El 11-S y el nuevo autoritarismo

Por Ralf Dahrendorf, ex rector de la London School of Economics y ex decano del Saint Anthony´s College de Oxford. Traducción: Kena Nequiz (LA VANGUARDIA, 10/09/06):

Cinco años después de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York y al Pentágono en Washington, el 11 de septiembre ya no es sólo una fecha más. Ha entrado en la historia como el comienzo de algo nuevo, una nueva era tal vez, pero en cualquier caso un tiempo de cambios. También se recordarán los ataques terroristas en Madrid y Londres y otros lugares, pero es el 11 de septiembre el que se ha convertido en una frase hecha, casi como agosto de 1914.

¿Pero es realmente una guerra lo que empezó el 11 de septiembre del 2001? No a todos les satisface esta idea estadounidense. Durante el apogeo del terrorismo irlandés en el Reino Unido, sucesivas administraciones británicas hicieron todo lo posible para no concederle al IRA la idea de que se estaba desarrollando una guerra. Una guerra hubiera significado aceptar a los terroristas como enemigos legítimos, en cierto sentido como iguales en una lucha sangrienta donde se aceptan ciertas reglas.

Ésta no es ni una descripción correcta ni una terminología útil en el caso de los ataques terroristas, que se pueden describir mejor como criminales. Al llamarlos guerra – y señalar un oponente, normalmente Al Qaeda y su líder, Osama bin Laden-, el Gobierno de Estados Unidos ha justificado cambios internos que, antes de los ataques del 11 de septiembre, hubieran sido inaceptables en cualquier país libre.

Muchos de estos cambios se plasmaron en la llamada Patriot Act. Aunque algunos de los cambios sólo afectaron a regulaciones administrativas, el efecto general de esta ley fue erosionar los grandes pilares de la libertad, como el habeas corpus, el derecho a recurrir a un tribunal independiente cuando el Estado priva a un individuo de su libertad. Desde el principio, la cárcel de Guantánamo en Cuba se convirtió en el símbolo de algo insólito: el encarcelamiento sin juicio de combatientes ilegales a quienes se priva de todos sus derechos humanos.

El mundo se pregunta cuántos más de estos humanos no humanos hay y dónde. Para los demás se proclamó un tipo de estado de emergencia que ha permitido la interferencia del Estado en los derechos civiles esenciales. Los controles en las fronteras se han convertido en un calvario y las persecuciones policiacas ahora agobian a un buen número de personas. Un clima de miedo ha hecho la vida difícil para cualquiera que parezca sospechoso, especialmente para los mususlmanes.

Esas limitaciones a la libertad no tuvieron mucha oposición del público cuando se adoptaron. Al contrario, con mucho, fueron los críticos y no los que apoyaban estas medidas quienes se vieron en problemas. En el Reino Unido, donde el primer ministro Tony Blair apoyó por completo la actitud estadounidense, el Gobierno introdujo medidas similares y hasta ofreció una nueva teoría. Blair fue el primero en argumentar que la seguridad es la primera libertad. En otras palabras, la libertad no es el derecho de las personas a definir sus propias vidas, sino el derecho del Estado a restringir la libertad personal en nombre de una seguridad que sólo el Estado puede definir. Éste es el inicio de un nuevo autoritarismo.

El problema existe en todos los países afectados por la amenaza del terrorismo, aunque en muchos no se ha hecho tan específico. En la mayoría de los países de Europa continental, el 11 de septiembre sigue siendo una fecha estadounidense. Hay incluso un debate – y algunas pruebas- con relación a la pregunta sobre si el involucrarse en la guerra contra el terrorismo ha aumentado de hecho la amenaza de los ataques terroristas. Los alemanes ciertamente usan este argumento para mantenerse fuera de las acciones siempre que sea posible.

Sin embargo, esta postura no ha impedido que se extienda algo para lo que se ha adoptado una palabra en alemán: Angst.Una ansiedad difusa está ganando terreno. La gente se siente intranquila y preocupada, especialmente cuando viaja. Ahora de cualquier accidente de tren o de avión se sospecha primero que haya sido un acto de terrorismo. Por tanto, el 11-S ha significado una gran sacudida tanto a nivel psicológico como para nuestros sistemas políticos. Si bien la lucha contra el terrorismo se lleva a cabo en nombre de la democracia, esa lucha ha conducido de hecho a un marcado debilitamiento de la democracia debido a la legislación oficial y a la ansiedad popular. Una de las características preocupantes de los ataques del 11-S es que es difícil ver su propósito más allá del resentimiento de los perpetradores contra Occidente y sus costumbres. Pero las características clave de Occidente, la democracia y el Estado de derecho, han recibido un vapuleo mucho peor a manos de sus defensores que de sus atacantes.

Por encima de todo, se necesitan dos cosas para restaurar la confianza en la libertad dentro de las democracias afectadas por el legado del 11-S. Debemos asegurarnos de que la legislación pertinente para enfrentar los retos del terrorismo sea estrictamente temporal. Algunas de las limitaciones actuales al habeas corpus y las libertades civiles tienen cláusulas de extinción que limitan su validez. Los parlamentos deben reexaminar todas esas reglas con regularidad. En segundo lugar, nuestros dirigentes deben tratar de calmar la ansiedad del público en vez de aprovecharse de ella. Los terroristas con los que actualmente estamos en guerra no pueden ganar, porque su visión oscura nunca obtendrá legitimidad popular. Razón de más para que los demócratas se levanten para defender nuestros valores, en primer lugar actuando en concordancia con ellos.