El alcance de un asesinato

Por Michel Wieviorka, presidente de la Asociación Internacional de Sociología. Director de estudios de la EHESS y director del CADIS 54 (París). Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 24/01/07):

En seguida se ha dado con la identidad del adolescente que asesinó a Hrant Dink, periodista turco de origen armenio muerto a tiros el pasado 19 de enero en Estambul a la puerta del semanario Agos, que él dirigía. El asesino, de una familia de Trebisonda, frecuentaba al parecer círculos nacionalistas de filiación ilustrativa sobre los móviles del crimen. Pero los medios de comunicación occidentales no acaban de dar cumplida explicación de la significación y trascendencia de su gesto al infravalorar o descuidar determinados aspectos de la batalla que de hecho libraba Dink ni de su propia personalidad.

El drama que constituye su muerte, aparte de sus dimensiones personales y familiares, concierne efectivamente a Turquía, pero no de forma exclusiva: atañe e interesa a la conciencia universal y, de modo especial, a Europa.

Turquía es una democracia, circunstancia única en tierra islámica. Sin embargo, su democracia no deja por ello de verse constreñida por tres ideologías extremadamente activas y poderosas. La primera es el republicanismo en una versión estricta y rígida de la idea republicana, reductor de las libertades en nombre del kemalismo (según el nombre del fundador de la Turquía moderna, Mustafa Kemal Ataturk) y revestido de un talante represivo, casi militar, nota distintiva de un Estado que sigue enarbolando su condición laica y marcando distancias respecto del islam incluso después de que un partido musulmán, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), accediera al poder tras las elecciones del 2002. La segunda ideología que ejerce notable influencia en Turquía es el nacionalismo, asociado a menudo – aunque no necesariamente- al republicanismo. El nacionalismo turco prohíbe celosamente la evocación de los yerros históricos, empezando por el genocidio de los armenios (1915), y no cesa de apelar al repliegue del país sobre sí mismo, sobre todo con relación a Europa. Los recelos y desconfianzas relativos a la entrada de Turquía en la Unión Europea alimentan las pulsiones nacionalistas, que encuentran en ello la ocasión perfecta de responder a un desafío como también la prueba de que la nación turca debe afirmarse fuera de y frente a una Europa que la rechaza y menosprecia. Por añadidura, el islamismo radical aspira a que el Gobierno actual, que invoca a la vez el islam y la democracia, se aleje de esta última en favor de una omnipresencia de lo religioso en la vida política.

Hrant Dink representaba una síntesis de los ideales de una resistencia democrática frente a estos tres peligros. Encarnaba una idea de la república tolerante y no represiva con las minorías, no sólo la armenia, sino también, por ejemplo, la kurda; amaba a su patria, a la que pedía que reconociera los crímenes del pasado, cosa que ciertamente le cuesta a cualquier país: normalmente el discurso nacional olvida los actos de violencia a cuyo socaire incluso se crea, impone o refuerza a veces un Estado. Dink promovía asimismo una identidad armenia que era todo lo contrario del comunitarismo: aludía, sobre todo, a los armenios que en Turquía habían logrado sobrevivir a la amnesia, al silencio e incluso a la ignorancia sobre su propia historia personal y colectiva, a sus vicisitudes bajo el imperio otomano.

Valeroso animador de un foro público de debate, Hrant Dink no vacilaba a la hora de expresar clara y abiertamente sus ideas y convicciones. Había sido condenado a una pena de cárcel no efectiva por haberse referido al genocidio de los armenios en sus escritos: la ley turca lo considera un atentado inadmisible contra la nación turca. Dink había sido amenazado desde hace meses y, pese a sus reticencias de pedir protección a los servicios de seguridad turcos, lo cierto es que pocos días antes de su muerte había mostrado una inclinación positiva en este sentido. Se suele criticar a los medios de comunicación por su condición – pretendida o cierta- de constituir un cuarto poder o por sus defectos y fallos a la hora de informar, pero la muerte de Hrant Dink nos recuerda que los periodistas, cuando ponen su profesión al servicio de la información, pueden pagar con su vida su aportación a la verdad. Evidentemente afrontamos aquí algo inadmisible, un atentado a la conciencia universal y a la libertad de expresión que ha conmocionado a la opinión pública en todo el mundo, mucho más allá de las fronteras de Turquía.

Pero el caso es que nosotros, en calidad de europeos, estamos también implicados. Hrant Dink hizo su propia aportación, e incluso en mayor medida que otros, a lo que Laurence Ritter denomina “la larga marcha de los armenios” en su reciente obra (Robert Laffont). La diáspora armenia en Europa y sobre todo en Francia, Estados Unidos, Canadá, Chipre y Rusia, como asimismo el Estado independiente que es Armenia desde la caída de la URSS, son escenario de un despertar de la comunidad armenia que se moviliza para que se reconozca su drama histórico, el genocidio de 1915, pero también para proyectarse hacia el futuro afirmando su identidad cultural. Yen tal cuestión, Turquía desempeña evidentemente un papel singular y propio, pues se calcula que aún viven en el planeta unos 60.000 armenios. Hrant Dink desempeñaba un papel esencial en la toma de conciencia de los armenios turcos sobre su propia existencia y en la de Turquía sobre el significado de su presencia en el pasado: sobre las circunstancias en que se había producido su aniquilamiento y sobre el futuro que los armenios podían vislumbrar en el ámbito turco. Dicho esto, debe añadirse que Hrant Dink no distinguía su compromiso a favor de la causa armenia de una lucha y esfuerzo común por la democracia. Sus posturas con respecto a esta cuestión son precisamente las que deben aquí ser recordadas, ya que dan cuenta de al menos una parte del odio que le profesaban quienes, indirectamente, han inspirado su asesinato.

Dink deseaba, en efecto, que Turquía se incluyera entre los países del bloque democrático que conforma la Unión Europea. Veía en tal iniciativa la garantía de mayor nivel de libertad y justicia para su país, así como una barrera de contención frente a la deriva hacia el nacionalismo o el islamismo radicales. La causa armenia, a su juicio, sólo saldría beneficiada ante tal eventualidad: una Turquía fuerte y consolidada desde el punto de vista de la democracia debía ser capaz de mirar de frente a su propio pasado, por violento y mortífero que hubiera sido. Para Dink, el reconocimiento del genocidio armenio por parte de Turquía no debía constituir una condición previa a su admisión en el seno de la UE, sino por el contrario una consecuencia que debía resultar, sin dificultad, de esta admisión. Dink no consideraba el reconocimiento del genocidio en 1915 por parte de Turquía un requisito ineludible. Por otra parte, consideraba asimismo el hecho de la posible entrada de Turquía en la UE la mejor respuesta que oponer al riesgo del choque de civilizaciones profetizado por el politólogo norteamericano Samuel Huntington: una Turquía musulmana y al mismo tiempo más democrática en la medida en que es europea constituye un puente entre el islam y Occidente y evita su choque. En una palabra: Dink nos invitaba a considerar la cuestión de la admisión de Turquía en el seno de la UE desde la perspectiva de los valores de la democracia y de una visión geopolítica mundial.

Por último, Hrant Dink, figura clave de la causa armenia en Turquía, había expresado su postura contraria a la ley francesa sobre el reconocimiento del genocidio de 1915 votada recientemente por la Asamblea Nacional francesa, que debe superar el trámite del Senado. Apreciaba en ello un estímulo y aliento al nacionalismo turco y a una radicalización generalizada de su país; un obstáculo, también, a su ingreso en la Unión Europea.

El asesinato de Hrant Dink ilustra de forma dramática sus propios análisis, que deberían figurar bien presentes en nuestros debates actuales sobre el lugar de Turquía en Europa.