El ahijado de César reclama su “mitad del mundo”

Cuando, el 16 de mayo de 2015, escuchó a Aznar decir en Ávila “si alguna vez me tiene que renovar alguien, que me renueve Pablo Casado, que es un tipo estupendo”, se limitó a esbozar una sonrisa, como si se tratara de una broma. Pero en su interior, sabiendo que su padrino político nunca hablaba a humo de pajas, Pablo Casado debió sentir, ese día, la misma mezcla de excitación y canguelo que experimentó, a sus 18 años, Cayo Octavio, aquella tarde de finales de marzo del 44 antes de Cristo, cuando un mensajero de su madre llegó a la ciudad de Apolonia, donde estudiaba, para comunicarle que su tío abuelo, Julio César, había sido asesinado; y había dejado un testamento, en el que le nombraba hijo adoptivo y principal heredero de sus bienes.

El ahijado de César reclama su mitad del mundo-1Toda analogía tiene sus imperfecciones. Mientras las 23 puñaladas de los próceres republicanos, encabezados por Bruto y Casio, perforaron, poco menos que simultáneamente, el cuerpo del dictador romano, acabando en el acto con su vida, el asesinato político de Aznar por Rajoy, Arenas, Soraya y sus secuaces es un largo proceso, a cámara lenta, que tiene sus hitos en la ruptura con sus equipos y tesis en el congreso de Valencia de 2008; el boicot a la presentación de su libro de memorias, en noviembre de 2013; la humillación de situarle en un rincón de la mesa, cuando acudió a Génova a analizar el desastre electoral de 2015; o la propia exclusión de este último Congreso Extraordinario, zafiamente justificada por el democristiano zurupeto Luis de Grandes.

A cambio, Aznar pudo distribuir su legado en vida y ahora ha vuelto del Hades para regocijarse con el primer triunfo de su heredero designado y cumplimentarle en el que un día fue su despacho. Casado ha llegado al liderazgo del PP a los mismos 37 años que él, siendo diputado por Ávila como lo fue él y -según ha comentado el propio Aznar- “con las mismas ganas de cambio y la misma ambición”. Quién no quisiera tener un ahijado así.

César sabía a quién elegía. Tratándose aún de un adolescente, había procurado incorporar a su sobrino nieto a sus vivencias políticas. Octavio cumplió los diecisiete, apareciendo a su lado en las celebraciones del triunfo en la guerra de África contra el rey de Numidia y sus aliados republicanos. Año y medio después, llegaron los Idus de Marzo.

No es difícil imaginar una sensación de despeñamiento equivalente en el Pablo Casado que se afilia al PP a los 22 años, en pleno apogeo de la mayoría absoluta aznarista, y se encuentra sumergido al año siguiente en el horror del 11-M. De aquel pozo emergió Aznar, agarrado al flotador de FAES, mientras Casado se encaramaba a la presidencia de las Nuevas Generaciones de Madrid. Cuando le conocí, a finales de esa década, ya como jefe de gabinete del ex presidente, pensé que era la primera persona simpática que Aznar ponía a su lado, descontando a su mujer y a su yerno.

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“Demuestra que eres un hombre y decide lo que debes hacer, en función de lo que la suerte y la oportunidad te permitan”, decía la carta en la que su madre comunicaba a Octavio la conmoción que produjo la apertura del testamento de César. Recibía un legado inmenso, pero no sabía cómo materializarlo. Cuando volvió, acompañado de su coetáneo y fiel amigo Agripa, encontró Roma dividida entre quienes querían liquidarle y quienes se referían a él como a ‘ese chico’”, con displicente condescendencia.

Las palabras que le hace decir Shakespeare, la primera vez que entra en escena, tras el magnicidio, bien podrían figurar en la pared de la covachuela desde la que se ha dirigido la campaña de Casado: “Por todas partes nos rodean enemigos y hasta temo que muchos de los que nos siguen, acarician contra nosotros designios hostiles”. Octavio aceptó el cargo de pretor -rango equivalente al de vicesecretario- a las órdenes de los propios asesinos de César y aprovechó esa posición para ir aglutinando discretamente a los veteranos de sus legiones. Que si hoy me veo con Feijóo, mañana con Esperanza Aguirre y al otro con Jaime Mayor.

Al principio sólo podía contar con Agripa, que ejercía como hombre orquesta con tanta rudeza como astucia y entendía a los legionarios como nadie. Cuando llegó el momento del asalto al poder, Octavio tenía un ejército, leal y avezado, y un estado mayor ducho, tanto en el arte de la batalla como en el de las componendas.

Es difícil saber en qué medida los pasos dados por Pablo Casado, desde la espantada de Rajoy -con Teo García Egea en el papel de Agripa-, han seguido un guión preconcebido o han sido fruto de ese ajedrez aleatorio, basado en las fulgurantes maniobras de flanqueo del alfil, al que tan aficionado es Iván Redondo, jefe de gabinete de Sánchez y cerebro de su llegada a la Moncloa.

Será que la audacia es cosa de la generación del 81 -Casado y Redondo nacieron ese mismo año y se conocen bien-, porque tanto en la voltereta de la moción de censura, como en la de las primarias del PP, encontramos el mismo póquer de elementos medulares: sorpresa en el anuncio de la candidatura, claridad en el propósito de la acción, aprovechamiento máximo de un tiempo muy reducido, capacidad inesperada de tejer alianzas complejas. Así es como se gana una buena mano.

Sánchez ya ha hecho lo mismo cuatro veces -sus dos triunfos en las primarias, el derrocamiento de Rajoy, la formación de Gobierno- y está por ver a dónde llegará Casado, tras esta primera exhibición de habilidad y fuerza. Pero, no sé, a lo mejor son cosas mías, el caso es que ahora oigo a Soraya y le pongo la cara de Susana Díaz, después de su batacazo frente al paladín del “no es no”. Como decía Mirabeau de Robespierre, qué peligrosos son estos hombres que transmiten la sensación de creer en lo que dicen.

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La biografía de Octavio es un claro ejemplo de cómo hacer compatible la persecución constante de un gran objetivo con el trenzado de alianzas coyunturales, aparentemente contradictorias con el mismo. El ahijado de César colaboró primero con los asesinos de César, luego con Lépido y Antonio e incluso con Cleopatra, hasta conseguir acabar con todos ellos, culminar los propósitos de su mentor y revestir su condición con la dignidad imperial y el título de Augusto.

En los tiempos que corren, ganar unas elecciones y formar gobierno, sólo o en compañía de otros, con mayoría absoluta en el Congreso, sería como pasar de Cónsul anual a Emperador de la legislatura. A eso aspira Sánchez y no para destruir la Constitución, como buena parte de sus actuales compañeros de viaje, sino para apuntalarla frente a ellos o incluso a costa de que los destruidos sean ellos. ¿En qué medida será Casado, a la vez, su colaborador y competidor en ese empeño? Tiempo al tiempo y atención a mis dos últimas citas.

De momento, la prioridad del nuevo líder del PP ha sido afianzar su pacto con el marianismo de Cospedal, vía Dolors Montserrat, Tirado y Zoido, para hacer frente a la abierta rebelión del marianismo de Soraya, dispuesta a atrincherarse en Hispalis y otros bastiones de la Bética. De ahí, la importancia de ese momento dramático, en que Arenas descuelga el teléfono y es Casado, que le llama para comunicarle que le ha degradado a poco más que soldado raso -será uno de los 18 adjuntos al portavoz en el Senado- y le ha quitado hasta el plus de Secretario General del grupo en la Cámara Alta.

Más o menos, así debió ser el mensaje de cortesía de Octavio al viejo Cicerón, hombre fuerte del Senado durante décadas, haciéndole saber que había sido incluido en la lista de las Proscripciones y cualquiera podría asesinarle, de un momento a otro, como de hecho ocurrió. El propio Casado resumió así el sábado de autos: “Arenas ha perdido un Congreso por primera en su vida”. Pero quedaba el trámite de hacérselo saber. A él y a los demás. Por fortuna para Arenas, no ha perdurado la costumbre de exhibir en el Foro ni la cabeza degollada, ni las manos amputadas en tales circunstancias.

La cuestión de Soraya es más compleja. La oferta de Casado de integrarla en la Ejecutiva es sincera, pero a ella le ha sonado como a Cleopatra la propuesta de Octavio, para que se uniera a su séquito triunfal en Roma. No es difícil imaginarla, por última vez descalza, diciéndole a María Pico algunas de las palabras -omito las más procaces- que Shakespeare hace pronunciar a la reina egipcia ante su fiel Iras: “Nos realzarán para el espectáculo… unos despreciables rimadores nos pondrán en baladas desafinadas… los ágiles comediantes nos pondrán en escena extemporáneamente…”

Pero ningún perdedor puede imponer los términos del armisticio. La pretensión de Soraya, saltando de la ocurrencia de la lista más votada a la de retener el 43% del poder en el partido, era aún más atrabiliaria que la de Cleopatra de conservar el control de Egipto, a través de sus hijos. Tras la firmeza de Casado, sólo le queda marcar su número de teléfono y rendirse, tratando de recuperar su confianza para que la haga candidata a la alcaldía de Madrid; u ordenar, directamente, a María Pico que le diga a Ayllón que encargue a Fátima Báñez que vaya a buscar el áspid.

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Tanto en Julio César como en Antonio y Cleopatra, Shakespeare da a Octavio la última palabra al filo del telón. Y en ambos dramas es para hacer un elogio fúnebre a sus enemigos. En el primer caso, el de Bruto: “Quiero que su cadáver descanse hoy en mi tienda con todos los honores que se deben a un soldado”, dice, refiriéndose “al más noble de todos los romanos”. En el segundo caso, ensalza a los dos amantes que han resistido hasta el final: “Ninguna tumba de la tierra encerrará una pareja tan famosa”.

El ahijado de César reclama su mitad del mundo-2Pero lo más importante es lo que añade luego: “Los grandes acontecimientos hieren a quienes los han provocado. ¡La piedad que inspirará su historia, sólo será comparable a la gloria de quien ha provocado esa piedad!”. Y es que, como subraya Harold Bloom, “Octavio está, esencialmente, alabando la gloria de su propia victoria”.

Casado tiene ya motivos para estar orgulloso de lo logrado. Pero esto sólo da para las primeras escenas de la coraza de la famosa estatua del Augusto de Prima Porta, hallada en 1863, en la villa de su esposa Livia, con trazas de su impactante colorido original. Como los jóvenes Octavio y Agripa, Pablo y Teo, o sea Casado y Egea, no van a conformarse con el control de su actual territorio político. Quieren más, mucho más.

La apelación de Casado a reunir bajo su mando “a todos los que estén a la derecha del PSOE” –remachada este sábado en EL ESPAÑOL por su número dos-, nos remite de inmediato, al comentario de Octavio sobre Antonio: “Ese hombre llenaba la mitad del mundo”. Eso es lo que está reconociendo Casado que ocurre hoy con Pedro Sánchez, siempre que logre domeñar a las levantiscas tribus podemitas.

Él reclama para sí la otra “mitad del mundo”, para restablecer el bipartidismo entre derecha e izquierda, a semejanza de lo que suponían el Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente. Está cantado que su próxima gran confrontación, soterrada o explícita, va a ser con Albert Rivera pues, no en vano, pretende recuperar el territorio que Ciudadanos ha arrebatado al PP pusilánime del último lustro.

Se equivocaría gravemente el líder naranja si no fortificara sus posiciones, dedicando menos tiempo a útiles telegenias varias y más a reforzar los cimientos de su identidad ideológica y sus alianzas con la sociedad civil. La OPA es seria porque Casado es una cuña de su misma madera y la inercia sociológica y el sistema electoral le favorecen. No será tan sólo con banderas loables pero marginales, como la de la gestación subrogada o el apoyo a la transexualidad, como el centro podrá resistir la acometida que se le viene encima.

Rivera tiene, eso sí, la gran ventaja de haber tomado la iniciativa en Cataluña, mientras Rajoy y Soraya dormitaban en el conformismo estaférmista. Y en ese terreno, en el de la unidad de España, es en el que se dirimirá el combate. Tanto Casado, como él, como el propio Sánchez tienen que ser conscientes de que gran parte de sus votantes formarán, a esos efectos, una banda de estorninos clonadores, prestos para mimetizar y repetir, por el contagio, el canto que mejor sirva a la causa del patriotismo constitucional.

Tras la frustración que produce ver a Puigdemont campando por sus respetos y marcando la agenda política, probablemente estemos ante la última oportunidad de movilizar a la mayoría silenciosa contra el totalitarismo separatista. Pues, como advierte con cautela Octavio, cuando recibe las primeras muestras de adhesión, “el pueblo es como un alga vagabunda llevada por las olas; va y viene, a merced de las mareas y acaba por pudrirse a fuerza de cambiar de sitio”. ¿Quién, cuándo, cómo y para matar a quién, se aliará con quién? Abran bien los ojos. Esto es Roma, cuidado con los puñales, lectoras y lectoros.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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