El absurdo optimismo de la voluntad

Aunque el año acaba de empezar, ya circulan por las redes sociales optimistas mensajes que animan a celebrar como se merece el centenario de la Revolución rusa de octubre de 1917. Viendo el estado actual del país, donde impera la censura y los paniaguados del régimen medran mientras los desafectos pringan -o sea, como en Catalunya, pero a lo bestia- y echando un vistazo a su historia reciente, de Lenin a Putin, uno se pregunta qué es en concreto lo que se nos urge a celebrar.

No diré que los zares no se merecieran la ejecución ni que la revolución no haya sido uno de los hechos más trascendentales del siglo XX, pero de ahí a celebrar décadas de represión en base a una buena idea inicial, creo que hay un trecho considerable. A fin de cuentas, el comunismo puede considerarse una desgracia de alcance global que ha provocado tantos muertos como el fascismo, aunque es evidente que cuenta con mejores defensores y/o propagandistas, pues aún hoy goza de un halo de santidad incomprensible: afirmar, como hace uno en este texto, que el comunismo es uno de los timos más despreciables de la historia de la humanidad y un régimen criminal es la mejor manera de que cualquier merluzo te tilde de facha o, en el mejor de los casos, de hacerle el juego a la derecha, poniendo así de manifiesto una de las mayores lacras de la izquierda contemporánea: la falta absoluta de autocrítica.

Sobre el papel, ciertamente, el fascismo es una ideología repugnante, mientras que el comunismo, en las páginas de Marx y Engels, es una manera excelente de organizar la sociedad. Lamentablemente, la relación entre la teoría y la práctica se parece mucho a la que se establece entre la Biblia y la actitud de la iglesia organizada. La ventaja moral del comunismo, autoasumida por sus defensores, consiste en que cualquiera puede echar pestes, sin ir más lejos, del PP y de la Iglesia católica, pero hacerlo de un sistema basado en el crimen y la paranoia puede llevarte a ser señalado por el dedo de ciertos profesionales del progresismo como enemigo del pueblo.

Incluso hoy día, cuando un dictador fascista la diña, es lícito descorchar el champán y celebrar que nos hemos librado de él, pero no lo es tanto cuando el difunto es un dictador (supuestamente) de izquierdas. Lo pudimos comprobar no hace mucho con la muerte de Fidel Castro, al que la CUP -¡esas lumbreras!- despidieron en Twitter con la frase “¡Hasta siempre, comandante!”, mientras otros, nadando y guardando la ropa progre, señalaban que tal vez se pasó de autoritario, pero que devolvió la dignidad a la población tras la cochambrosa dictadura de Batista: nadie dijo que el único Castro decente era el guerrillero de Sierra Maestra, que no tardó gran cosa en convertirse en el sucesor de Batista, más que en su alternativa.

El comunismo tiene muy buena prensa, como si una buena idea espantosamente llevada a la práctica mereciese todos los respetos. Sus defensores, para minimizar las atrocidades cometidas, hacen como el difunto Vázquez Montalbán y recurren a una famosa cita de Gramsci: “Frente al pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad”. Ese era el lema de mis amigos del PSUC en la universidad, que se iban llevando un chasco tras otro -Rusia, China, Cuba, Nicaragua…- y seguían agarrados al absurdo optimismo de la voluntad.

Algunos hasta se hicieron maoístas mientras su ídolo ejecutaba a Dios y a su madre en China, y luego se colocaron todos muy bien, como ha señalado en alguna ocasión Félix Ovejero refiriéndose a los militantes de Bandera Roja. Hasta tuvimos a un maoísta, el escritor Baltasar Porcel, que supo compatibilizar el amor al Gran Timonel con el que le inspiraban Jordi Pujol y el rey Juan Carlos I, consiguiendo amplias prebendas como premio a su eclecticismo.

Tal vez sería hora de reírnos -por no llorar- del optimismo de la voluntad y de apuntarnos al pesimismo de la razón. Disfrutemos de los textos de Marx como disfrutamos de ciertos pasajes de la Biblia o de los cuentos de los hermanos Grimm, pero reconozcamos que el comunismo no ha funcionado en ninguna parte y que no merece el respeto que le tenemos o que aparentamos tenerle para que no nos llamen fachas o nos acusen de hacerle el juego a la derecha.

En Europa es irrelevante -ni los comunistas se atreven a reconocer que lo son, como los de Podemos o Barcelona en Comú- y en Sudamérica da sus últimos coletazos con Raúl Castro, Nicolás Maduro y Daniel Ortega. Descanse en paz, y al carajo con el optimismo de la voluntad.

Ramón de España, periodista.

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