El 12 de Octubre y la izquierda indefinida

La aún vigente ley 18/1987 del 7 de octubre de 1987, firmada por Juan Carlos I y con Felipe González Márquez en el Gobierno, estableció el 12 de octubre como fiesta nacional de España. Según la dicha ley la fecha fue elegida por simbolizar una “efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma Monarquía, inicia un periodo de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos. La presente Ley trata de subrayar, a través de la decisión de los legítimos representantes del pueblo español, la especial solemnidad de la fecha”.

Un “más allá” que con el lema “plus ultra” también aparece simbolizado en la cinta que envuelve las columnas de Hércules del escudo de España. Es este desbordamiento de los límites peninsulares producido a partir del 12 de octubre de 1492, con la llegada de Colón a Guanahaní, lo que enlaza a la Nación española con sus hermanas del otro lado del océano, quedando así entretejidas en esa urdimbre secular que llamamos Hispanidad.

Fiesta nacional, bandera, himno, representan toda una emblemática que implica, sea como fuera, la Nación actuando y que, por muy plural que se la presuponga (social, lingüística, culturalmente), esa acción entraña una unidad política definida e independiente que, desde Bodino, viene denominándose soberanía (poder político).

Porque, creemos, la idea del vínculo, de la relación histórica que existe entre España y América es decisiva en cuanto a la definición actual de la identidad política de España (y, por tanto, también del mantenimiento de su unidad), siendo así que, en efecto, es muy distinta la idea de España de aquel que comprenda que su relación con América fue la de imponerse a sangre y fuego (identidad negra de España), que la del que comprenda que su relación representa la acción civilizatoria del hemisferio americano (identidad blanca, o incluso rosa de España).

Abunda, desde luego, la consideración de una identidad negra sobre todo entre los políticos que se adscriben a la llamada izquierda política, de tal modo que se resisten a hablar sin más de la “unidad” de España, teniendo que corregir y aclarar, inmediatamente, que España es “plural”. Y es que, claro, creen que si se ha ganado la unidad de España fue a costa de reunir a diversos pueblos por la vía de la fuerza armada, las armas del imperialismo castellano, una unidad indisociable, por tanto, de esa negra identidad.

En el juicio sumarísimo (y final) sobre la acción histórica de España que estos democratiquísimos líderes políticos se atreven a hacer (Sánchez, Iglesias, Garzón…), España resulta culpable, siendo así que, de alguna manera, hay que pensar en su “pluralidad”, una pluriEspaña (nación de naciones) que destense esos vínculos forzosos que han conducido a su unidad forzosa.

Es decir, con el tránsito a la democracia, la unidad tiene que relajarse hasta, incluso, por la vía del derecho de autodeterminación, desaparecer. Así lo piensan, sin duda, esos líderes “de izquierdas” que no pueden hablar de la “unidad de España” -en seguida asociada con tiempos “antidemocráticos”- si no es a través de un correctivo que busque su disolución en una “pluralidad”.

En el caso de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, cuando se le pregunta por la Nación se encuentra uno como respuesta un “enjambre” de naciones (como decía Platón en el Menón), de tal modo que la solución para reunir ese enjambre pasa, como un deus ex machina, por el federalismo (solución absurda para un país ya unido como es España).

Más grave aún si cabe es el caso de Pablo Iglesias (ni siquiera acude a los actos oficiales de celebración), para quien España es innombrable, inefable. Así lo puso de manifiesto en varias ocasiones (“perdimos la guerra”, afirma tajante y oracular). Su patria es, sin más, “la gente”, y España es un déspota opresor (el “Estado español”,) producto de “la casta” (Iglesias habla de “pueblo” o de “este país”, pero nunca de Nación para referirse a España), cuyo fin es oprimir y exprimir a esa “gente” de la que él (“Pablo”) se ha autoproclamado adalid (“soy un faro guiando al pueblo”, decía Joaquín Reyes en su memorable imitación del líder de Podemos).

En este sentido, y a propósito de la efeméride del 12 de octubre, no estará Iglesias, seguramente, muy lejos de la idea de un Chávez o de un Evo Morales cuando entienden esa acción española en Indias como un acto de depredación genocida, destructora de las culturas indígenas precolombinas, según ambos líderes hispanoamericanos han manifestado en reiteradas ocasiones (“soy un indio alzado”, gustaba decir Chávez).

¿Qué es pues lo que tienen en la cabeza Sánchez e Iglesias (y con ellos muchos españoles a los que representan) al interpretar, desde dichas coordenadas, la efeméride? Pues lo siguiente: el 12 de octubre se celebra el día en que una discutible, y también discutida Nación (discutida por discutible), dio un salto predatorio sobre el océano, “más allá de los límites europeos”, para recaer sobre unos inocentes indios del Nuevo Mundo cuyo arcádico bienestar, el del “buen salvaje”, se vio sacudido por la irrupción allí de la Pinta, la Niña y la Santa María. España es un velo de Maya, un auténtico monstruo histórico, “prisión de naciones”, americanas (aztecas, incas, araucanos), pero también peninsulares (vascos, catalanes, gallegos), que, ahora, en la actualidad del agiornamiento democrático, pugnan por liberarse de ese Leviatán genocida y cruel.

“Nada que celebrar”, entonces, el 12 de Octubre, para los líderes de la izquierda indefinida, deseando que España, por su enormidad teratológica, se quede confinada en los libros de historia, y se extinga definitivamente como realidad política actual.

Pedro Insua es profesor de Filosofía y autor de los libros ‘Hermes Católico’, ‘Guerra y Paz en el Quijote’ y ‘1492, España contra sus fantasmas’ (Ariel, 2018).

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