, además de la mala educación, había un problema de fondo: los asentamientos.
El Gobierno de Israel no ha entendido que esta cuestión se está convirtiendo en el asunto central de la agenda de Obama, ante las diversas dificultades que afronta en política interior y en otras crisis internacionales (Afganistán). Sorpresa: una encuesta de hace pocos días muestra que el 69% de los israelís consideran que Obama es «amistoso y justo» con Israel, y en otra encuesta el 64% opina que el actual gobierno no lleva bien la relación con EEUU. La cuestión central, ineludible: tal como se venía manejando, este tema perjudica a EEUU en el mundo árabe y musulmán. Lo ha dicho el general Petraeus. Nada menos.

Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa.