El Anacreonte de la guillotina

Cuando en la sesión de control del 22 de febrero Rajoy se revolvió contra Pablo Iglesias diciéndole “menos mal que usted no es Robespierre y esto no es la Convención porque tendríamos un problema”, no pude evitar el respingo de quien sabe de lo que se está hablando. Pablo Iglesias acababa de soltar la retahíla de miembros del PP implicados en casos de corrupción -incluido el aun presidente de Murcia Pedro Antonio Sánchez- y, efectivamente, si esa escena se hubiera desarrollado durante los meses de Germinal, Floreal, Prairial o Messidor del año II de la República, es decir en la primavera de 1794, los mencionados o simplemente aludidos habrían tenido un “problema” a la altura del nudo de la corbata. Pero si esa misma escena se hubiera desarrollado en Thermidor, es decir en julio de ese mismo año, el “problema” lo habrían tenido Iglesias y sus diputados más afines.

Saturno no hizo distinciones cuando comenzó a devorar a sus hijos. La práctica totalidad de los miembros de la Convención quedaron atrapados en la disyuntiva de guillotinar o ser guillotinados. La “cuchilla nacional” afeitó en su alféizar de hielo a Vergniaud y los mal llamados “girondinos”; a Hebert y los sans culottes más radicales; a Danton, Desmoulins y demás líderes indulgentes; a Herault de Seychelles, Fabre d’Eglantine, el español Guzmán y otros sospechosos de corrupción; pero también a Robespierre, su aniñado arcángel Saint-Just, su burócrata en silla de ruedas Couthon y un centenar de partidarios. Cuando pasaron todos los ciclones, sólo uno de los once miembros del temido Comité de Salud Pública siguió de pie, incólume, cual superviviente de un ataque nuclear.

Es cierto que fueron los jacobinos los que pusieron en marcha la máquina de picar carne y que en el ínterin había circulado aquella lámina de propaganda inglesa, titulada Robespierre guillotinando al verdugo después de haber guillotinado a todos los franceses, que yo mismo evoqué para describir la forma en que Iglesias golpeaba a Monedero por su izquierda y a Errejón por su derecha. Pero también es cierto que Robespierre pasó de un lado a otro de la ventanilla trágica sin solución de continuidad y eso dio alas al debate interminable sobre su compleja y acomplejada figura, reivindicada últimamente desde la izquierda, con cierta consistencia, por filósofos como Zizek e historiadores como Hervé Leuwers o Jean-Clement Martin.

De hecho, ahora que ha sustituido a Errejón por Irene Montero como su cara de plata más próxima y que el triunfo compartido en la Asamblea Ciudadana ha cimentado la lealtad de Echenique, no creo que la comparación con Robespierre le molestara nada a Iglesias. Más bien todo lo contrario, pues hace tiempo que se ha declarado émulo del sentido republicano de la virtud atribuido al “Incorruptible”, sin repudiar su expeditivo uso del terror.

A la vista de cómo ha actuado, según su patrón recurrente, en la crisis del gobierno de Murcia, casi podríamos decir que Rajoy tuvo suerte aquel día al hacer el paralelismo histórico en el último turno de palabra. Iglesias ha estudiado ese periodo y de haber hablado después, tal vez la referencia se hubiera vuelto como un bumerán contra el jefe del Gobierno, pues hay un personaje del momento cuyas hechuras y pauta de conducta se ciñen a las suyas como un anillo al dedo. Me refiero a ese único miembro del Comité de Salud Pública que llegó a octogenario. Me refiero a Bertrand Barère, bautizado por un oscuro compañero de la cámara como El Anacreonte de la guillotina, por la jovialidad con que acompañaba a sus más próximos hasta su destino fatal, saltando siempre justo a tiempo de la carreta.

Barère, como Rajoy, era un orador más ingenioso que brillante pero, al modo del poeta griego, adornaba sus discursos con píldoras amables y acordes festivos que ayudaban a pasar los trances más amargos. Barère, como Rajoy, tenía vínculos políticos y familiares con el antiguo régimen pero fue un maestro en el arte de acudir en auxilio del bando vencedor, camuflando su ideología bajo una disposición servicial y diligente hasta que llegó a la cima. Barère, como Rajoy, era un dirigente más astuto que capaz, especializado en ponerse de perfil y confundirse con el paisaje, manteniendo expeditas todas las vías de escape mientras se decantaba una disputa. Barére, como Rajoy, fue un superviviente nato que, a base de traicionar a unos y otros, fue dejando los cadáveres de sus amigos y asociados políticos en la cuneta de su cursus honorum.

Su biógrafo Robert Launay ha explicado que “su instinto no le predisponía al furor del crimen pues su temperamento era el de un moderado” pero la necesidad de “triunfar y sobrevivir” hizo que “sus metamorfosis fueran legendarias”. Como “no tenía el don de la previsión”, se aferraba a una técnica recurrente: “cada vez que se desencadenaba una crisis, proponía soluciones a medias, dejando todas las puertas de salida abiertas”. Incluso se jactaba cínicamente de que “quienes se pierden son los que caminan en línea recta”. Por eso Taine escribió que “nunca hubo hombre menos obstaculizado por su conciencia porque tenía muchas: la de anteayer, la de ayer, la de hoy, la de mañana, la de pasado mañana…”

Por eso la pretendida “previsibilidad” de Rajoy ha terminado manifestándose una y otra vez en su inconsistencia, en su facilidad para sostener algo y pasar a lo contrario sin despeinarse, según soplara el viento. La caída de Pedro Antonio Sánchez obedece, de hecho, a una dinámica idéntica a la que vivieron Paco Camps, Ana Mato, Rita Barberá o José Manuel Soria: primero apoyo incondicional encomiástico, después tibieza al albur de los acontecimientos, finalmente abandono entre zalemas.

Tan defendible o indefendible era mantener al presidente murciano investigado sólo por el juez del caso Auditorio, que investigado además por el juez del caso Púnica. Lo que ha desencadenado la nueva transformación de Rajoy ha sido la firmeza de Ciudadanos al colocar el dedo en el gatillo de la moción de censura. Cuando el mecanismo parecía a punto de ser activado, Rajoy miró a los ojos a Rivera y al notar que no parpadeaba, entregó con pulcritud la cabeza reclamada. No era cuestión de perder el poder en Murcia.

Rajoy te defiende hasta que deja de defenderte. El único intocable es él. En el PP ya nadie se llama a engaño, excepto ese señor de Murcia que al parecer se siente muy reconfortado porque le permitan conservar -ya veremos hasta cuando- el liderazgo regional y el escaño. Incluso cree que el amigo al que han puesto en su lugar le guardará el sitio, a la espera de que escampe y él pueda regresar cual MacArthur de Puerto Lumbreras.

No es por amargarle el fin de semana a Pedro Antonio Sánchez, pero conviene recordar lo que Rajoy dijo de Camps cuando su enviado a Valencia le convenció de que dimitiera, igual que ahora le ha convencido a él -Trillo rima con Maíllo- su enviado a Murcia. “Cuando hay que tomar decisiones muy difíciles es cuando hay que dar la talla, es dónde se conoce a la gente, y ahí es dónde hemos conocido a Francisco Camps”, declamó Anacreonte en julio de 2011. “Ha actuado con grandeza y tiene futuro donde quiera, en la vida pública y privada”. Seis años después, pese a haber sido absuelto por la justicia, Camps sigue fuera de la política y pocos le saludan por la calle; pero Rajoy llegó a la Moncloa y de ahí no hay quien le saque.

Entre Rufián y Podemos se lo están poniendo fácil. Al menos hasta que el PSOE comparezca con un paladín, a Rajoy le basta aparentar que nunca se comportará como ellos, en el bien entendido de que los modales son el espejo del alma. Pero mientras planea sobre nosotros la fantasía de que la incontinencia asesina, la nicturia homicida de los emperadores romanos será una broma el día que gobierne Pablo Iglesias, la realidad es que donde ya no cabe un nicho más es en el cementerio de los cien negritos. Y es que si bien lord Macaulay exageraba al presentar a Bertrand Barère como el epítome de la “depravación universal”, sus contemporáneos nunca debieron olvidar la advertencia de su compañero en la Convención, el diputado Courtois, cuando dijo que “siempre llevaba la miel en los labios y la navaja en la cintura”.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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