El americano feo

Ese fue el título de una exitosa novela de los sesenta, cuando Vietnam ya se había convertido en el sepulcro temporal de la virtud americana y los representantes del imperio del Atlántico Norte pisaban el mundo con la mezcla de arrogancia e ineptitud que para muchos ciudadanos en el ancho globo terráqueo justificaban lo que los politólogos del momento criticaban, o alababan, como antiamericanismo. Sin adjetivos era una simple constatación. Si se le añadía el de «primario», cobraba resonancias psicopatológicas, normalmente asociadas a la izquierda de obediencia moscovita. El feo del título era un diplomático americano destinado en un imaginario país del sudeste asiático que no por casualidad se parecía mucho a Vietnam y que adquiría el calificativo precisamente por el exceso de soberbia imperial y la consiguiente ignorancia sobre el entorno y sus exigencias.

Cada época de la posguerra ha tenido su correspondiente feo americano, en diversas dosis y raciones y según la perspectiva que se adoptara en función de las creencias y actitudes propias. Ronald Reagan fue el feo de la izquierda mundial, como más tarde lo sería George Bush hijo. Barack Obama contó con la antipatía generalizada de la derecha universal, sentimiento en el que la había precedido Jimmy Carter el breve. Pero feos o guapos, con sus aciertos y sus errores, los presidentes americanos que habitaron la Casa Blanca después de la II Guerra Mundial llegaron a tener un lugar de respeto en los libros de historia y en las memorias de las gentes. Porque todos y cada uno de ellos habían encarnado a su manera las convicciones y exigencias del internacionalismo liberal que desde Woodrow Wilson a Franklin Roosevelt había configurado la calidad del liderazgo consensual en el que habían confluido las democracias occidentales y envidiado o temido las que no lo eran.

El americano feoEl americano feo del tiempo presente se llama Donald Trump y ostenta características tan especiales y graves, dada la carga de poder que su función como presidente de los Estados Unidos comporta, que razones tienen en su país y en el ancho mundo aquellos que claman por su pronta remoción antes de que sus dislates distorsionen irremediablemente el funcionamiento de la secular democracia estadounidense y, con ello, alteren de forma radical los paradigmas internacionales de comportamiento vigentes durante los últimos setenta años.

Para los que alguna duda albergan todavía al respecto debería bastar lo ocurrido hace un mes durante el periplo que llevó a Trump a la OTAN en Bruselas, a la institucionalidad británica en Londres y a encontrarse en Helsinki con el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin. Nadie con una mediana información en los asuntos internacionales ignora ya en estos momentos que el presidente americano ha aprovechado el viaje para exigir de malas maneras a sus aliados en la Alianza Atlántica el cumplimiento de los mínimos de gasto defensivo que la organización viene recomendando a sus socios, amenazando con abandonar el grupo en caso contrario y recordando el carácter «obsoleto» que el hombre de negocios neoyorquino y hoy presidente concede a la acreditada sociedad de defensa mutua.

También en Bruselas, Trump calificó a la Unión Europea de «enemiga», mientras que en Londres sembraba la confusión al criticar acerbamente a la primer ministra May por sus gestión del Brexit en tanto que a las pocas horas, en uno más de sus habituales cambios de humor, negaba haber dicho tal cosa. Y en Helsinki, pocas horas después de que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos anunciara el procesamiento de doce agentes rusos de la inteligencia militar por haber participado en ataques cibernéticos contra los dispositivos electorales americanos, el presidente del país otorgaba públicamente más crédito a las negativas putinianas al respecto que a las certezas ofrecidas ahora, y ya desde hace tiempo, por las servicios americanos de seguridad.

El espectáculo ofrecido en Helsinki por Trump, obsesivamente inclinado a buscar el beneplácito del ruso, superó en indignación y estupor todo lo que el país y el mundo viene contemplando desde el momento en que contra todo pronóstico el constructor lograra hacerse con la Casa Blanca. Tanto como para que tirios y troyanos se pregunten ahora, ya de manera agónica, que es lo que en realidad posee el ruso sobre el americano. ¿Negocios, historias inconfesables, posesiones diabólicas? ¿Es Trump el «Manchurian Candidate» de la película, el agente ruso al servicio de Moscú desde la mansión ejecutiva?

No es Trump el primero en aparecer como espécimen nacionalpopulista en esta hora incierta en que pareciera como si los cambios de humor y condición en los electorados anunciaran la inmediatez de un cambio en el paradigma de los comportamientos mundiales. Y los ejemplos se multiplican, desde los propios británicos a los italianos, pasando por los húngaros, y los checos, y los eslovacos, y los polacos, y los mismos rusos, y los turcos, y algunos otros más. Pero el caso de un presidente americano conscientemente dedicado a destruir la solidez de sus alianzas y la contundencia de sus convicciones por el plato de lentejas de sus relaciones con los sátrapas de este mundo, sean rusos, chinos o norcoreanos, ha rebasado cualquier limite que la prudencia hubiera impuesto a los responsables de la cosa pública en cualquier lugar del planeta.

En el suyo, en los Estados Unidos, y entre sus propios y hasta ahora abochornados seguidores, se está imponiendo una terrible constatación: difícilmente el sistema podría soportar dos años más de Trump. Si el electorado le ofrece un segundo mandato, la delicada arquitectura constitucional quedaría hecha añicos. Y con ella violada la libertad de sus ciudadanos y sumida en el olvido la voluntad de concitar adhesiones en torno al Estado de Derecho, las libertades individuales y las convenciones internacionales. Y es que nunca un americano feo lo fue más que ahora. ¿O es esta quizás la señal que los europeos y tantos otros esperaban para hacerse cargo sin intermediarios de sus propios destinos? Ya lo decía la sabiduría popular: no hay bien que por mal no venga. Nunca se sabe.

Javier Rupérez es académico correspondiente a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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