Efecto llamada

Por Rosa Pereda, periodista y escritora (EL PAÍS, 06/11/06):

Hay un par de tiendas en Madrid, en Barcelona y en alguna otra ciudad, que envía a Latinoamérica las neveras, las lavadoras, los friegaplatos. La iniciativa es de unas señoras ecuatorianas, emigrantes emprendedoras y escarmentadas, y de algunos negocios de allá. Hay hipotecas que se pagan acá y compran la casa allá, y no sé quién empezó primero, si Telefónica con los móviles o ellas con la revolución blanca, pero sé que los banqueros han sido los últimos en enterarse. Ellos manejan los números: calcúlese que las mujeres emigrantes envían entre un tercio y la mitad de sus salarios. Y muchas veces, prefieren que sean cosas en lugar del dinero que mandan siempre. Allá es de momento Ecuador, pero crecerá a los países que exportan mujeres. O de los que se van mujeres. O de los que se van antes las mujeres.

Las tiendas, escaparates de almacenes ecuatorianos de prestigio, que exhiben aquí sus marcas de siempre, son también una metáfora de esta emigración tan especial, y una señal de la globalización, que es algo más que una palabra ideológica. Especial: vienen mujeres, y luego, ya iremos viendo, van llegando los hombres. Vienen al servicio doméstico y al cuidado de los “dependientes”, aunque también se ocupan de otros servicios, a veces más apreciados socialmente, alguna vez non sanctos. Las primeras traían educación universitaria, pero no hacían ascos a un trabajo que les da más dinero que sus carreras allá. Ahora ya se vienen las de los pueblos, a un destino igual que el que les tocaba, pero mejor pagado. Yo las admiro a todas. Me parece que tienen un coraje, un valor heroico. Porque, emigrar, se emigra de uno en uno, de una en una, y no me voy a cansar de insistir en ello. Y es mucho lo que dejan. Cada una, detrás de su quimera.

Hay veces que el dinero se les licua, entre la inflación y la vida misma de los suyos, y alguna que conozco tiene la impresión de haber perdido aquí los mejores años de su vida. Por eso se han inventado lo de mandar cosas, que aquí son normales y allá escasas. Pero mandan “virtualmente”, globalizadamente y por e-mail, las que funcionan allá: las que se comparan, las que dan prestigio social, las que les igualan con los que ya las tenían. Neveras, móviles o la casa. Y eso era parte del sueño.

La emigración para “nosotros” es pura cifra. Las cifras de la xenofobia, las de la impotencia y también las del desarrollo, porque sabemos que el crecimiento español se sostiene en buena parte en los y las emigrantes. Ese desarrollo que arrancó con los marcos alemanes y con los francos suizos de los obreros españoles, con los francos franceses de la bonne espagnole. No hace tanto tiempo.

Como aquellos emigrantes españoles de los cincuentas y sesentas, éstos están desarrollando sus propios países, pero por e-mail. Los electrodomésticos se compran a su propia industria nacional, a su propio comercio. Y los euros “encomendados” circulan allá. Los bancos han decidido venir a buscarlo directamente aquí, y la construcción crecerá allá… Según el Anuario de América Latina 2004-2005 del Instituto Elcano, reseñado en EL PAÍS en enero pasado, los envíos de los inmigrantes desde Europa y Estados Unidos “se han convertido en un pilar de varias economías latinoamericanas, hasta representar una quinta parte del PIB de Haití, El Salvador o Nicaragua, y una media del 2,5% de la economía del subcontinente (…); se han multiplicado por 20 desde 1985 y son ‘el elemento más dinámico’ de la región”. Éstas también son cifras, y no es raro que los empresarios pillen cacho.

Pero para estas mujeres valientes, la emigración es una aventura personal, y no siempre tiene final feliz, y siempre comporta riesgos. Aunque se zafen del engaño de las mafias y de las sectas, aunque no caigan en la prostitución, tentadora cuando se trata de hacer dinero y volver lo más rápido posible; aunque no lleguen a ver a sus chavales con las insignias de los Latin Kings o de los Ñetas, ni en chirona, ni en la droga dura, que todo es posible. Y que no entraba en los cálculos de sus sueños. Tampoco entraba esa inseguridad que se llama desarraigo. Descubrir, por ejemplo, que lo de una es una raza… inferior.

Una cifra publicada en este mismo periódico: la mitad de los abortos no espontáneos son de emigrantes. Eso, cuando apenas llegan al 10% de la población española. ¿Pobreza? ¿Desconocimiento de los anticonceptivos? No tengo, y las he buscado, las cifras de abortos en Ecuador, en Perú, en Paraguay, ni siquiera las absolutas en España, tan manipulables ideológicamente, y que parece que en el último año rondaban los 100.000. Pero no creo que sea el mismo porcentaje. Es el choque entre los mundos, y se dará también en los márgenes de las megaciudades, en la emigración interior. Porque no es la geografía la que manda, es el modo de vida. El viejo Braudel hablaba de aculturación para referirse a la desaparición de los patrones de conducta de una sociedad cuando sus individuos se ven inmersos en otra. Aunque no se muevan de Argelia, es un decir. Es que desaparece el control social, las instituciones más próximas, las redes de afecto y seguridad… De ser gente pasan a ser números, casi siempre sospechosos, estas mujeres valientes.

Y a ellas, por lo que he podido saber, les preocupa. Las más conscientes, las que se están ocupando de articular las nuevas formas de relación que exige el nuevo entorno, lo saben muy bien. Su tarea es convertir el desarraigo en trasplante. La nuestra, digo yo, dejarlas crecer en buena tierra. Para beneficio de todos.