El alma de Argentina

Los argentinos darán este domingo el primer paso en un intenso y extenso proceso electoral que definirá si Mauricio Macri sigue cuatro años más en el poder o si el peronismo, con Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta, vuelve a instalarse en la Casa Rosada. Muchos creen que se trata de bastante más que eso, que la decisión es entre república y autoritarismo. La afirmación tiene la no despreciable desventaja de instalar a los argentinos nuevamente ante el abismo: sería, otra vez, una elección a todo o nada, una encrucijada decisiva en la vida nacional. Una decisión sin retorno.

Votar con ese nivel de presión es angustiante, y hasta podría pensarse que impropio de una democracia plena y/o madura. Elegir gobierno cada cuatro, cinco o seis años no debería significar más que avanzar en ajustes de sintonía más o menos fina sobre la base de una serie de consensos básicos bien asentados. Ese ideal, lamentablemente, ya no está de moda. Hoy, los integrantes de una misma sociedad pueden interpretar de manera opuesta hechos objetivos, porque no importan los hechos, importan los likes. Importa ser parte del relato que agrade a la secta. Es lo que sucede en Argentina cuando surge el tema de Venezuela, verdadera prueba del algodón de la salud democrática del país.

Vale recordar velozmente qué es Argentina: un país creado entre el siglo XIX y el XX en su gran mayoría por la inmigración, básicamente europea, por gente que huía de la pobreza, del hambre, de todo aquello de lo que huyen hoy tantos venezolanos, sorprendidos en la recta final de la campaña electoral por una impactante frase de Fernández de Kirchner, presidenta entre 2007 y 2015: «Sorry, hoy con la comida estamos igual que Venezuela». La afirmación es tan insostenible que hasta Alberto Fernández, el candidato a presidente del kirchnerismo, se despegó, aunque tarde y tibiamente. Además de insostenible, la frase es una asombrosa agresión hacia las decenas de miles de venezolanos que viven hoy en Argentina tras huir del régimen de Nicolás Maduro.

Aunque los likes para Cristina no se hicieron esperar. Decir que Argentina se parece a Venezuela en cuanto a emergencia alimentaria les pareció a muchos una maniobra hábil para descolocar a la coalición de Macri. Porque Venezuela es munición electoral útil en ambos lados: el Gobierno repite incansablemente que, de no haber ganado las elecciones en 2015, la Argentina se hubiera convertido en Venezuela. Y Cristina vino a decirle: sí, Mauricio, tanto insististe que ahora somos Venezuela.

¿Y qué es Venezuela hoy? Un país en el que el salario mínimo es de siete dólares y alcanza para cubrir apenas el 5% del coste de la canasta familiar. Un país en el que el Gobierno admitió 5.287 muertes violentas en 2018 como resultado de resistencia a la autoridad y 1.569 más entre enero y mayo. El Observatorio de la Violencia eleva esas cifras a 7.523 y 2.124. Más muertos y desaparecidos que en los 17 años de dictadura de Pinochet en Chile. Un país en el que, entre 2016 y 2017, el peso promedio de sus habitantes cayó 11 kilos. Sorry, podría decirle a Cristina su amiga Michelle Bachelet: estas son los datos y las cifras de mi informe para la ONU.

Bachelet, como Cristina, fue dos veces presidenta. Médica, hija de un militar que murió en las cárceles de Pinochet y torturada por la dictadura chilena junto a su madre, debió exiliarse. Bien podría tener algunas cuentas políticas pendientes con ese monstruo amorfo llamado imperialismo. Bien podría haber convertido a Venezuela en fetiche sectario de su particular batalla política. No fue así. Bachelet cumplió con su deber como Alta Comisionada para los Derechos Humanos y presentó un informe público basado en datos y hechos.

Esos hechos que a tantos les dan igual. Esos hechos que, al ser banalizados con una comparación de flagrante asimetría, revelan llamativas dosis de insensibilidad y egoísmo. Porque en Argentina hay hambre en sectores marginados desde hace décadas, sí. Porque la pobreza creció en el último año del Gobierno de Macri, también. Porque las cifras revelan un dato para la vergüenza: la mitad de los niños son pobres. Pero nadie puede, si habla seriamente, equiparar los problemas de Argentina con la emergencia alimentaria en Venezuela. La Nación le preguntó por Venezuela a Gisela Marziotta, candidata a vicejefa de Gobierno de Buenos Aires por el espacio pankirchnerista:

– ¿No le parece exagerada la comparación con Venezuela?

– Hay hambre en la Argentina. Eso no es exagerado.

– ¿La situación es similar a la de Venezuela?

– Desconozco exactamente lo que pasa en Venezuela, más allá de lo que se dice en los medios. Nunca estuve en Venezuela y siento que es muy recortada la información que nos llega. Es muy complejo. Sí sé que en la Argentina y en la ciudad hay hambre.

Marziotta es periodista de profesión, trabaja con datos, con hechos, con información. Pero desconoce lo que pasa en Venezuela y suma una coletilla para el asombro: «Más allá de lo que se dice en los medios». ¿Tanto cuesta decir que lo de Venezuela es una inaceptable tragedia? ¿Tantos votos se pierden? ¿Y tantos se ganan?

Convertir a los venezolanos en mercancía política, ocultar a conciencia su sufrimiento, equivale a pervertir el alma de Argentina, un país que no existiría sin el esfuerzo de millones y millones de inmigrantes.

Cuando los hechos no vertebran el debate público, la democracia sufre. Respetando los hechos es más sencillo llegar a un mínimo común denominador que ayude a evitar un estéril loop de temas irresueltos. Venezuela, para los argentinos, debería ser parte de ese mínimo común. Como tantos italianos, españoles, alemanes o británicos que décadas atrás le dieron forma a una pujante nación, los venezolanos llegan escapando de una tragedia. Se les debe solidaridad y respeto. Frivolizar con su sufrimiento solo empobrece a una sociedad que hoy los necesita, pero que en el futuro podría quizá sorprenderse con que serán fundamentales para el viejo sueño de una Argentina mejor.

Sebastián Fest es colaborador de EL MUNDO en Argentina y ex Secretario de Redacción del diario La Nación.

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