Efectivamente, no era un intelectual

Hace unos días, el escritor Antonio Gala, a cuenta de la muerte de Adolfo Suárez, relataba que se enteró de la noticia de su nombramiento como presidente del Gobierno por la televisión, en julio de 1976, mientras almorzaba con José María de Areilza y con Joaquín Garrigues, quien comentó: “¿Crees que habrá leído a Goethe?” No era el primer dardo ni sería el último que se lanzaba contra el entonces joven y ambicioso falangista Adolfo Suárez por su supuesta escasa formación intelectual y preparación.

Este comentario me trajo a la memoria otra anécdota que me ocurrió en 1981, cuando trabajaba en la agencia nacional de noticias Europa Press, en la sección de Política Interior y Exterior de España. Recibí una llamada desde el palacio de la Moncloa para adelantarnos la agenda del presidente Leopoldo Calvo-Sotelo, sucesor de Suárez tras su dimisión: “El presidente se va a Viena a la ópera. Vamos a marcar las diferencias. Esto sí que es un presidente”.

Esa obsesión por infravalorar la figura y la capacidad de Adolfo Suárez, a veces sutil, otras explícita –“tahúr del Misisipí”–, fue la tónica habitual durante los primeros años de la transición. A medida que pasó el tiempo, ese desdén se fue mitigando, en parte por su alejamiento completo de la política y por la enfermedad del olvido que desgraciadamente sufrió.

Ahora, su muerte le devuelve los honores que le corresponden. Efectivamente, Suárez no era un intelectual al uso, pero sí fue un gran gobernante y estadista. Era el hombre que requerían las excepcionales circunstancias históricas de esos años; el hombre que poseía un valor innegable ante la tarea que tenía por delante: cimentar una España posible que arrinconara de una vez el estigma cainita machadiano de las dos Españas: “Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”. Un hombre blindado contra las maniobras que al instante de ser nombrado montaron a sus espaldas muchos de los que hoy lo alaban con descaro y desvergüenza.

Como político tuvo sus aciertos, errores y limitaciones, pero todo ello debe ser enjuiciado en el contexto de una España convulsa y tensa hasta límites de vértigo y de miedo. Lo esencial es que lideró en muy poco tiempo, apenas cinco años, un pueblo como el español, que en su inmensa mayoría exigía una democracia en libertad. Con valentía, audacia y espíritu de servicio, siguió un guion esbozado por el verdadero motor del cambio, un título que la historia se lo debe reservar al rey Juan Carlos.

Siento que esta extraordinaria etapa es muy valorada por la gente de mi generación, una generación que también tiene ahora el deber de ser hipercrítica con la vergonzosa y humillante situación económico-social que padece el país y con la ineficiencia de su clase política para resolver los problemas. Pero la culpa de la actual situación no es de la transición ni de la Constitución de 1978, como algunos pretenden hacer creer.

Conviene decir esto porque ahora hay generaciones y sectores políticos y sociales que juzgan y analizan de manera simplista y sectaria la evolución de la dictadura a la democracia, y que incluso la resumen como una claudicación de las izquierdas antes los poderes fácticos y la esterilización de unas supuestas ansias populares por una Tercera República.

Son sectores empeñados en desacreditar e ignorar ese proceso, blandiendo ahora cuitas económicas y políticas contra una obra que empezó tejiendo Adolfo Suárez con ayuda en esos años de otros personajes clave como Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Gutiérrez Mellado, Jordi Pujol, Carlos Garaikoetxea y hasta Fraga Iribarne, y a la que se sumaron millones de españoles que compartíamos una ilusión colectiva de asentar una España posible. Deberíamos ser más firmes en nuestras convicciones, menos volubles, y no pasar del elogio al repudio por simple oportunismo y por el paso del tiempo. Y estar convencidos de que estas últimas décadas han sido objetivamente una de las mejores etapas de la historia de España, pese a que ahora otros se atrevan a calificarla como un periodo lleno de espejismos y claudicaciones.

Tenemos que admitir que no hemos practicado una adecuada pedagogía entre nosotros mismos. Quizá, por pereza, por conformismo y hasta por complejos ridículos hemos dejado que esa valoración positiva del modo de hacer política de la transición haya languidecido y que la historia la intenten reescribir otros. Fundamentalmente aquellos que desprecian unos logros colectivos que hunden sus raíces en esa etapa que quieren incinerar y reducir a cenizas. No estaría mal recuperar el tiempo perdido.

El respeto, la tolerancia, la solidaridad, el servicio al interés general y la lealtad institucional es la gran lección que nos deja la transición democrática y el trabajo de gentes como Adolfo Suárez. ¿Servirá de algo este legado? Si cree que sí, enhorabuena. Es un usted una persona de bien, idealista y candorosa.

Miguel Ángel Liso, Director editorial del Grupo Zeta.

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