El amigo, el hombre, el escritor

En primer lugar, quisiera hablar del amigo. Conocí a Baltasar cuando mi primera obra se tradujo y publicó en Barcelona. De eso hace más de veinte años. En seguida nos sentimos unidos por una estrecha afinidad. Simplemente porque la literatura es la patria donde se reconocen y frecuentan los amantes de la soledad y de la creación. Me acogió sin pedirme nada a cambio. Se había interesado por la promoción de mi novela El niño de arena y del premio Goncourt La noche sagrada.Por entonces trabajaba junto a Jordi Pujol. Me lo presentó y me facilitó poder entablar con el president un diálogo rico e interesante sobre Marruecos. Me enorgullecí de haber convencido a Jordi Pujol de que visitara Marruecos y desechara de su ánimo las ideas preconcebidas que ciertas voces transmitían sobre este país. Ahí estaba Baltasar, ya fuera a la vista o entre bastidores. El hecho de que fuera miembro del jurado del Premi Catalunya me facilitó esta relación privilegiada con el president Pujol. Y también, gracias a las iniciativas de Baltasar, fui recibido por el rey Juan Carlos, a quien ofrecí algunos libros míos en francés y en castellano. Volví a verle en diversas ocasiones y siempre en compañía de Baltasar, su amigo.

Baltasar, hombre reservado, sobrio y circunspecto en extremo, cultivaba sus amistades con notable fidelidad, generosidad y bondad. Cuando venía a París, su colaboradora Teresa me llamaba con mucha antelación para informarse de mi disponibilidad para almorzar o cenar con él y con Maria Àngels. En París solía reunirse con nuestros amigos comunes: Edgar Morin, Simon Nora y muchos otros intelectuales o personalidades políticas como Raymond Barre y Simone Veil.

Hombre fiel, cumplidor de su palabra, enérgico, Baltasar fue también un gran escritor. No me refiero a sus columnas diarias en este periódico, que todos sus lectores esperaban cada mañana: forman parte del paisaje catalán y mallorquín. Me refiero a sus novelas, de las que he leído todas las traducciones al francés. Tras leer Cavalls cap a la fosca recuerdo haber sostenido una conversación con Simon Nora, que me dijo: “Detrás del intelectual y del periodista, he descubierto a un hombre de poderosa imaginación, a un escritor dueño de un universo singularmente complejo y potente”. Era el otro rostro, el otro mundo de Baltasar.

El escritor fue asombroso y genial. Raramente he leído textos tan potentes con tramas que jalonan el argumento principal con soltura y talento. Soy el menos indicado para valorar el conjunto de su obra literaria, pero lo que he leído de ella en francés siempre me ha impresionado y ha dejado huella imborrable en mí, dejándome lleno de asombro, señal de que la literatura no tiene nada que ver con novelas rosa. Porcel va hasta el fondo, escudriña – como dice Balzac-su sociedad hasta el punto de construir el relato personal de una nación. Su obra, por tanto, nos relata Mallorca, Barcelona, Catalunya y, por extensión, toda España. El Mediterráneo se halla presente no sólo en sus pensamientos, sino también en su acción. Y, en este sentido, se trata de lo universal; es decir, de lo local sin las fronteras.

Recuerdo que cuando hablaba con él de su literatura, no decía gran cosa, no por timidez sino por pudor. Así son los grandes escritores; construyen una obra y no se detienen en una parte de lo que constituirá la gran morada de las palabras, la que Baltasar elaboró con paciencia, con pasión y, sobre todo, con humildad.

Les primaveres i les tardors (1986) empieza así: “La ventada de llebeig sacsava la nit, ample rugit intermitent, els arbres un invisible espasme”.Mallorca. El universo de Baltasar… Desde que decidió escribir, su noche fue una noche agitada. Baltasar capeó el temporal y descubrió la historia y sus secretos. El convite que aparece en esta novela es el de la vida, ese sueño donde la pesadilla se introduce por una hendidura. La función del escritor es invitarnos a este convite y echar por tierra, una a una, nuestras ilusiones por medio del genio y la fantasía. Y toda la obra de Baltasar Porcel nos inicia en la noche profunda, la larga e interminable noche en la que ninguna estrella tiene a bien iluminar el camino del hombre extraviado.

Así fue el amigo, el hombre y el escritor. Tres facetas de una misma complejidad, de una misma riqueza y de una humanidad sin fisuras, de una pieza, permanentemente al servicio del arte y del ser humano en su aspecto universal. Este ser sensible, amante del arte moderno, fue un gran viajero, un infatigable agrimensor del mundo, persona interesada en los demás; sus viajes no eran escapadas turísticas. Este viajero fue asimismo un gran lector. No hay gran escritor sin esta memoria viva de la lectura, de la frecuentación de los clásicos y también de los principiantes que un buen día pueden sorprendernos.

Baltasar fue un hombre atento al latido del mundo. Un hombre que trazó su senda prescindiendo de las modas, los escándalos y el revuelo baladí. Baltasar Porcel fue una persona a la que debo mucho, y no sólo en el plano literario. Su amistad fue de gran valor para mí.

Tahar ben Jelloun , escritor, miembro de la Academia Goncourt.  Traducción: José María Puig de la Bellacasa.