El 20-D

Estamos ya en plena batalla electoral, pese a faltar más de dos meses para las elecciones y no haberse abierto oficialmente la campaña. Pero hay dos cosas que nos pirran a los españoles: las prisas y violar las normas. Aunque debe reconocerse que esta vez nos jugamos no sólo un gobierno, sino también el régimen que tenemos. ¿Continúa vigente el que acordamos en la Transición o lo cambiamos? Toda una pregunta que justifica el ardor de la batalla.

A tal distancia es imposible predecir el ganador, y las encuestas son menos de fiar que los horóscopos. La mayoría son pura publicidad de uno u otro bando o refuerzo editorial del medio que las encarga, y la del CIS llega con tanto retraso que los acontecimientos la dejan anacrónica. Ante lo que sólo vale apelar a las reglas comunes a todas las elecciones, y aplicarlas. Cruzando los dedos para que, en esto, España no sea diferente, como en tantas otras cosas.

Es norma general que las elecciones las gana el partido que acierta con las aspiraciones y preocupaciones del país en aquel momento y logra plasmarlo en un eslogan que domine la campaña. Ello le permite obtener tal ventaja sobre sus rivales que difícilmente podrán recuperarse. ¿Cuáles son los temas candentes en España hoy? Espero que coincidan con la lista a continuación, no importa el orden: la situación económica (con el paro a la cabeza); la corrupción (sobre todo de los partidos); el ordenamiento territorial (Cataluña en primer lugar) y la seguridad ciudadana (empezando por la inmigración). Rajoy apostó todo su caudal político a la recuperación económica, pero en las últimas elecciones, aunque su partido quedara por delante de los demás, estos, coaligados, le han arrebatado el poder en bastantes ayuntamientos y comunidades autónomas, lo que permite decir que la baza económica no le basta para imponerse el 20-D. Tiene que ofrecer más. En otro caso, tendrá que contentarse con una victoria pírrica, que, contra lo que suele creerse, no significa por la mínima, sino una victoria que, a efectos prácticos, es una derrota, como le ocurrió a Pirro, rey del Epiro, contra los romanos.

¿Qué es, entonces, lo que Rajoy puede ofrecer? Por más leyes que pase contra la corrupción será difícil, por no decir imposible, que se olvide el caso Gürtel y otros semejantes en los que se ha visto envuelto su partido en los últimos años. Y si se olvidan, ahí está Rato de juez en juez para recordarlos. Sin que tampoco sirva decir que el PSOE está tanto o más pringado. El único asidero que Rajoy tiene es la unidad de España. Los acontecimientos en Cataluña han venido a darle la razón en que, con los actuales dirigentes catalanes, no cabe otra actitud que la que él ha adoptado: mantenerse firme. Pues no vienen a Madrid a negociar, vienen a exigir, y a exigir nada más y nada menos que una agencia tributaria propia o dar luz verde a su independencia. Algo que ningún presidente de gobierno responsable puede dar, entre otras muchas cosas porque ni siquiera entra en sus atribuciones. La oposición llama a eso «inmovilismo», cuando es sentido de Estado e incluso sentido común. Lo confirma que esos dirigentes catalanes, pese a haber ganado las elecciones, han perdido el referéndum y encuentran incluso dificultades para formar gobierno.

Presentarse como el garante de la unidad de España, y como el que ha iniciado la recuperación económica que todo el mundo puede ver y los organismos internacionales corroboran, es la única campaña creíble para un Rajoy ante unas elecciones dificilísimas, pues se enfrenta a todos los demás.

Pero una buena estrategia incluye, junto con una cerrada defensa, un ataque eficaz, como saben los generales y los entrenadores de fútbol. El PP necesita también asaltar los puntos vulnerables de sus rivales, que son muchos e importantes. Al PSOE tiene que preguntarle si va a reconocer a Cataluña como «nación» o se atiene a lo que la Constitución dice: que en España Nación sólo hay una, ella. Y que no eche mano del truco de Zapatero de conceder a Cataluña tal título añadiéndole «como decía el Estatut recortado por el Tribunal Constitucional», porque eso sería enmendar la plana a este, ni salga por peteneras con el federalismo, asimétrico o no, pues hay muchos, entre ellos el Estado de las Autonomías, y aún no lo ha concretado. Tiene también que exigirle que puntualice si, como ha anunciado, no una vez, sino una docena, va a tumbar toda la legislación laboral de Rajoy, muy concretamente la reforma laboral, y cuál va a ser entonces su programa económico, sin pompas de jabón como lo de «social y equitativo».

A Podemos, las preguntas son no sólo sobre cuestiones internas –¿qué hay de las nacionalizaciones prometidas?, ¿o de su recién estrenada «transversalidad», situándose fuera de la izquierda y la derecha?–, sino también de política internacional. Por ejemplo, su actitud ante Europa, a la que atacaba con saña, y su «hermanamiento» con la Grecia de Tsipras. ¿Lo sigue manteniendo? ¿O es que el golpetazo sufrido en Cataluña lo ha alejado de aquella actitud radical que lo convirtió en estrella de nuestro firmamento político? Son cuestiones fundamentales que tiene que aclarar, no ya a todos los españoles, sino a sus seguidores, bastante desorientados últimamente.

Algo parecido, aunque mucho más meloso, como es él, le ocurre a Rivera. Presume de centro-centro. Pero para ser centro no basta proclamarlo. Hay que estar realmente en él, quiero decir, demostrarlo en la práctica, lo que Ciudadanos no está haciendo, en ayuntamientos y comunidades, donde pone todo tipo de requisitos a los gobiernos del PP y prácticamente ninguno a los de signo «progresista». Eso no es estar en el centro. Eso es actuar como el cuclillo, que pone sus huevos en los nidos de otro, situación en la que pueden encontrarse bastantes españoles que le den su voto creyendo que respaldan una coalición centro-derecha, para encontrarse con una de centro-izquierda o sólo de izquierdas.

Y a la oposición entera, a los cien días de funcionamiento allí donde ha logrado imponer una coalición gobernante, puede echarle en cara una gestión pobre en el mejor de los casos, por no decir nula en la mayoría de ellos.

No son malas bazas en una campaña electoral que se presenta a cara de perro. Si el PP logra que la dominen esos dos temas –la unidad nacional desafiada por un batiburrillo de partidos marginales con más voz que votos y la recuperación económica en peligro si gana la oposición–, tiene buenas posibilidades de, no voy a decir mantener la mayoría absoluta, pero sí de conseguir una mayoría suficiente para gobernar otros cuatro años sin demasiados apuros.

Pero, para eso, tendrá que saber venderlo, que es en lo que ha fallado hasta ahora. El buen paño ya no se vende en el arca en la era de la televisión e internet.

José María Carrascal, periodista.

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