El 15-M ha llegado para quedarse

Los datos que se conocen no dan indicación alguna de que el movimiento del 15-M haya incidido en los resultados electorales del pasado domingo. La abstención no ha crecido, el apoyo a Izquierda Unida e ICV y a UPD solo ha subido ligeramente y el pequeño aumento del voto en blanco no dice gran cosa. Queda por saber si el batacazo de los socialistas habría sido menor si no hubiera habido acampadas. Pero, aparte de que eso no es fácil de precisar, hay que recordar que ese resultado se podía deducir de las encuestas realizadas hace semanas.

Los propios dirigentes del PSOE lo habían reconocido implícitamente cuando, en los últimos días de la campaña, se dedicaron casi exclusivamente a pedir el voto a los electores socialistas potenciales que los sondeos decían que iban a darles la espalda. No hacen falta análisis profundos para concluir que las concentraciones en las plazas no han contribuido a animar a esos votantes. Pero posiblemente ninguna otra cosa lo habría hecho a esas alturas.

Habrá quien acuse a los jóvenes protestatarios de haber allanado el camino a la derecha. Allá cada cual. Pero esa actitud, que ya empieza a insinuarse entre algunos militantes, no va a ayudar a los socialistas a salir del pozo en el que están metidos. Porque, aunque parezca imposible, y seguramente lo será durante mucho tiempo o quién sabe si para siempre, la única opción que el PSOE y el PSC tienen para volver a aspirar al poder es sintonizar con esa gente.

Y no solo porque son votantes que necesitan absolutamente, sino, sobre todo, porque han expresado con una claridad meridiana las ideas, las reivindicaciones, el proyecto político de futuro que cualquier persona corriente de izquierdas, por moderada que sea, tiene en estos momentos. Y que tampoco es tan original. Porque consiste en pedir que se haga algo nuevo, aunque eso no guste a quienes mandan en la economía española y en la europea, para que el 45 % de los jóvenes deje de estar en paro, para que los que obtienen un puesto de trabajo no se vean condenados para siempre a unos salarios casi de subsistencia, para que haya un reparto más equitativo de la renta, para que las hipotecas no hundan la existencia de los más débiles.

Los sociólogos consultados por los periódicos debaten ahora si el movimiento va a durar o se apagará en breve. Pero la mayoría de los pronósticos se basan en experiencias pasadas y, aunque estas han de ser tenidas en cuenta, lo ocurrido contiene elementos novedosos que pueden invalidarlos.

El más revolucionario de todos ellos es el medio de comunicación en el que se ha gestado el movimiento. La web, bastante más allá de ser un mero instrumento, es casi la esencia del mismo y asegura su mantenimiento por tiempo indefinido. Porque la gente se puede cansar de seguir acudiendo a las plazas -que puede ser lo que ocurra, aunque tampoco cabe descartar lo contrario, entre otras cosas porque buena parte de los que van a ellas no tienen otras obligaciones-, pero no va a dejar de intercambiarse mensajes por internet.

Basta echar un vistazo a las páginas en las que se ha aglutinado la protesta -que puede que dentro de poco hayan sido sustituidas por otras, que eso va así en ese mundo en el que nada consagra a nadie, al menos por ahora- para vislumbrar que ese intercambio, sin duda militante, se produce de acuerdo con pautas y mecanismos diseñados con mucha inteligencia y sofisticación para aumentar su eficacia.

Y, además, se hace sin esfuerzo, puede incluso que con placer. Y esto puede ser decisivo de cara al futuro del movimiento. Porque esos jóvenes llevan desde chavales escribiéndose por internet, ese es su hábito cotidiano. Antes se contaban que les gustaba ese chico o esa chica o que se sentían solos y abandonados. Ahora, con la misma normalidad, hablan de su porvenir, se comprometen como ciudadanos plenos y dispuestos a actuar. Los contestatarios de los años 60 y 70, para los que tirar panfletos era casi un acto dramático, deberían de envidiarlos sanamente.

Ningún movimiento juvenil ha tumbado al poder político o económico constituido. Pero muchos de ellos, desde los norteamericanos contra la guerra de Vietnam hasta las caceroladas islandesas de hace poco, contagiaron su ira a buena parte del resto de la población y eso sí que provocó efectos políticos consistentes. Por lo que han declarado sus portavoces, los del 15-M persiguen ese objetivo. Por eso no hablan nunca de las aspiraciones y los problemas de los jóvenes, sino de los de todos los ciudadanos. Puede que su actitud pacífica también tenga algo que ver con eso: no quieren asustar a nadie.

Otra cosa que hace pensar que lo de estos días no va a ser agua de borrajas es que nada importante de lo que piden en las plazas les va a ser concedido en un horizonte previsible. Zapatero ya ha anunciado que va a seguir con las reformas. Entre otras cosas porque lo de Grecia pinta muy mal. Y de Rajoy esos chicos pueden esperar muy poco. Hasta el punto de que no cabe descartar que el 15-M, o como se llame entonces, sea la mayor piedra en el zapato del futuro Gobierno de derechas.

Por Carlos Elordi, periodista.

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