El año del malestar

Uno de los rasgos más sorprendentes del 2019 han sido los movimientos sociales. En Hong Kong, India Francia, España, República Checa, Argelia, Irán, Irak, Líbano, Libia, Malta, Bolivia, Colombia, Ecuador… los ciudadanos se arremolinaron en torno a múltiples demandas –medioambientales, feministas, culturales…– prescindiendo de los canales institucionales. Y, como el tiempo cronológico suele no coincidir con lo que podríamos llamar el tiempo social –los ritmos de los años son distintos a los ritmos de la vivencia ciudadana–, lo más probable es que esas protestas sigan a lo largo de este 2020.

Es hora pues de preguntarse cuáles son sus características.

Por supuesto, las circunstancias que desatan las protestas cambian notablemente de unos lugares a otros –son bien distintas las demandas en Hong Kong, en Santiago de Chile, en Barcelona o en Irak–, pero los movimientos que reaccionan ante ellas han de poseer algunos rasgos en común. ¿Qué dice la literatura especializada sobre este tipo de movilizaciones y lo que las estimula? Vale la pena comenzar dando un vistazo a lo que dicen los economistas.

Los movimientos sociales, observaron, deben afrontar el mismo problema del Estado. Éste debe proveer bienes públicos; pero como éstos beneficiaran a todos, tanto a quienes pagan por ellos como a quienes no, la racionalidad aconseja a las personas no pagar, esperando que sean otros los que lo hagan. Los movimientos sociales enfrentan el mismo problema. Promueven mejoras para todos y, siendo así, parece mejor que los demás hagan el esfuerzo y que uno espere obtener los beneficios a costo cero. Pero no ocurre así y la gente se moviliza ¿Por qué? Al igual que el Estado, como dijo Mancur Olson, los movimientos cuentan con incentivos negativos. Así como el Estado cuenta con la coacción para extraer rentas de los ciudadanos, los movimientos cuentan con múltiples medidas: desde las amenazas directas en las asambleas a las sanciones reputacionales en las redes para impulsar a movilizarse.

Hay también factores emocionales que contribuyen al éxito de las protestas. Las sociedades que mejoran el bienestar material lo hacen al precio de una eficiencia más bien inhóspita. Los vínculos sociales y comunitarios que aligeran la vida y protegen en los momentos de soledad e infortunio –desde el barrio, a la iglesia y la familia– se debilitan. Y entonces la protesta brinda la gratificación emocional de formar parte de un colectivo, de sentir siquiera por momentos que no se es parte de una muchedumbre de individuos. Tal vez por eso los movimientos de protesta usan formas escénicas, altamente teatrales, a veces carnavalescas, que proveen mecanismos muy eficaces de identificación (como la canción creada por feministas chilenas cuyo coro repite, señalando con el índice, «¡el violador eres tú!»).

Esas formas teatrales –el uso de performances– se relaciona con el contenido altamente simbólico y cultural de la protesta contemporánea. Las protestas meramente reivindicativas de índole material han cedido el paso a luchas por el significado. El reclamo de la vivienda propia que se ve en las calles de Madrid sigue existiendo, pero prevalecen las disputas de género, medioambientales, educacionales y, en general, simbólicas.

Uno de quienes advirtió esa particular índole de las protestas fue Alberto Melucci. Las sociedades contemporáneas, explica el sociólogo italiano, son sociedades complejas en las que la producción material cede el paso a la producción de signos y relaciones sociales. En este tipo de sociedades, el poder se difumina y se oculta en códigos de interacción. Uno de los efectos sistémicos de los movimientos sociales es aumentar la visibilidad del poder; la paradoja en la que se envuelven las sociedades complejas es que estimulan la diferenciación y la individuación pero no pueden renunciar al control en diversos ámbitos de la vida cotidiana. Todo esto explicaría que los movimientos sociales se produzcan en especial en aquellas áreas del sistema –como la educación– que son cruciales para la producción de información y la elaboración de contenidos simbólicos y en las que, al mismo tiempo, existe una fuerte presión hacia la conformidad. Por eso, explica Melucci, los primeros en movilizarse son los grupos más afectados por las prácticas sociales donde se forman significados.

Así, los nuevos movimientos sociales ni son expresiones patológicas del orden ni la simple expresión de intereses de clases (como suele vérseles por el marxismo). Se trataría de disputas por el sentido.

Habermas –de amplia influencia en la izquierda contemporánea– observó lo mismo. El creador de la teoría de la acción comunicativa, subrayó a comienzos de la década de los 80 que este tipo de movimientos no estaban animados sólo por propósitos redistributivos de índole material. Por lo mismo, no podían ser canalizados a través del sistema de partidos o mediante las políticas propias del Estado de bienestar (que en los 80 seguía en pie). En cambio, dijo, estos movimientos promueven asuntos relativos a lo que llamó «las gramáticas de las formas de vida», poseen un acento más bien cultural que reivindicativo. Alain Touraine coincidió con Habermas.

Estos autores pensaron que uno de los rasgos de las sociedades que se modernizan y mejoran las condiciones de su vida material es que establecen una contradicción entre un sistema que para alcanzar el bienestar requiere ser cada vez más técnico y desarrollar distintas formas de control, y una cultura que estimula la individualización, la definición libre del propio estilo de vida, la autonomía.

Los habitantes de las sociedades contemporáneas vivirían tironeados por expectativas inconsistentes y esa inconsistencia (más aguda en las nuevas generaciones) alimentaría la protesta. Ello explicaría que la protesta casi siempre conlleva demandas por controlar la propia vida, por ejercer la autonomía individual y colectiva y desde luego la creencia que si eso se alcanza nada del bienestar se perderá.

Por eso cuando algunas de las demandas (del todo justificadas desde el punto de vista meramente moral) se satisfagan, el combustible del malestar seguirá allí.

Porque su origen es una vieja pretensión de los seres humanos: la de que uno puede llevar la parte buena de las cosas, desechando la mala.

Carlos Peña es rector de la Universidad Diego Portales. Ha publicado, entre otros libros, Lo que el dinero sí puede comprar (Madrid: Ed. Taurus, 2018).

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