EE.UU. libra la guerra equivocada

El Pakistán más profundo se ha autorrecluido en una mazmorra yihadista durante los últimos diez años, con mayor intensidad a medida que Estados Unidos se involucraba más intensamente en la marcha de este país, apuntalando su vacilante economía merced a una generosa ayuda bilateral e internacional, orquestando las líneas generales de la política pakistaní y mimando al establishment militar bien conocido por su afición a inmiscuirse en la dirección de los asuntos del Estado. Tal enfoque político contrasta claramente con un redoblado enfoque militar en Afganistán, donde Estados Unidos se centra actualmente en la cuestión del refuerzo de tropas y la creación de milicias civiles a escala local.

La verdad pura y simple es que Estados Unidos está librando la guerra equivocada. Como consecuencia, corre el riesgo de perder la batalla contra los islamistas y los terroristas internacionales. La auténtica guerra debe librarse en Pakistán en defensa de la paz y la seguridad internacionales.

El objetivo de la intervención militar estadounidense en Afganistán en el 2001 era impedir que las distintas áreas sin ley y sin acceso al mar del país sirvieran de base a Al Qaeda y otros terroristas internacionales.

En gran medida tal objetivo ha sido alcanzado pese a la amenaza de un rebrote talibán. En la actualidad, la base principal del terrorismo internacional no es Afganistán, sino Pakistán. El respaldo y el apoyo a la militancia afgana provienen también del interior de Pakistán. Según Bruce Riedel, coautor de la revisión de la estrategia sobre Afganistán y Pakistán a cargo del presidente Obama, Pakistán “tiene más terroristas por kilómetro cuadrado que cualquier otro lugar de la tierra y posee un programa de armamento nuclear que avanza más de prisa que cualquier otro del planeta”.

Sin embargo, y mientras libra la guerra en Afganistán, Estados Unidos impulsa una discutible estrategia política con relación a un Pakistán crecientemente radicalizado, bien patente en la entrega de un nuevo paquete de ayuda estadounidense por valor de 7.500 millones de dólares a fin de ganarse simpatías en un país que parece ahora un cóctel molotov en espera de la cerilla que lo encienda. Por más que Estados Unidos intenta sobornar al ejército pakistaní para impedir que suministre ayuda y refugio a los militantes a lo largo de la frontera afgana, los principales refugios terroristas se hallan en el Pakistán profundo, no en sus zonas fronterizas. El azote del terrorismo pakistaní procede no tanto de los mulás islamistas cuanto de los generales del ejército que alentaron las fuerzas de la yihad.

El éxito de la inyección de 21.000 efectivos estadounidenses más en Afganistán dependerá de la situación del campo de batalla en otro país, un campo de batalla donde el papel de Estados Unidos es, sobre todo, político. Es evidente, asimismo, que las fuerzas armadas estadounidenses no pueden garantizar la expedición de un billete de vuelta de Afganistán sin antes desmantelar los refugios y las infraestructura de los talibanes y otros militantes afganos en Pakistán. Gracias a sus resguardados refugios, los militantes afganos cuentan con mayor margen de maniobra que sus homólogos iraquíes y, en consecuencia, no es probable que el refuerzo de tropas estadounidenses en Afganistán al estilo de Iraq vaya a dar paso a una disminución de violencia también de estilo iraquí. Como señaló Stephen Hadley justo antes de abandonar su cargo de consejero de seguridad nacional estadounidense a principios de año, “no cabe solucionar realmente el problema de Afganistán sin solucionar el de Pakistán”.

Sin embargo, Obama no cuenta con más verdadera estrategia para liquidar la infraestructura terrorista en Pakistán, alentada en su día por los militares, que la de tentar a las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia pakistaníes con más dinero y armas, estímulos de los que de buena gana sacarán tajada… para seguir ayudando a los elementos extremistas. La estrategia de Obama con relación a Pakistán puede sintetizarse en realidad en sólo cuatro palabras: más de lo mismo. De hecho, supera incluso lo que no ha funcionado con anterioridad, pues las políticas estadounidenses fracasadas durante años no han hecho más que agravar el caos aterrador que aflige a Pakistán.

Aun así, Obama intenta reproducir en sus mismos términos tal enfoque fracasado a escala mucho mayor, como muestra su plan para convertir a Pakistán en el mayor destinatario de ayuda estadounidense del mundo sin puntos de referencia claros para evaluar el progreso realizado. De hecho, su Administración ha logrado disuadir hasta ahora al Congreso de la imposición de todo requisito riguroso o estricto concerniente a la ayuda destinada a Pakistán, cuya primera partida por valor de 2.000 millones de dólares ha obtenido ya luz verde para su entrega inmediata.

La generosa ayuda estadounidense permite de hecho a Pakistán invertir una parte mayor de sus recursos en armas de destrucción masiva, como cabe constatar a la vista de los dos reactores de producción de plutonio actualmente en construcción en Khushab. La actual existencia de armas de destrucción masiva en un país en combinación con yihadistas dentro y fuera del sistema es causa de honda preocupación mundial; tal arsenal en expansión añade a este panorama tintes de pesadilla.

Meter más dinero en Islamabad mimando a quien lleva las riendas del verdadero poder – los militares-y segar la hierba bajo los pies de los líderes electos (cosa que se advierte, por ejemplo, cuando Obama vilipendia públicamente al Gobierno en ciernes del presidente Asif Ali Zardari tachándolo de “muy débil, ineficaz e incapaz de ganarse el respaldo y lealtad del pueblo pakistaní” son ejemplos que explican por qué la nueva Administración ofrece más de lo mismo en lo relativo a la política estadounidense en esta cuestión. Para disuadir a los militares pakistaníes de ayudar a los talibanes y a otros militantes, Washington paga miles de millones de dólares por el rescate de rehenes, sin tener además garantía alguna de que tales compensaciones modifiquen la situación.

¿Cómo puede Pakistán convertirse en un país normal si la política estadounidense no procura que sus respectivos establishments militar, de inteligencia y nuclear hayan de responder ante el gobierno electo? De hecho, mientras el poder de decisión siga en manos de los militares y los servicios de inteligencia (ISI) procedan por su cuenta y riesgo como “un Estado dentro del Estado”, seguramente Pakistán seguirá constituyendo un rasgo común apreciable en las investigaciones sobre la mayoría de los actos de terrorismo internacional. No obstante, la estrategia de Obama confía precisamente en esas instituciones para lograr victorias en el campo de batalla afgano. Al manifestar públicamente que quiere salir de Afganistán, Obama, sin embargo, ha certificado en cierto modo que las fuerzas estadounidenses no puedan recabar real y auténtica cooperación de parte de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia pakistaníes. En la actualidad, estas dos instituciones y su descendencia, los talibanes, preferirán esperar indefinidamente a que los estadounidenses recuperen el control de Afganistán.

Washington empezó hace tiempo a presionar al establishment militar pakistaní y a respaldar a los líderes electos para que pudieran asumir plenos poderes frente a las políticas y la mentalidad impuestas por dirigentes militares. El Gobierno civil actual asume toda la responsabilidad, pero carece de los recursos necesarios para estar a la altura. La salida a escena de un gobierno civil con plenas facultades y de una sociedad civil sólida habrá de propiciar la democracia, marginar a los elementos radicales y apartar a Pakistán del borde del abismo.

Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos del Centro de Investigación en Ciencia Política de Nueva Delhi. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa.