El aliento de la bestia

Por Joan B. Culla i Clarà, historiador (EL PAÍS, 28/10/05):

Creo que fue en las entonces jóvenes páginas de este diario donde, hacia finales de 1976 o durante los primeros meses de 1977, el gran Forges publicó una espléndida pieza que trataré de describirles de memoria. Arriba, en el firmamento de la viñeta, ocupando tres cuartas partes de su superficie, campeaban diversos eslóganes de un estilo muy voceado por aquellos tiempos: “¡Curas rojos al paredón!”, “¡comunistas a Moscú!”, “¡masones a Masonia! (sic)”, “¡progresistas a la hoguera!”, etcétera. Debajo, dos de esos muchachos rústicos con los que Antonio Fraguas ha querido representar al españolito de a pie -Blasillos, me parece que los llama su progenitor- caminaban por el páramo, casi aplastados por aquellas siniestras consignas, y uno de ellos decía, con amarga ironía: “Ya se oyen los cantos de la libertad”. “Sí”, asentía el otro.

Pues bien, casi tres décadas después, esos lúgubres cantos vuelven a sonar a todo volumen de un extremo a otro de la piel de toro. Y no lo hacen como reacción a un ataque exterior, a una matanza terrorista, a una ruptura interna de la legalidad vigente. Lo hacen tomando como pretexto la iniciativa de una comunidad autónoma que ha utilizado los pacíficos cauces de la ley para, desde una mayoría democrática abrumadora, proponer la ampliación sustancial de su autogobierno, dentro del marco del Estado español.

En este sentido, la campaña publicitaria contra el proyecto de Estatuto iniciada el pasado lunes por el Partido Popular resulta tan light, tan cauta, tan esterilizada y pasteurizada, que más bien parece una cortina de humo del PP para pasar por moderado. La verdadera campaña de la derecha y parte de la izquierda españolas contra la propuesta estatutaria catalana no pasa por esos anuncios facturados en 500.000 euros, sino que fluye desde antes del 30 de septiembre a través de las arengas radiofónicas diarias, los cientos de soflamas en forma de artículo, los miles de mensajes intoxicadores puestos en circulación a lo ancho de la red… Por capilaridad, ese discurso ha alcanzado ya de lleno el tejido social. Y sus efectos, después de algunas semanas, empiezan a ser muy alarmantes.

Así, los medios de comunicación se han hecho amplio eco del violento altercado que provocó, en un reciente pleno del Ayuntamiento de Getafe, la irrupción de manifestantes escudados tras pancartas que rezaban “no al estatuto separatista” y “ZP vende España”. También en la Asamblea de Madrid, el pasado día 20, izquierda y derecha se abroncaron a cuenta de la reforma estatutaria, y tanto en el Congreso como en el Senado las últimas comparecencias del presidente Rodríguez Zapatero han estado salpicadas de pateos, abucheos e interrupciones, con las bancadas del PP gritando “¡España, España!” cual corifeos de Manolo el del Bombo.

Por su parte, el alcalde de Móstoles ha querido emular a aquel ilustre predecesor suyo -Andrés Torrejón, se llamaba- que, en 1808, llamó a los españoles a levantarse en armas contra “la perfidia francesa”, y ha publicado otro bando en el que requiere “la implicación valiente y generosa del pueblo español”, llama a “los municipios, las provincias y las islas españolas” a movilizarse contra el nuevo enemigo, “la desmesurada ambición insolidaria de los nacionalismos”, cuyos “duros retos y graves provocaciones” pretenden “desvirtuar o alterar la naturaleza de una Historia de más de 500 años”. Simultáneamente, en Internet, varias webs han puesto en circulación listas a doble columna de marcas, productos y empresas: a un lado, las que tienen “origen o sede en Cataluña”; al otro, posibles “alternativas” de acrisolada españolidad. “Tras la aprobación del estatut”, explican los anónimos promotores de la campaña, “mientras al comprar los productos de la segunda columna, ese dinero se puede reinvertir en un hospital en Sevilla, un colegio en Valladolid, una carretera en Cantabria o un centro de acogida en Murcia, al comprar los de la primera columna, ese dinero se lo quedarán exclusivamente en Cataluña”.

Al calor de esta histeria antiestatutaria y anticatalana, la ultraderecha española anda crecida como no lo estaba desde lustros atrás.

El jueves 20 de octubre trataron de reventar el homenaje universitario a Santiago Carrillo. Tres días después, un millar de falangistas se manifestaban en Madrid gritando -copio del despacho de Efe- “eslóganes contra el presidente del Gobierno, el tripartito catalán, Santiago Carrillo, Juan José Ibarretxe, los negros, los moros, los rojos y los periodistas”.

Por cierto: ¿a nadie le parece preocupante que los bramidos de un hatajo de fascistas coincidan casi al pie de la letra con los exabruptos diarios de la emisora de los obispos?

Aunque, bien pensado, ¿por qué debería alguien preocuparse de eso? En un país donde altísimos y saneados representantes del PP -verbigracia, el vicepresidente del Parlamento Europeo, Alejo Vidal-Quadras- emplean impunemente un lenguaje guerracivilista, tachan al adversario de “enemigo”, califican de “felón” al presidente del Gobierno y describen “el maldito Estatuto” como una “infamia”, una “tremenda mentira”, una “monstruosidad” y un “golpe de Estado incruento” (La Razón, 21 de octubre), ¿qué tiene de extraño que el discurso de extrema derecha esté haciendo veloz metástasis sobre el espacio de lo que fue una derecha democrática?

Desde una perspectiva catalana estricta, el espectáculo es deprimente, desolador, e induce a augurios muy negros sobre el futuro del Estatuto. Pero, desde una perspectiva española global, lo que está zozobrando es la democracia misma, son aquellas normas básicas de convivencia y respeto mutuo que pusimos en marcha en 1977. No percibir, detrás de la fiebre antiestatutaria, el aliento de la bestia fascista es tener los sentidos políticos completamente atrofiados.