El 23-F y el rey de cristal

El general de división Alfonso Armada envió, en octubre de 1980, un informe a La Zarzuela, firmado por un prestigioso constitucionalista, donde se ofrecía una salida al difícil momento político que vivía España: moción de censura contra Suárez para sustituir su Gobierno por un ejecutivo de concentración, compuesto por los principales partidos del arco parlamentario. La presidencia de ese Ejecutivo correspondería a «un historiador de prestigio, un catedrático o un militar». Aceptando la recepción de aquél informe, el que fue secretario de la Casa Real en aquellos convulsos años, general Sabino Fernández Campo, declaró en El País el 8 de noviembre de 2009 que «sería un gobierno con personas de todos los partidos, de todos, porque el propio Felipe iba a ser vicepresidente, pero luego el presidente era una persona neutral, no política. Podía ser, decía, un general, un catedrático, un historiador. Realmente estaba previsto para el propio Armada».

En esta línea, el CESID había elaborado otro informe en noviembre de 1980 donde se sistematizaban y describían los planes forjados contra el gobierno Suárez. «Panorámica de las operaciones en marcha», se tituló ese documento, conocido tanto por La Zarzuela como por Moncloa, y donde se recogía también ese posible Gobierno de concentración presidido por «un independiente».

El acoso a Suárez es inmisericorde y llega incluso desde su propio partido, como lo había puesto de manifiesto la famosa reunión de la casa de la Pradera, en julio de 1980, donde los barones de UCD barajaron, ante el propio presidente, la posibilidad de sustituirlo.

Dos elementos propiciaron que Suárez arrojara la toalla el 29 de enero de 1981: en primer lugar, el presidente constata que ha perdido la confianza del Rey; en segundo lugar, sabe que la operación Armada cobra fuerza y decide dimitir para desactivarla.

El mes que transcurre entre la dimisión de Suárez y el 23-F es muy tenso: el ingeniero de la Central Nuclear de Lemonyz, José María Ryan, es asesinado por ETA; los Reyes son abucheados por el nacionalismo radical vasco en Guernica; las torturas confirmadas al etarra Joseba Arregui acarrean la detención de los agentes involucrados, así como la dimisión de tres altos cargos policiales.

Después de casi dos semanas de incertidumbre desde que dimitió Suárez, el Rey acepta el 10 de febrero la candidatura de Leopoldo Calvo Sotelo como nuevo presidente. Se presentará a la Cámara como jefe de un gobierno monocolor de UCD. Calvo Sotelo era el mínimo común denominador que el partido centrista consensuó para sustituir a Suárez, lo cual disolvía la operación Armada que estaba pergeñándose desde, al menos, octubre de 1980. Nada más conocerse la candidatura de Calvo Sotelo, líderes del PSOE, AP y PCE declaran públicamente su rechazo al sucesor de Suárez y al ejecutivo de UCD.

El 13 de febrero de 1981, Alfonso Armada había mantenido una reunión con el Rey donde informó al monarca de que «va a haber algo porque hay muchas conversaciones y la gente está muy inquieta». Le advirtió de que «hay una masa muy grande del Ejército que no está contenta», aunque nunca le dijo «van a asaltar el Congreso o va a sublevarse una Capitanía» porque -insiste el general Armada- «yo no lo sabía». El historiador José Manuel Cuenca Toribio, en su libro 23-F. Conversaciones con Alfonso Armada (Actas Editorial, 2001), recoge estas palabras del antiguo secretario del Monarca.

Poco más se puede decir con solvencia de esta crucial reunión porque no hay pruebas que reflejen, con exactitud, qué pasó. Pero las Sentencias del Consejo Supremo de Justicia Militar y del Tribunal Supremo sí nos exponen, con claridad, el plan del 23-F, que constaba de cuatro puntos esenciales: el asalto al Congreso del teniente coronel Tejero como desencadenante de la operación, la toma de Valencia por los tanques de Milans, el control de Madrid por la División Acorazada Brunete y el traslado de Armada a La Zarzuela para, desde allí, presionar directamente al Rey con el fin de que accediera a un Gobierno de concentración presidido por su antiguo secretario. De estos cuatro puntos, sólo los dos primeros se cumplieron. El objetivo del golpe era crear un «S.A.M.», un Supuesto Anticonstitucional Máximo sin disparar un solo tiro, pero que escenificara el profundo malestar del Ejército para justificar (y obligar) a un acuerdo entre la clase política que arrojaría, como resultado, el Gobierno de salvación nacional presidido por Armada, el ‘De Gaulle’ español.

Fracasada la primera sesión de investidura de Calvo Sotelo, que se celebraría el viernes 20 de febrero, comenzaba un fin de semana donde se desencadenará la red de impulsos que desembocará en el golpe. Tejero declara en el juicio que, el sábado 21 de febrero, Armada se reúne con él para darle las últimas consignas antes del asalto al Congreso: «Tú entras en nombre del Rey, por la Corona y la democracia, la democracia es muy importante». Y, ante las dudas de un Tejero que quiere atar todos los cabos, habida cuenta de la importante misión que se le encarga, el general Armada contesta dónde estará localizable: «Bueno, como el Rey es voluble, aunque respalda esto, yo prefiero estar a su lado en La Zarzuela. Desde las 18 horas estaré en la Zarzuela sujetándole». Los tribunales no consideraron como hecho probado esta reunión, pero tanto Milans como Tejero insistieron ante sede judicial que ellos fueron al golpe porque no dudaron del impulso regio que Armada, una y otra vez, les aseguró.

Los disparos en el Congreso y las zafias formas de los guardias civiles, zarandeando a Gutiérrez Mellado, desautorizaron el pretendido revulsivo previsto por Armada. Aquel «golpe de gobierno» -en acertada expresión de Pilar Urbano- había derivado en un golpe de Estado que ponía en peligro la democracia recién conseguida. A las doce de la noche de aquel 23-F, y después de seis largas horas cargadas de tensión (el Congreso fue asaltado a las 18,20), Armada logra la autorización del Jefe del Estado Mayor del Ejército (Gabeiras) y el visto bueno de Zarzuela para acceder al hemiciclo, donde quiere proponer ese gobierno de concentración tejido entre bambalinas desde octubre de 1980, una vez el Congreso haya quedado libre de las fuerzas asaltantes. Y digo el visto bueno de la Zarzuela porque el propio Sabino Fernández Campo describió en un libro de Francisco Medina, titulado 23-F. La verdad (Plaza y Janés, 2006), la postura de la Corona ante este episodio crucial: «Bueno, pues vete -dice Sabino al general Armada-. Si tú crees que lo puedes solucionar, vete tú, pero no digas que vas en nombre del Rey. El Rey no te puede decir que vayas en nombre suyo porque no tiene facultades para eso. Ahora, si tú dentro de este barullo que hay, dentro de este golpe que se ha producido, tienes capacidad para llegar allí y obtener la libertad a los que están, ofreciéndote como presidente o lo que sea… Luego ya veremos lo que pasa. Pero que quede claro que todo esto lo haces por tu cuenta…»

Como el rayo de sol cuando atraviesa el cristal de una ventana, la operación Armada había pasado por la Corona sin romperla, sin mancharla. La habilidad del general Sabino Fernández Campo podría salvar al Rey de cualquier contaminación, independientemente del desenlace que tuviera aquél «último cartucho».

Cuando Armada cometió el error de enseñar a Tejero su lista de gobierno, donde figuraban socialistas, miembros de UCD, de AP y hasta del PCE, el indignado teniente coronel prohibió el paso del general Armada al hemiciclo y lo expulsó del Palacio de las Cortes. Quien inició el golpe de timón lo hizo descarrilar, tornando imposible la reconducción prevista por Armada.

La recién nacida democracia española había pasado su prueba de fuego. Y la institución que más se fortaleció tras aquella intentona golpista fue la Corona. Pero con el irónico bisturí de su prosa, Umbral advirtió bajo el ferviente aplauso al Rey un antidemocrático caudillismo: «Él nos ha salvado, él ha salvado la democracia, él se ha salvado a sí mismo. Ya tenemos un padre, un César, esa cosa freudiana que los españoles buscamos siempre para que piense por nosotros. Caer masivamente en los brazos del Rey, más que gratitud, sería, digamos, una forma democrática de franquismo, entendido esto más allá de Franco, como proclividad niñoide de este país a los padres providenciales».

Treinta y ocho años después de aquel 23-F seguimos investigando sus aristas, buscando las huellas del sol a través de un cristal.

Alfonso Pinilla García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

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