El año de la desconfianza

El 2010 habrá sido el año de la desconfianza en el euro. Durante el invierno no se quiso ver las orejas del lobo y se dejó que la crisis griega contagiara a otros países. Una respuesta contundente de la UE hubiera evitado que el problema de Grecia -menos del 3 % del PIB europeo- se convirtiese en un problema para el euro. Pero los gobiernos, condicionados por la actitud alemana de castigar a los que habían incumplido las reglas antes de ayudarles, se dedicaron a jugar al póquer con los mercados, con amenazas de intervención que ellos mismos se encargaban de desacreditar .

En la primavera, los gobiernos ya habían perdido la partida frente a los mercados. La especulación hacía imposible financiar el déficit griego, y Portugal, Irlanda y España estaban en el punto de mira. Llegamos al dramático fin de semana del 9 de mayo, por ironía del destino el Día de Europa, con la decisión de última hora de crear un fondo europeo de rescate (European Finantial Stability Facility, EFSF) de 750.000 millones para evitar el colapso de Grecia y una oleada especulativa contra el euro.

Después de meses de dilaciones y contradicciones, la decisión fue tomada literalmente contrarreloj, antes de que abriesen los mercados financieros en Tokio. Mejor tarde que nunca para consolarnos, pero aunque el EFSF haya sido un paso de gigante, impensable unos meses atrás, lo cierto es que el ritmo y los procesos de decisión europeos alimentaron la crisis en vez de detenerla .

Si la primavera fue mala, el otoño ha sido peor. Después de Grecia, Irlanda. Y la reacción de los mercados al plan de ayuda a Irlanda a través del EFSF demuestra que el problema no es la situación de un pequeño país, sino que es más de fondo. Hay que analizar seriamente por qué las decisiones de la UE no han convencido a los mercados sobre la viabilidad del euro. Y qué habría que hacer para salir de una situación en la que los países pueden caer uno tras otro empujándose como fichas de dominó.

De momento, la respuesta básica es el rigor presupuestario, que se ha impuesto en toda Europa para satisfacer las exigencias de los mercados. «Hay que calmar a los mercados», decía Trichet en su reciente visita al Banco de España, como argumento inapelable que justificaba el retraso en la edad de jubilación. Esta frase la repiten los responsables políticos europeos y nacionales como si los mercados fuesen una especie de cruel divinidad a la que hay que ofrecer sacrificios continuamente. Pero esos sacrificios tienen un efecto cada vez más corto, como ilustran el caso español e irlandés.

El invierno nos ha traído la última respuesta: la creación por el Consejo Europeo de un mecanismo permanente para hacer frente a las crisis de los estados miembros (European Stability Mechanism, ESM) que entrará en vigor cuando el EFSF caduque en el 2013. Para ello hará falta una reforma menor del recién estrenado Tratado de Lisboa, que se ratificará a finales del 2012.

Una vez más, la decisión viene acompañada de las contundentes declaraciones acerca de la inquebrantable voluntad de hacer lo que haga falta para salvaguardar el euro. Pero también una vez más parece que Europa hace demasiado poco y tarde, o por lo menos no lo suficiente y demasiado despacio. En todo caso, más despacio que los mercados .

El paso del EFSF al ESM es sin duda una mejora, aunque lo permanente parece ser la crisis más que el mecanismo. Pero mucho me temo que no será suficiente para vencer la desconfianza sobre el euro que se ha instalado en los mercados, alimentada por poderosos intereses.

Para vencerla de verdad haría falta la creación de los eurobonos, como ha propuesto el presidente del Eurogrupo, Jean Claude Juncker, y que ha sido tajantemente rechazada por Alemania. Solo así los países en dificultades podrán financiarse a tipos razonables. Se dice que Irlanda o Grecia son insolventes, pero si Alemania tuviese que financiar su deuda al 9 % también lo sería.

Es imprescindible ampliar la cooperación macroeconómica para reducir las diferencias de competitividad, el verdadero problema, pero sin reducir al mínimo común denominador los derechos sociales.

Hace falta también un verdadero presupuesto europeo, hoy limitado al 1 % del PIB. Para ello hay que dar a la UE un sistema de recursos propios que financie las políticas comunes adecuadas para corregir de forma positiva las diferencias de competitividad. Hoy, todo el esfuerzo de solidaridad a través del presupuesto comunitario es del orden de 40.000 millones de euros, más o menos lo que la UE va a inyectar en los bancos irlandeses.

Y, finalmente, hay que limitar las posibilidades de la especulación contra las deudas públicas europeas. Para ello el BCE debe intervenir comprando deuda pública, como hace la Reserva Federal de EEUU, y se deben prohibir operaciones de venta a descubierto, que generan un pozo sin fondo que ningún instrumento de rescate puede tapar.

Un vasto programa para el próximo año, pero el necesario para vencer la desconfianza en el euro y evitar males mayores a la economía y la sociedad europeas.

Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *