El ajedrez engaña

Vaya de entrada una declaración previa y jurada. Para que no haya sorpresas, ni malos entendidos. El ajedrez me atrae, como cuando se escruta fatídicamente el abismo con los ojos abiertos, pero, la verdad, no sé jugarlo. Y eso que dispongo de una larga e intensa intrahistoria, supongo que como muchos de ustedes, con el juego: conozco sus movimientos –mi abuelo me los enseñó sobre un sencillo tablero de madera con las recurrentes piezas en blanco y negro–; me acaloraba de niño en disputadísimas partidas con mi hermano Antonio en un ajedrez de viaje con su tablero imantado; me acercaba el sábado por la tarde al colegio a disputar unas partidas con quien se terciase; me matriculé, como si de otra asignatura más se tratara, ¡todo para aprobar la educación física!, cuando cursaba la carrera de Derecho en la Universidad Complutense; guardo una preciosa caja de marfil con las piezas en blanco y rojo perteneciente a otro de mis abuelos; me dejaba caer los fines de semana por el parque del Retiro para retar, tan envalentonado como insensatamente, a otros vehementes pero flojos practicantes; y hasta me veía, en los veranos que pasaba en Irlanda, como un aguerrido patriota en las tierras donde había naufragado la Armada Invencible, desafiando a colegiales de diferentes nacionalidades en las instalaciones del Marian College en Dublín.

Pero no queda aquí mi apasionada relación con el juego de las sesenta y cuatro casillas. Me atreví a dar un paso más. Me esforzaba inútilmente en resolver las complejas partidas recogidas en las páginas de ABC, mientras empecé a comprar de forma compulsiva los más variados libros y textos especializados. Aunque el clímax llegaría con el campeonato del mundo entre el excéntrico Bobby Fisher, la esperanza del mundo libre, y el sólido Boris Spassky, representante de la pérfida Unión Soviética. Nunca olvidaré la expectación con que escuchaba las noticias en Radio Nacional de España al final de cada una de las partidas celebradas en Islandia en julio y agosto de 1972. Recuerdo también haber adquirido, en la Editorial Bruguera, las partidas completas que encumbraron al jugador norteamericano (12 puntos y medio frente a los 8 puntos y medio de su oponente). Pasados unos años, y asumida mi incapacidad para convertirme en un nuevo Arturo Pomar, tuve ocasión de mantener una inolvidable conversación con Fernando Arrabal en el lobby del Hotel Ritz, mientras me dedicaba uno de sus libros, ¡obviamente, sobre ajedrez!: La Torre herida por el rayo. Abandonada la pretensión de erigirme en un solvente jugador, inicié entonces un acercamiento menos frustrante, dadas mis constatadas limitaciones, desde la literatura: devoraba las opiniones de Marcel Duchamp, y me zambullía en las narraciones de Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll), Novela de ajedrez (Stefen Zweig), La Defensa (Vladimir Nabokov), Final de Partida (Samuel Beckett), El Hacedor. Poema Ajedrez (Borges), La variante Lüneburg (Paolo Mauresig) o La tabla de Flandes (Arturo Pérez Reverte). A mí, lamentablemente, no me aconteció pues, como a Julio Cortazar, que declaró haber dejado el ajedrez, por tomarle demasiado tiempo.

Aunque es la secuencia de la película de Ingmar Bergman, El Séptimo sello (1957), con la lúgubre partida entre el desencantado caballero cruzado y la Muerte, que ha llegado para reclamar su alma, en las sórdidas tierras de una Europa medieval asolada por la peste negra, la que tengo particularmente grabada en la memoria. Antonius Block, aun sabiendo que no puede vencer, reta a la Muerte para ganar un tiempo que le permita realizar un acto que dé sentido a su existencia, salvando la vida de una familia. Hay otras filmografías interesantes, pero nada comparables: Chessfever (1925), La diagonal del loco (1984), En busca de Bobby Fisher (1993), Gameover: Kasparov and the machine (2003) –el hombre contra la máquina, rememorando la partida del astronauta Frank Poole y el ordenador HAL 9000 en 2001 Odisea en el espacio (1968)–, Bobby Fisher against the World (2011), The Dark Horse (2014) o Pawn Sacrifice (2015).

El ajedrez es, en cualquier caso, todo menos un inocente divertimento. Es una guerra en toda regla. El jugador desea no solo la victoria, sino destruir al enemigo. Aplastarle, humillarle. No hay compasión. No se toman rehenes. Explicita una contienda abierta y fratricida. Es un sangriento campo de batalla. Hay que acertar por tanto en la estrategia y no errar en la táctica. Y, sobre todo saber analizar al enemigo. Los ajedrecistas estudian hoy psicología, mientras son acompañados por una corte de chamanes y druidas que impiden las artimañas torticeras del contrincante. Las figuras de nuestro hobbesiano juego lo testimonian: el engolado pero irrelevante rey, la todopoderosa y creída reina, los incisivos y rasgadores alfiles, las sólidas y amenazantes torres, los saltarines y agazapados caballos, y los prescindibles pero útiles peones. Toda una jerarquía: señores y siervos, fuertes y débiles. Al juego le son así aplicables las palabras de Picasso sobre el arte: «La pintura no está hecha para decorar apartamentos. Es un arma ofensiva y defensiva contra el enemigo.» Así que no se crea la ingenua escena de la Capilla Palatine en Palermo, ni la edulcorada pintura de Sofonisba Anguissola (Partida de ajedrez), ni la reflexiva de Honoré Daumier (Jugador de ajedrez), ni la familiar de Duchamp (El juego de ajedrez), ni las coloristas de Kandinsky (Teoría de ajedrez) y Klee (Super-Schach). Algunos artistas han hecho sin embargo del juego su referente vital. Duchamp, el iconoclasta dinamitero del arte, y más que solvente ajedrecista, llegará a decir: «Las piezas de ajedrez son los componentes del alfabeto que dan forma a los pensamientos; y estos pensamientos, además de hacer un diseño visual del tablero de ajedrez, expresan su belleza de manera abstracta, como un poema.» Lo que explicaría que si bien todos los artistas no son jugadores de ajedrez, todos los jugadores de ajedrez sí lo son. Mientras tanto, los que no somos artistas, ni pasamos de mediocres aficionados, nos contentamos con recrear este verano las partidas imposibles de los maestros.

Pedro González-Trevijano, magistrado del Tribunal Constitucional.

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