El ángel exterminador

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política (EL PAÍS, 20/07/05).

La imagen del ángel exterminador puede muy bien servir de emblema bifronte a la situación que vivimos hoy, a partir de los atentados de Londres. Una cara, la principal, concierne a la actuación implacable de una fuerza de origen religioso que castiga a escala mundial a los enemigos de la fe supuestamente verdadera, utilizando como embajadores de la muerte a hombres de todo tipo y condición, a quienes une la comunidad de creencias. La otra bien distinta, pero en modo alguno irrelevante en nuestro país, lleva una banda sobre los ojos, como en las representaciones de la sinagoga por la iconografía medieval. Su ceguera es incomprensiblemente voluntaria y la referencia al ángel exterminador tiene como base la conocida película de Luis Buñuel, en la cual una serie de personajes se sienten encerrados en una habitación cuya puerta está abierta. En otro tipo de situaciones, semejante actitud, exhibida por especialistas y líderes de opinión en el tema, carecería de importancia. Pero aquí se trata de un proceso que tal vez acaba de empezar y en el que están en juego muchas vidas, y aun el curso de la historia en el nuevo siglo. A partir de la declaración de Bin Laden en nombre de Al Qaeda, lo que está en marcha es una nueva guerra mundial de tipo radicalmente nuevo (por los medios) y al mismo tiempo arcaico (por los fines), declarada por el integrismo islámico contra Occidente, y cuyo resultado favorable depende precisamente de no dejarse envolver como hizo Bush en la lógica de guerra, sin tampoco olvidar la entidad de la amenaza. No es, pues, cosa de permanecer en silencio ante aquellas interpretaciones insuficientes o deliberadamente engañosas que hasta la fecha vienen bloqueando entre nosotros tanto los mecanismos de elección racional en el plano político, como la información adecuada de la opinión pública.

En el mejor de los casos, cabe observar una inhibición ampliamente difundida a la hora de encarar la dimensión religiosa, no sólo del terrorismo del 7 de julio, sino de cualquier acontecimiento político que concierne al mundo musulmán. A veces se trata de una ausencia subsanable en el marco de una visión de conjunto, pero ausencia al fin. Recordemos el extenso artículo de Juan Luis Cebrián en estas mismas páginas, escrito como comentario de urgencia de los sucesos, casi “bajo las bombas”. Los distintos elementos que podían contribuir a explicar lo ocurrido estaban ahí, sin olvidar lógicamente a Al Qaeda en condición de protagonista trágico del “terror global”, con la “alianza de civilizaciones” como cauce de solución. La dimensión islamista de ese “terror global” era sin embargo omitida, si bien la centralidad de Al Qaeda en el relato cubría hasta cierto punto ese flanco. Hay, sin embargo, ocasiones en que la reserva a la hora de hablar de lo que se tiene que hablar hace que todo valor explicativo se esfume y el análisis del o de los especialistas se vuelva ininteligible. Tal fue el caso del debate poselectoral organizado por Gabilondo en torno a Irán en la SER. Por mucho que el periodista vasco se empeñaba en introducir el componente religioso que, como todo el mundo sabe, es el núcleo del poder político en la República de los ayatolás, los interpelados buscaban una y otra vez refugio en los eufemismos de intención justificatoria. El ultra victorioso Ahmadineyad se convertía en “conservador”, el guía de la revolución en “guía espiritual” y si los reformadores fracasaron fue porque “habían sido incapaces” de implementar sus reformas. Ni una sola referencia a los poderes fácticos que desde el líder supremo Jamenei y el Consejo de Vigilancia yugularon toda posibilidad de avance del proceso democrático, desde 2000 a 2004 (eliminación de candidatos reformadores). Tan tranquilos, los comentaristas llegaron a convalidar el carácter democrático de las elecciones iraníes -como si la eliminación previa de candidatos no lo desmintiera-, comparándolas uno incluso a las norteamericanas e israelíes. Y del poder de los ayatolás, ni palabra. Todo era un juego entre “conservadores” y “reformadores” voluntariamente abstenidos. Mayor falseamiento de una realidad política es difícil de alcanzar.

Los juicios han de ser duros, porque la realidad lo exige. Hay que atender, aunque sea para refutarla, a la recurrente profesión de fe salafista de los actores del terror, desde líderes tales como Bin Laden, al-Zahuahiri y al-Zarqaui, a los verdugos de base que ponen las bombas. Algo tendrá que ver la concepción integrista del islam, si todos los actores la evocan y a ella ajustan puntualmente sus comportamientos. Y algo de riesgo representará para Occidente que, a pesar de sus poderes limitados, un enemigo del terror y partidario del “diálogo entre las civilizaciones” sea sustituido en la presidencia de Irán por un jomeinista a ultranza, por añadidura de pasado bien elocuente y que llegada una crisis previsiblemente no dudaría en utilizar sus recursos nucleares en nombre de la causa de Alá contra Israel. La omisión forzada del componente religioso-político del actual terrorismo imperante conduce ni más ni menos que a una impotencia total para afrontar un fenómeno de tanta gravedad. Si de veras queremos que el terrorismo islámico no impida la integración de los colectivos de inmigrantes musulmanes en nuestras sociedades, al crearse un ambiente de xenofobia contra los mismos, conviene proceder a la separación del trigo y de la cizaña, al mismo tiempo que de acuerdo con la triste experiencia de Londonistan sean cerrados los caminos ideológico-religiosos que llevan a la formación de grupos de creyentes como el de Leeds, dispuestos a formar parte de minorías activas practicantes de la yihad en sus sociedades de residencia.

Ante todo, resulta preciso deshacer la amalgama reduccionista en que viene refugiándose cierta opinión de izquierda, que salta por encima del componente religioso del terror, denunciando de paso la “islamofobia” de quienes lo reconocen, para aplicar como a modo de antídoto un marxismo a la violeta en nombre del cual contemplan el terror como simple efecto de la injusticia con que Occidente se comporta en el marco de la globalización. Una viñeta de Máximo resumió de modo inmejorable tal enfoque: “Los pobres pasan hambre en Kabul y ponen bombas en Madrid”. Los escritos de nuestra más prolífica analista del tema proporcionan un desarrollo muy satisfactorio de tal planteamiento. El componente islámico no entra para nada: “La fuente principal de su potencial y peligrosísimo poder reside en el sufrimiento y experiencia de injusticia que de manera intensiva padecen muchos ciudadanos en los países árabes e islámicos”. Además, esos “ciudadanos” aspiran “desesperadamente” a disfrutar de los valores de Occidente en cuanto a libertades. Queda muy bien. La culpa es de Bush y de Occidente. La salida es la “reconciliación moral y ética” que el culpable Occidente pondría en marcha, y nunca medidas represivas que incorporan “un exceso de celo policial”: democraticemos el mundo árabe, tal es la solución. El problema del terrorismo islámico en cuanto tal ha sido borrado. Podemos respirar tranquilos, ya que a fin de cuentas los atentados tipo 11-M o 7-J son espectaculares y causan muchas muertes, pero por su ritmo proporcionan un riesgo escaso a escala individual. La mala conciencia sirve además como sedante.

El problema reside en que las anteriores piezas del puzzle pseudoprogresista, o encierran una falsedad manifiesta, o están mal engarzadas, sin el menor esfuerzo para ponderar la importancia de cada una y establecer las relaciones de causalidad. Es cierto que la globalización genera desigualdad y pobreza; sólo que el factor económico no es la causa del integrismo. Ni los terroristas de Leeds, ni el opulento Bin Laden, ni los fundadores doctrinales del moderno integrismo radical, el Maududi que aparece con todo su despliegue de violencia predicando la sharía en El silencio del agua, o el egipcio Sayyed Qutb, mentor teórico del médico al-Zahuahiri, número dos de Al Qaeda, tuvieron ni tienen nada que ver en su origen ni en sus intenciones con la causa de los musulmanes pobres. Podemos, eso sí, pensar en términos religiosos nosotros también, que los atentados son el azote de Dios, o de Alá, contra los países ricos por sus pecados, pero de cara al análisis, tal proposición es radicalmente falsa. La mención del ansia democrática, salvo para las élites intelectuales, se inscribe ya en el plano del discurso surrealista. Otra cosa es el deseo de destruir los poderes autoritarios hoy existentes. El discurso del islamismo antisistémico es siempre visceralmente antidemocrático: la soberanía del hombre constituye la mayor afrenta a la de Alá. Además, las raíces doctrinales del terrorismo salafí, con su vocación de recuperar la edad de oro del Profeta, actualizando además los métodos guerreros de éste, están ahí en todos los escritos y en todas las declaraciones a disposición de quien no desee practicar la ceguera voluntaria y confundir a la opinión pública. No fue la represión sufrida, sino el rechazo radical de fundamento religioso contra la sociedad occidental en que vivían, lo que estuvo en la base de la acción criminal del 7 de julio. Ciertamente, la política de Bush y de Blair ha entrado en escena, radicalizando hasta la exasperación y hasta límites desconocidos, a los sectores sociales ganados por el integrismo. Irak no generó Al Qaeda. Ésta hubiera seguido actuando con Sadam Husein en el poder. Pero la invasión tendrá una incidencia catastrófica sobre la mentalidad de los creyentes. No se trata, pues, de angelizar a Occidente; sólo de poner cada cosa en su sitio.

Hay, en fin, que aprender de los errores de la política británica, no por el multiculturalismo, sino por la increíble permisividad hacia la propaganda y las organizaciones islamistas propensas al terror. Se lo recordó Sarkozy a Blair, y también desde aquí deberíamos recordar que a Garzón le fue negada desde Londres la extradición de Abu-Qutada, el “jefe espiritual” de Al Qaeda en Europa. La divisoria es clara: la fe musulmana no conlleva la violencia; su deriva hacia la yihad y la discriminación de la mujer, sí. Un mayor control de mensajes y organizaciones resulta imprescindible, así como una política de integración efectiva y de rechazo de la xenofobia. Y no menos imprescindible resultan la búsqueda de la comprensión de un fenómeno tan claramente religioso-político y la disipación de aquellas cortinas de humo que intentan ocultarlo.