El agobiado centro capital

Un hombre a pie es, como ciudadano, más importante que otro que va en automóvil. Ve y siente todo aquello de lo que el otro pasa. Pero ambos quieren que su ciudad sea atractiva, disfrutar de ella como escenario invitador en el que están prestos a vivir, a actuar.

Y la atracción cívica máxima es la que se ha ido acrisolando año a año; lo que ocurre normalmente en su «Centro». Al que se debe llegar fácilmente y en el que cualquiera ha de sentirse cómodo y orgulloso para que aflore lo mejor de sí mismo: alegría, esperanza, acción y, después, nostalgia, evocación, recuerdo.

No hay ciudad en marcha que permita (estoy personalizándola) la decadencia de su corazón sin aplicarle reconstituyentes; que, abandonado por sus empresarios vitalizadores dispuestos a lucir sus nuevas sedes en los extrarradios de moda, no actualice sus atributos. Sabe que lleva la ventaja de su solera y venerabilidad acogedoras, sugerentes.

París, Londres, Múnich, Milán… acarician el espacio medular de su historia. Cuidan de su accesibilidad tanto peatonal como motorizada y procuran que sus teatros operativos estén convenientemente diferenciados: sensibles al ruido y a la contaminación ambiental, sumergen o desvían la invasión automovilística cuyos pasajeros, deseosos de disfrutar de su destino central, encontrarán, justo allí, el aparcamiento pertinente.

Comparemos los distritos 1, 2, 3 y 4 de París (Louvre, Les Halles, Centre Pompidou, Notre Dame) con el área central, equiparable en población y superficie, de Madrid (Puerta del Sol, Palacio Real-Ópera, Santo Domingo, Conde Duque, Gran Vía, Chueca, Las Cortes, Huertas) ~101.396 habitantes parisinos, ~98.191 madrileños; 8.193 plazas de aparcamiento contra 1.800.

Para mantener viva la esperanza debemos sabernos capaces: analicemos las actuaciones arquitectónicas positivas más recientes en el centro madrileño: 1º) Tras larga y discutida negociación, el alcalde Álvarez del Manzano, contemporizador e inteligente, respaldado por L. Armada, A. Ordozgoiti y R. Castro (arquitectos e ingeniero) sacó adelante mi proyecto humanizador de la Plaza de Oriente, hoy glorioso asueto de la capital. 2º) Gallardón puso al día el edificio del reloj (gobernación-Puerta del Sol) de Marquet y magistralmente remozado (Juan Blasco Martínez/M. Santiago García Hernández) y el edificio de Correos, original de Palacios, adecuado por David Márquez Latorre, Ángel Martínez Díaz, Francisco Martínez Díez y Francisco Rodríguez Partearroyo en Cibeles. Y 3º) En proceso, la reestructuración de la Manzana Canalejas, Sevilla, Alcalá, Puerta del Sol, San Jerónimo, tan digna de aplauso como para dedicarle un párrafo. Respetando las fachadas eclécticas que cumplieron noblemente con el período en el que fueron construidas y generaron recuerdos y ambientes seculares, el proyecto Villar Mir activa, con su tecnificación y reinstalación ambiental, propia de sus nuevos usos hoteleros y empresariales, el conjunto cordial y lo sitúa en el futuro. Tiene especial importancia la ordenación funcional de los niveles subterráneos para servir sus correspondientes plazas de aparcamiento y resolver un nudo crucial automovilista y ferroviario del Madrid hoy colapsado.

De los laudos centrales paso a los circunvalatorios: M30, M40, M45, también gallardonianas, han permitido entrar a cualquiera de los barrios madrileños, desde el exterior, sin usar como atajo el sufrido centro. Madrid, en consecuencia, es la ciudad europea mejor comunicada perimetralmente, al servir también a los escenarios que se esparcen inacabados por su contorno. Receta aplicable a escala regional, ensartando en una avenida generosamente dotada, cultural y turísticamente, los bellos pueblos que fueron sedes de la Corte itinerante, antes y después de su fijación (1561) en Madrid. El Escorial, Segovia, La Granja, El Paular, Torrelaguna, Alcalá, Chinchón, Aranjuez, Toledo, Navalcarnero, etcétera, unidas y aderezadas, darían sentido a la comunicación viaria peninsular: sólo llegarían a Madrid los vehículos que la tuvieran como destino.

Otra actuación que exige aplauso es la dignificación y ajardinamiento, como parque fluvial, de las riveras del Manzanares, ayer suburbianas y sórdidas, hoy gloria de sus márgenes habitadas; puentes para el recuerdo, mataderos ennoblecidos y aparición de hoteles más que dignos…

Aunque apetece seguir glosando valores en época que sólo escucha críticas ensañadas y sectarias, debo volver con dolor al centro: a una Gran Vía horterizada, intolerable en su fragor y congestión, llena de un público resignado, tan distinto del que la enriqueció: empresas y promotores, que la hicieron posible, huyeron hacia dispersos emplazamientos para erigir presumidos y aislados inmuebles antiurbanos. Ofende, por despilfarrador del horario laboral, el tapón circulatorio que agobia a la almendra cordial –Gran Vía, Alcalá; Castellana-P. del Prado– y a sus dos ganglios máximos, Cibeles y Neptuno, especialmente elegidos como escenarios de huelgas y manifestaciones políticas.

Hace más de tres años que propusimos un plan con la Gran Vía ajardinada (asesorados por J. M. Pradillo, ICCP, cerebro supremo en soluciones circulatorias del centro), aplicable a la mencionada cruz axial (Gran Vía-Alcalá; Castellana-Prado), que la haría, según mi opinión, foco urbano del Sur de Europa.

En una reunión de empresarios semipolíticos, quise explicar al alcalde –Ruiz-Gallardón– nuestro proyecto. Venía avisado y, más que escuchar, quiso explayarse en sus temores. Brillante entre otras muchas de sus facultades, concluyó: «Estamos entrando en depresión y hoy no procede obra de tal envergadura».

Más tarde, ya con nueva alcaldesa, volví a acosar: trataba de convocar una tertulia urbanística. Con su acostumbrada amabilidad, sorprendida por mi inoportunidad, hizo un escueto comentario: «No toca, estamos en plena crisis». La que ella administra con singular facultad economizadora.

Ana Botella tenía a la vista los acontecimientos que marcarían nuestro devenir urbanístico: entre ellos, la implantación, en el término de Alcorcón, de Eurovegas. El aeródromo de El Álamo-Navalcarnero sustituiría al de Cuatro Vientos, improcedente hoy en pleno casco urbano, y daría nuevos servicios al candente futuro.

Madrid, desequilibrada formalmente por su expansión fugitiva hacia el nordeste –Ifema, Barajas, Alcalá, etcétera–, recuperará, con el crecimiento previsible hacia el suroeste, una geometría proporcional. Los collares circunvalatorios y el metro-radial ordenarán su cuerpo como organismo homogéneo.

Hay más: Madrid, ciudad de poco río, aunque hoy bien vestido, tiene buena agua, mucha agua, y está rodeada de nobles parques verdes (El Pardo, Viñuelas, la Casa de Campo, …) que aspiran a penetrar floridos, como tentáculos vivificadores en su cuerpo urbano. Tunelada la circulación rodada –privada– de la Gran Vía y ajardinada su superficie, recuperaría su añorada dignidad, lugar de encuentro y encanto. Cibeles, alzada sobre subsuelo viario, regalaría un espacio peatonal incomparable, y el Prado –ruta magna de los museos–, inmerso, a cielo abierto en zanja, con aparcamientos laterales, permitiría la intercomunicación de paseantes entre sus dos márgenes boscosas (este y oeste) gracias a pertinentes puentes-pasarela contemporáneos.

En resumen: hay dos ritmos distintos de vida y actividad del ciudadano: el de la prisa que aspira a resolver con urgencia sus problemas sobre ruedas; y el peripatético que goza de la convivencia sedente o andariega, creadora hace milenios del marco ideacional de la humanidad. Ambos compases pueden convivir mayoritariamente a nivel, pero allí donde el corazón urbano late acelerado deben exclusivizar y distinguir sus correspondientes espacios.

Para paliar nuestro dolor: «Hoy sí toca».

Miguel de Oriol e Ybarra, Doctor Arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes.

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