El ágora digital

La paulatina implantación en España del libro digital ha empezado a suscitar en el gremio entusiasmos y detracciones de diversa índole, indignados unos por la marginación de la imprenta, angustiados otros por cuestiones relativas a los derechos de autor y encantados algunos con lo que consideran, gracias a la alquimia cibernética, la imparable universalización de la cultura. Sin ánimo de menoscabar ninguno de estos asuntos, todos ellos de incontestable trascendencia, quizá valga la pena llamar la atención sobre otras cuestiones que sobrevuelan, de un modo menos aparente, el actual panorama literario, y cuya cabal apreciación tal vez ayude a nutrir el debate en torno a esas preocupaciones.

No hay duda de que nos encontramos en una encrucijada cuyos caminos dibujan brumosas fugas. El ruido y la confusión de estos días recuerdan de algún modo a la algarabía del siglo XIX, cuando la consolidación de la burguesía trajo consigo la apoteosis de la novela, la incorporación a la lectura de las nuevas masas urbanas, la eclosión del periodismo y, en definitiva, la arquitectura de una nueva concepción democrática de la cultura que desembocaría, ya en el crepúsculo de esa época, en una reacción y en una crisis que duraría hasta bien entrado el novecientos. Ahora, como entonces, vivimos una profunda transformación de los medios de difusión literaria cuyo alcance todavía no vislumbramos pero que deberíamos empezar a juzgar con mayor cautela y espíritu crítico.

Por encima de todo, Internet es una nueva plaza pública que, como tal, requiere una jerarquía y una organización que permitan un tráfico regulado. El entusiasmo desmedido por la tecnología ha llevado incluso a algunos a proclamar eufóricos, por ejemplo, la desaparición de los editores en el nuevo régimen virtual, partidarios de una red libre donde los autores serían empresarios y publicistas de sí mismos, aliados fraternalmente con sus lectores. En la práctica, esta propuesta supone condenar a los escritores a la autoedición en un mercado atestado de creadores que, sin orden ni concierto, se desgañitan por vender sus obras a cuatro amigos que al final, hartos de tanta payasada, acabarán leyendo Anna Karenina.

Además de muchas otras misiones peregrinas, un editor cumple una evidente función social, inspirada en el criterio con que construye su catálogo y orientada a mediar entre el autor y su público ideal; una labor que, en última instancia, ayuda a configurar ese espacio común: el ágora de la polis. Para culminar su trabajo satisfactoriamente, el editor necesita otra figura que últimamente parece condenada al ostracismo: el crítico. Sin crítica no hay literatura porque simplemente no hay lectura eficaz. Si el editor, para entendernos, representa al autor, el crítico se erige como abogado del público, aunque muchas veces impugne o condene su gusto. La responsabilidad del editor estriba también en exigir una crítica combativa y valiente, capaz, sí, de desautorizar sus elecciones y entablar así la contienda sin la cual una cultura no puede aspirar a elevarse y perpetuarse. Tan importante como la libertad de expresión es la necesidad de juicio, que es una cuestión moral. Internet no debería convertirse en un reino acrítico donde todo tenga el mismo valor. En Estados Unidos, por ejemplo, la crítica literaria está desapareciendo de los grandes periódicos para refugiarse en una infinidad de blogs que proliferan en el caos digital, dirigidos a grupos de lectores cada vez más reducidos y vecinales, un proceso que paradójicamente convierte la pretendida universalidad del invento en una inesperada regresión provinciana: la hoja parroquial.

La edición de poesía, por poner un caso concreto, se ha resentido claramente de la deserción crítica. El lector, ante la ausencia de una lectura pública y consistente de tal o cual poeta joven, se ve obligado a recurrir a la enésima edición de Auden, Eliot o Lorca con la que el editor llena su programa tras haber comprobado la inutilidad de publicar esos otros poemarios desconocidos que vuelven intactos de la librería al almacén sin que nadie les haya dado voz.

La debilidad de la crítica está relacionada, por otro lado, con la deslegitimación del principio de autoridad, usurpado por una democratización de la opinión que en realidad supone una perversión y aun una degradación de la idea de democracia. Basta ver la general banalidad de la participación de los lectores en la prensa digital y la intoxicación que a su vez produce en la calidad de la información. El síndrome se ha extendido incluso fuera de la Red. Todo el mundo parece estar encantado de que la televisión haya ideado un programa como Tengo una pregunta para usted, donde una selección de ciudadanos -la idea romántica de pueblo- sustituye al periodista o al politólogo a la hora de interpelar al presidente del gobierno o al líder de la oposición, con el inevitable empobrecimiento de la dialéctica entre el poder y la opinión pública, uno de los principales puntos de articulación de una verdadera democracia.

La crisis que tuvo lugar a finales del XIX y que apuntábamos al principio se gestó en un escenario parecido. El máximo representante entonces de la defensa aristocratizante de las letras frente a su secularización demótica fue, inevitablemente, Mallarmé, que cifró su poesía en las sentinas del lenguaje para ahuyentar a los lectores de periódicos y novelas. El eco del hermético resonó a lo largo de la primera mitad del siglo XX y perdura todavía en un escritor como Nabokov, cuya aversión hacia Freud implica, entre otras cosas que ahora no vienen al caso, un rechazo de la colectivización de la creatividad -el psicoanálisis y la interpretación de los sueños supusieron para algunos el reconocimiento de la universalización de la capacidad creativa-, intolerable para un escritor que se había educado todavía en el principio de la alta cultura y en el desprecio más absoluto hacia el filisteísmo.

Ahora, a principios del siglo XXI, afrontamos un fenómeno similar, aunque de diagnóstico más problemático. Internet podría verse como un nuevo inconsciente gracias al cual uno puede ser transitoriamente culto, artista, editor o periodista. No se trata ahora de oponer un elitismo pueril, sino de reclamar un mínimo de atención hacia ciertas inercias que están tomando carta de naturaleza. La Red permite sin duda la ampliación del derecho fundamental a la información y la cultura, pero pone de manifiesto también el problema cada vez más ominoso de la educación. El crítico inglés James Wood ha dicho con mucha gracia que Internet es como una fiesta a la que uno llega cuando todo el mundo está ya muy borracho. Y ya se sabe que para estar a la altura hay que beber muy rápido y perder la conciencia cuanto antes. Como lector agradezco todavía, en este sentido, que haya quien tenga la autoridad suficiente para hacer callar e incluso para echar al más pesado de la fiesta.

T. S. Eliot, uno de los pocos que pudo ser autor, editor y crítico al mismo tiempo, respondió una vez a un indignado escritor al que le había rechazado un manuscrito con la siguiente declaración de intenciones: “Me pagan para evitar que se publiquen tantos libros como sea posible”. I am nothing if not critical (“No soy nada si no soy crítico”): las palabras de Yago parecen siempre resonar tras la voz del impertinente poeta.

Sin una respuesta crítica, tanto el autor como el editor acaban trabajando exclusivamente para el mercado, un camino que inevitablemente conduce al totalitarismo intelectual, gobernado por una sola idea y donde nadie exige nunca nada a nadie. La llegada del libro digital quizá sea una buena oportunidad para proponer una reflexión en profundidad en torno al oficio de escritores, editores y críticos -más allá de cuestiones técnicas o legislativas-, sin olvidar la idea del ágora, cuya preservación como espacio indispensable para la creación y transmisión del conocimiento quizá sea el principal reto de nuestra generación.

Andreu Jaume, editor de Lumen.