El alquimista

Es lugar común comparar a Rubalcaba con Fouché. Como la inmensa mayoría de los lugares comunes, se trata de un error mayúsculo. Joseph Fouché fue una figura relevante del periodo más turbulento de la historia de Francia. Colgó los hábitos para unirse a la Revolución Francesa, en la que se ganó el nombre del Mitralleur de Lyon, pues mataba a los contrarrevolucionarios a cañonazos, por parecerle demasiado lenta la guillotina. Ello no le impidió oponerse al Robespierre del Terror, lo que le permitió sobrevivirle. Napoleón le nombró ministro de la Policía e incluso le hizo Duque de Otranto, al proclamarse emperador. A aquellas alturas, Fouché, inmensamente rico, inmensamente poderoso, odiado y temido, estaba ya en otra era, y conspiraba para la vuelta de los Borbones que había ayudado a derribar, consiguiéndolo en la persona de Luis XVIII. Éste le perdonó haber enviado a su hermano a la guillotina, exilándole en Trieste con todas sus riquezas, donde terminaría sus días.

Basta este esquema biográfico para darse cuenta de que nada tiene que ver con el actual candidato socialista a la presidencia. Rubalcaba ha sido, es y será un hombre de izquierdas, al servicio de esa ideología. Mientras Fouché se servía de la ideología para alcanzar sus fines. Veía más allá de ella y se adelantaba a sus ciclos. Fue lo que le permitió sobrevivir a cambios tan rápidos como letales e interpretar un papel importante en todos ellos. Mientras Rubalcaba no renuncia a su ideario incluso cuando no es el predominante, como demostró en su discurso de aceptación, del más rancio izquierdismo.

Pero hay una diferencia aún más notable entre ambos personajes: Fouché se cuidó muy bien de intentar asumir el papel de protagonista. Las razones no las sabemos. Tal vez se dio cuenta de que su físico no le ayudaba —ni los pintores de cámara lograron presentarle agraciadamente— a convertirse en «el número uno». Aunque yo prefiero la teoría de que era lo bastante inteligente para saber que el que llega a lo más alto, tarde o temprano, cae. Mientras el que se queda en segundo término, a ser posible en la sombra, permanece. Esto, unido a un conocimiento a fondo de lo que ocurría tanto en su propio país como en Europa —que en aquellos tiempos significaba el mundo— y un fino olfato para percibir el más ligero cambio del viento de la historia, le convirtieron en uno de los personajes claves de ella.

¡Qué diferencia con Alfredo Pérez Rubalcaba! Apuntada queda su condición de «socialista de toda la vida», al servicio del partido y su ideario, incluso en los momentos más bajos. De ahí que haya tenido tan buena acogida entre la militancia su mensaje de «recuperar la socialdemocracia», redistribuir la riqueza, restablecer el impuesto de patrimonio, obligar a los bancos a destinar parte de sus beneficios a crear puestos de trabajo y tasar las transacciones financieras internacionales. Que van justo en sentido contrario a lo que priva hoy en Europa y, diría, en el mundo. Si Fouché fue un hombre de Estado, Rubalcaba es un hombre de partido. Hombres de partido hay muchos. Hombres de Estado, muy pocos.

Tiene sin duda cualidades políticas importantes, que le han permitido hacer una carrera tan larga como exitosa. Es un hábil polemista en un país donde se discute a mamporrazos, un maestro en el regate corto, en la emboscada, en la escaramuza, en el golpe de mano, como demostró en la movilización contra las sedes del PP en las elecciones de 2004, en el caso Faisán que tan mal tenía —y sigue teniendo—, en dar carrete a los «indignados» o en elegir el 20 de noviembre para la fecha de las elecciones (¿hay alguien que duda que la fecha la eligió él?). Pero con maniobras de este tipo no se resuelven problemas como los que tenemos encima. Si Felipe González era un «encantador de serpientes» y Zapatero, un «vendedor de humo», Rubalcaba es un «alquimista» —a fin de cuentas, su profesión es la de químico—, un buscador de la piedra filosofal que convierte el plomo en oro. En su caso, trata de convertir los remedios de la derecha en izquierdistas. Nos tememos que, como ocurrió al que intenta suceder en el cargo, no lo consiga. Le sobra, como a aquél, manipulación, enredo, trapicheo y le faltan ideas amplias, horizontes lejanos, previsión de futuro. Corredor de distancias cortas —con una buena marca en los 100 metros en sus años universitarios— falla en las carreras de fondo. De haber tenido visión, se hubiera distanciado de Zapatero cuando éste se empeñó en negar la crisis y, sobre todo, cuando le obligaron a hacer lo que no era lo suyo. Aferrándose al poder, se ha contaminado de zapaterismo cuando el propio titular ha tirado la toalla. Suele ocurrir a los incapaces de renovarse a sí mismos. Algo fatal para quien aspira al máximo cargo, sobre todo en tiempos que van tan deprisa como los actuales.

La tarea que tiene ante sí recuerda los trabajos de Hércules. Con un partido hundido en las encuestas, un presidente desahuciado, una economía al borde del precipicio y una constelación internacional desfavorable, sus posibilidades de ganar las próximas elecciones son poco menos que nulas. Pero puede «ganar perdiendo», es decir, no sólo con una «derrota digna», sino también convirtiendo la derrota en victoria. Es, a todas luces, lo que pretende. ¿Cómo? Antes de nada, «salvar los muebles», recuperar a los socialistas que se quedaron en casa el último 22 de mayo. De ahí su programa de izquierda, no importa que choque con el programa del gobierno del que formaba parte y con las directrices que nos llegan de fuera. Unidos a los «indignados», le permitirían evitar el desastre: que el PP se alce con la mayoría absoluta. Y ya sobre esa plataforma, lanzar la contraofensiva: impedir a Rajoy que gobierne, aliándose con quien sea. Si Izquierda Unida se resiste a darle sus votos, siempre le quedarán los nacionalistas. Estos saben que tienen mucho más que ganar con el PSOE en el Gobierno, sobre todo con un PSOE tocado, que con el PP. Los nacionalistas no miran por los intereses de España, a la que se consideran ajenos, sino por los suyos y, en ese sentido, cuanto más débil sea España, más podrán sacarla, como ya le vienen sacando, con simples abstenciones en este agonizante Congreso.

Esas son las cuentas de Rubalcaba. Que no se conviertan en cuentas de la lechera dependerá, como en la fábula, de que no se rompa el cántaro de leche antes de llegar al mercado. Es decir, que las finanzas españolas no se vayan al traste por unas cuentas que tienen más de deseo que de realidad.

Pues el verdadero rival de Rubalcaba, el enemigo a batir, no es Rajoy, ni el PP. Es la lamentable situación en que ha dejado el Gobierno del que formaba parte la economía española, convirtiéndola en presa fácil para los especuladores internacionales y motivo de preocupación para los socios europeos. Es en ese terreno donde van a decidirse las próximas elecciones. Él, con esa visión restringida que tiene, sus prioridades ideológicas y su tendencia al regate corto, ha concentrado sus esfuerzos en batir al contrincante doméstico. Cuando el gran palo puede venirle de fuera. Lo malo es que va a venirle no sólo a él, sino a todos los españoles.

Rubalcaba dijo no hace mucho que tenía la solución para el paro, queriendo indicar la crisis. Posiblemente se trataba de una de esas mentiras electorales que se dicen sin ánimo de cumplir. Pero, en efecto, la tiene. Le bastaría con realizar las reformas que Zapatero prometió en el terreno laboral, empresarial, financiero, administrativo, y no ha terminado. Nada indica que esté dispuesto a hacerlas, empecinado en el error de aquél: querer hacer política de derechas desde la izquierda. Por más que se le manipule, el plomo sigue siendo plomo. Ahora, sólo le queda confiar en la mala memoria y la borrachera ideológica de los españoles.

Por José María Carrascal, periodista.

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