El alarmante informe climático de la ONU lo confirma: se nos acabó el tiempo

En esta foto de archivo del 6 de agosto de 2021, un hombre observa cómo los incendios forestales se acercan a la playa de Kochyli en la isla de Evia, al norte de Atenas, Grecia. (AP Photo/Thodoris Nikolaou)
En esta foto de archivo del 6 de agosto de 2021, un hombre observa cómo los incendios forestales se acercan a la playa de Kochyli en la isla de Evia, al norte de Atenas, Grecia. (AP Photo/Thodoris Nikolaou)

Se nos acabó el tiempo. Es tan sencillo como eso. Si el mundo tomara de inmediato medidas enérgicas y coordinadas para frenar el cambio climático, igual nos enfrentaríamos a un futuro de duras olas de calor, incendios forestales mortales e inundaciones devastadoras, y ese es el escenario optimista, según un nuevo informe alarmante de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Si, por otro lado, seguimos en este camino de medias tintas y negaciones en el que hemos estado estancados desde que los científicos sonaron la alarma por primera vez, el escenario infernal que le dejaremos a nuestros nietos será irreconocible.

Hace casi 30 años cubrí la primera “Cumbre de la Tierra” de líderes mundiales en Río de Janeiro, en la que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés) patrocinado por la ONU emitió su evaluación inicial acerca de lo que le estaba haciendo al planeta nuestra expulsión de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Ese documento de 1992 es discreto con lo que los investigadores, en aquel momento, no podían asegurar. En aquel momento admitieron que existía la posibilidad de que pudieran estar viendo una “variabilidad climática natural”. Pensaban que los “episodios de altas temperaturas” se volverían más frecuentes, pero no podían asegurarlo. La “detección inequívoca del reforzado efecto invernadero” todavía estaba en el futuro.

El Sexto Informe de Evaluación del IPCC, publicado el 9 de agosto, deja claro que ya no existe ninguna razón para utilizar un lenguaje tan cauteloso, ni tampoco ningún ápice de incertidumbre científica que proteja a los gobiernos o individuos que continúen evadiendo el tema.

“No hay duda alguna de que la influencia humana ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”, dice el informe en su resumen para los encargados de formulación de políticas. “Se han producido rápidos cambios masivos en la atmósfera, el océano, la criósfera y la biosfera…el cambio climático inducido por el ser humano ya está afectando muchos fenómenos meteorológicos y climáticos extremos en todas las regiones del mundo”. Existe en la actualidad una fuerte evidencia de “cambios observados en fenómenos extremos como olas de calor, fuertes precipitaciones, sequías y ciclones tropicales y, en particular, de su atribución a la influencia humana”.

Como si no supieras todo esto.

El segundo incendio forestal más grande en la historia registrada de California está actualmente fuera de control, tras haber destruido Greenville, un pueblo emblemático de la “fiebre del oro”. Es el más reciente de una serie de incendios ocurridos en el estado. Una apocalíptica temporada de incendios está azotando no solo el oeste de América del Norte sino también el sur de Europa, incluyendo incendios que están devastando la segunda isla más grande de Grecia. A principios de este verano, una “cúpula de calor” sin precedentes estableció nuevos récords de temperatura en el noroeste del Pacífico y el oeste de Canadá, incluyendo un máximo histórico para cualquier lugar de Canadá: 49.4 grados Celsius en Lytton, Columbia Británica, un pueblo que fue destruido casi por completo al día siguiente por los incendios forestales.

El mes pasado, un diluvio de proporciones casi bíblicas provocó inundaciones en Alemania y Bélgica que arrasaron con pueblos pintorescos y mataron a más de 200 personas. Megaciudades costeras como Lagos, Nigeria, están teniendo problemas para lidiar con inundaciones frecuentes y masivas, causadas por un aumento promedio en el nivel del mar de casi 20 centímetros desde principios del siglo XX, según el nuevo informe del IPCC. Los océanos están elevándose porque los glaciares y las capas de hielo se están derritiendo y el agua más caliente ocupa más volumen.

Todo esto es el resultado de aproximadamente 1.112 grados Celsius de calentamiento global, causado por la actividad humana y que ha aumentado la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera 47% y ha incrementado enormemente la concentración de metano, un gas de efecto invernadero aun más poderoso. Y no vamos a poder evadir las consecuencias de nuestra irresponsabilidad: “En todos los escenarios de emisiones considerados, la temperatura de la superficie global seguirá aumentando hasta al menos la mitad del siglo”, afirma el IPCC.

Así que no tenemos más remedio que adaptarnos al mundo más cálido que hemos creado y en el que ahora debemos vivir. Por ejemplo, no sabemos qué causó el impactante y mortal colapso de un condominio en Surfside, Florida, pero sería ingenuo no reexaminar los códigos de construcción en las costas para tomar en cuenta el aumento del nivel del mar. Sería absurdo no revisar nuestros métodos de gestión forestal para hacerle frente al calor, la sequía y los incendios extremos.

Un desafío aún más grande es encontrar maneras para que miles de millones de personas del mundo en desarrollo obtengan niveles de vida de clase media a través de fuentes de energía sostenibles en lugar de la quema de combustibles fósiles. De lejos, China es el mayor emisor de dióxido de carbono del mundo; las emisiones de India están aumentando con gran rapidez. Las personas en Filipinas, Indonesia, Pakistán, Nigeria y Etiopía quieren una vida de comodidad y abundancia, como la nuestra.

Es por eso que la prioridad urgente debe ser la inversión masiva en nuevas tecnologías, como la energía solar y el almacenamiento de energía. Al ritmo que vamos, el mundo podría calentarse casi 4.448 grados Celsius para finales de este siglo, según el IPCC. Relativamente pocos de los que vivimos hoy estaremos vivos para presenciar lo que hemos causado. Sin embargo, sabemos que tenemos que cambiar nuestras costumbres. Nuestros descendientes maldecirán nuestra memoria si no actuamos.

Eugene Robinson writes a twice-a-week column on politics and culture and hosts a weekly online chat with readers. In a three-decade career at The Washington Post, Robinson has been city hall reporter, city editor, foreign correspondent in Buenos Aires and London, foreign editor, and assistant managing editor in charge of the paper’s Style section.

1 comentario


  1. Los científicos de hoy, físicos, médicos, metereólogos, matemáticos, economistas y hasta los astrónomos nos abruman hoy con un aluvión de catástrofes que, de verdad, uno, desde su casa, se ve incapaz de abordar. La moderna estadística es implacable y cada vez se asemeja más a la técnica augural de indagar en las entrañas de las bestias para predecir el ominoso futuro. Quizás la verdad que esconden los datos sea la que se presenta, o aún peor. Parece que el empeño es que desistamos de soñar en futuros luminosos y en vez de prepararnos para una vida plena, nos enmascaramos, aprendemos el hàbito de evitar a los demás, y bien sumisos obedecemos al miedo que no cesa, pues la sucesión de enfermedades que nos anuncian, de catatástrofes, de migraciones descontroladas va minando la moral y nadie es capaz de ofrecer la mínima esperanza y menos los medios de comunicación, abonadas al catastrofismo sistémico.

    Así que ya no van quedar medias tintas, volvemos, con toda nuestra tecnología punta, a una especie de nueva antigüedad pagana, abandonada a las fuerzas de la naturaleza, superticiosa, temerosa de todo, sometida al arbitrario proceder del poder que, interesado siempre en el control de la masa, aprovechará el miedo cerval a la enfermedad y la muerte para aplicar con cada vez mayor eficacia técnicas de control, que ya asoman. Y sin oposición, incluso envueltas en el aplauso de muchos.

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