El antisemitismo hace 60 años y ahora

Por  Yaacov Cohen, ex embajador de Israel en España (EL PAIS, 19/11/03):

Tenía yo 13 años cuando un oficial nazi alemán, ayudado por colaboracionistas polacos y ucranianos, asesinó a mis padres. Ocurrió el 8 de diciembre de 1943 en una localidad de la Galitzia Oriental. A mis padres les dispararon en la nuca, pero conmigo, por ser pequeño, no gastaron balas. Me golpearon e hirieron como si yo fuera un saco de entrenamiento y todavía tengo cicatrices de las bayonetas alemanas en todo el cuerpo. Cuando se marcharon me levanté. Mis padres yacían inertes. Guiado por el instinto de conservación, me dirigí a un lugar donde sabía que encontraría algunos familiares. Era una noche oscura y fría, con temperaturas bajo cero. Nevaba. Corrí descalzo. Mis familiares curaron mis heridas y compartieron conmigo la escasa comida que tenían. Durante meses no comí ni bebí nada caliente. Seguí viviendo, escondiéndome en las montañas y los bosques, hasta la llegada del Ejército Rojo, en abril de 1944.

Nunca regresé al lugar donde nací, el hogar de mis antepasados durante más de mil años. Lo único que quedó de todo aquello para mí es el horror de lo ocurrido. Nunca quise regresar, ni mirar hacia atrás, ni guardar la llave de mi casa, para no enfrentarme con una sociedad y un entorno que, con pocas excepciones activas y pasivas, fueron autores y cómplices del dolor y la destrucción de mi pueblo.

Cuando nací me pusieron de nombre Konrad, figura mitológica en la cultura germano-polaca, y mi apellido es Cohen, que en castellano significa sacerdote. Adopté el nombre de mi padre, Yaacov, para honrar su memoria. Con ello también cortaba simbólicamente los lazos con la cultura germano-polaca, en la que mi padre había empezado a educarme y formarme.

Después de la guerra, y guiado más por el instinto que por la razón, decidí dejar la Europa de la persecución y la muerte para tratar de iniciar una nueva vida en un Estado judío, que por entonces era todavía un sueño. Odiaba al fascismo y a todo tipo de dictadura, y desconfiaba del comunismo que comenzaba a imponerse en Europa Oriental. Así emprendí solo el camino hacia Israel, a través de Polonia, Austria, Alemania y Francia, donde zarpamos de Marsella, en un barco de huérfanos.

Sobrevivir el Holocausto y vivir día tras día en la lucha por la supervivencia de Israel, ha marcado decididamente mi visión del mundo. Por ello me permito apuntar algunas de mis opiniones y reflexiones en torno al problema del antisemitismo, 60 años después de Auschwitz.

En la Europa medieval fuimos objeto de un ciego antijudaísmo, de persecuciones y revueltas, instigadas por el clero y la nobleza, acompañadas o no de falsas acusaciones, pero que siempre significaban muerte y destrucción para los judíos, de las conversiones forzosas y las atroces persecuciones en España en 1391, de los horrores de la Inquisición en España, y la implacable persecución a los conversos sospechosos de criptojudaísmo, que estigmatizó durante siglos a los descendientes de judíos (aún perduran celebraciones y actos religiosos en los que se repiten historias y frases de marcado carácter antijudío), hasta la expulsión en 1492 de la población judía de España, la mayor de Europa en aquel entonces, y más tarde de Portugal. La Edad Moderna está también marcada por las expulsiones y las persecuciones en Europa.

Dos mil años de prédica de desprecio al judío desde el púlpito, calumnias de toda índole, instrumentalización política y social del odio a lo diferente y teorías pseudocientíficas para demostrar la desigualdad racial obnubilaron la razón y los sentimientos de las sociedades europeas, que acabaron por considerar normal, una generación tras otra, las conversiones forzosas, el confinamiento en guetos, las expulsiones y el asesinato de ancianos, mujeres y niños. El exterminio perpetrado por la Alemania de Hitler, con la ayuda y complicidad de otros pueblos, sociedades y naciones, fue posible por el arraigo de los sentimientos antijudíos. Las puertas de los países libres y neutrales de Europa y del resto del mundo permanecieron prácticamente cerradas para los refugiados que trataban de huir de la barbarie.

Al cabo de 60 años sigo preguntándome como entonces: ¿por qué los países libres y neutrales se negaron a acoger a los refugiados?, ¿por qué los aliados no bombardearon los campos de exterminio o las vías de acceso a ellos?

En Francia, Bélgica, Rusia, Alemania y España vuelven a resonar los mismos gritos de odio e intolerancia que cundieron por Europa hace 60 años. Hoy, seis décadas después de Auschwitz, se difunde en los medios de comunicación y en las universidades la negación del Holocausto judío. Apenas 60 años después del peor desastre que vivió Europa, resurgen vigorosos los mismos sentimientos que hicieron posible tanta muerte y tanto dolor: el antijudaísmo exacerbado, la xenofobia, el racismo, el antisionismo, el odio al otro. Sí, de acuerdo, esas voces son de una minoría, como lo eran las de los nazis hasta que accedieron al poder por vías absolutamente legales.

Es imprescindible que en las naciones democráticas los jóvenes conozcan las consecuencias nefastas de las ideologías del odio y sean conscientes de los peligros que acechan en doctrinas como las que llevaron a la Alemania “civilizada” de Goethe, Beethoven y Schiller, y a la Polonia de Sienkiewicz y Chopin, a Auschwitz. Es necesario que los gobiernos de Europa Central y Occidental, donde han resurgido con más fuerza los grupos antijudíos, constituidos a veces por personas que ni siquiera han visto un judío en su vida, se den cuenta de su deber de combatir, mediante la educación y la ley, los brotes de radicalismo y extremismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, al revelarse el horror del Holocausto, las ideas antisemitas/antijudías quedaron por un tiempo deslegitimadas en Europa. Sin embargo, no pocos en la izquierda y en los sectores “progresistas” europeos adoptaron las doctrinas antisionistas difundidas por los comunistas de Stalin y por los árabes. Los antisionistas de hoy recurren a los mismos argumentos de los antisemitas de ayer y de los integristas islámicos: el Estado de Israel no tiene derecho a la existencia, cualquier decisión de su Gobierno es intrínsecamente mala. La defensa a ultranza de la causa palestina, una de las banderas de la izquierda en las últimas décadas, acabó por legitimar el asesinato de niños, ancianos y mujeres judíos e israelíes a manos del terrorismo palestino denominado resistencia. Sión, una de las colinas que rodean a Jerusalén, le da el nombre al movimiento nacional judío, el sionismo, cuya única meta era y sigue siendo tener una patria para vivir en paz. Quienes cuestionan el derecho de Israel a la existencia, quienes equiparan el sionismo al racismo y consideran legítimo poner una bomba en un autobús, un restaurante, una sinagoga o una escuela de niños judíos, quienes llaman guerrilleros, miembros de la resistencia y kamikazes a los terroristas, esconden bajo su antisionismo de hoy al antisemitismo de ayer. Los antisemitas transfieren hoy el antiguo odio al judío individual al ente colectivo judío, representado por el Estado de Israel.

Toda ideología que se nutra del asesinato de inocentes debe ser repudiada. Ninguna aspiración política puede justificar que alguien se suicide con una bomba acercándose al cochecito de un bebé, con el objeto de matarlo junto con sus padres y pequeños hermanos y hermanas. Esto es exactamente lo que hizo Hanadi Tayssir Jaradat, en vísperas de Yom Kippur de 2003. Ella aniquiló familias enteras, con niños pequeños, por ser judíos y en nombre de la ideología de odio que le inculcaron en la universidad, una institución que cuenta, entre otras fuentes, con el apoyo financiero de la UE y del Gobierno español. La ideología nazi que otorgó legitimidad al exterminio de un millón de niños por ser judíos es la misma que impera en las escuelas, las universidades y las calles palestinas, y no sólo en el seno de las organizaciones terroristas que se enorgullecen de haber iniciado la ola de secuestros de aviones de pasajeros y ataques suicidas con fines ideológicos, y de haber inculcado esos “valores” a las masas musulmanas.

Los países europeos que en los organismos de la ONU apoyan las resoluciones que emanan del odio árabe palestino contra el Estado judío, los órganos de la prensa que sirven de tribuna para que reconocidos antisemitas se ensañen contra todo lo judío colectivamente, contribuyen conscientemente a los esfuerzos tendentes a negar la legitimidad del Estado de Israel y a fomentar la ilusión palestina y árabe de destruirlo por medio del terrorismo y el crecimiento demográfico, para finalmente cumplir sus expresos designios de arrojar al mar a los seis millones de judíos que allí viven.

El propósito de los antisionistas de hoy, amparados en la defensa de los derechos humanos del pueblo palestino, no es otro que el que tenían los antisemitas de hace 60 años, exterminar todo lo colectivamente judío, como lo intentaron sus predecesores al matar seis millones de personas judías, entre ellas un millón de niños que perecieron en suelo europeo bajo la mirada tolerante de estados y pueblos “civilizados”.

En la vanguardia oficial de los ataques frontales contra los judíos se encuentran hoy los representantes de la corriente del centro, vista como moderada, del Islam. Basta con leer la diatriba del primer ministro de Malaysia, Mahathir Mohamad, que inauguró la LVII reunión cumbre de líderes islámicos celebrada en su país en octubre de 2003 declarando que: “los judíos fueron los que inventaron el socialismo, el comunismo, los derechos humanos y la democracia… por cuyo intermedio consiguieron dominar a la mayoría de los países poderosos del mundo y convertirse en potencia mundial…” y exhortando a los 1.300 millones de musulmanes a unirse para luchar contra los judíos.

No hay gran diferencia entre esas palabras y las de su fuente de inspiración, Adolfo Hitler, cuando incitaba en la etapa preliminar y preparatoria del Holocausto a quemar sinagogas y libros de autores judíos. Hoy se ve en Europa cómo jóvenes musulmanes, ayudados por elementos neonazis y cabezas rapadas, cometen actos de vandalismo contra instituciones judías, profanan sinagogas y cementerios, y exhortan a declarar el boicot contra Israel y promover su destrucción.

A comienzos del siglo XXI se ha creado en efecto una pavorosa coalición antijudía, una extraña amalgama de elementos neonazis, cabezas rapadas y jóvenes musulmanes, intelectuales de centro-derecha y centro-izquierda, llenos de prejuicios provenientes de una arraigada educación antisemita, y a la que se adhieren también franquistas convencidos de la existencia de una “conspiración judeo-masónica”, y aun sacerdotes católicos que se oponen a la política de apertura propiciada por el Vaticano y por el Santo Padre.

Las posturas adoptadas por el régimen de Franco y los gobiernos que le siguieron, que hicieron de España uno de los principales refugios para criminales nazis y el centro de difusión más importante de literatura antisemita dirigida a Europa y a los países de la comunidad hispanohablante, sumadas a la actitud de los medios de comunicación españoles, tendentes a deslegitimar a diario al Estado de Israel, son la causa de que España haya sido el último país de Europa Occidental en establecer relaciones diplomáticas con Israel, y aun eso alegando la obligación de hacerlo para poder incorporarse a la Comunidad Europea de entonces. Son esas posturas las que han hecho que España, a fines de 2002, sea acreedora al dudoso honor de ser “el país más antisemita de Europa” según un estudio realizado por la Liga Antidifamación de EE UU.

Hace casi 60 años se apagaron los crematorios de Auschwitz, unos tres años más tarde nacía el Estado de Israel. Nosotros, la generación del Holocausto y la redención, y yo mismo, sobreviviente de aquel infierno, supimos mirar a la muerte cara a cara, tratando de encontrar un nuevo destino como hombres y mujeres libres, y desarrollar plenamente nuestra cultura, lengua, religión y valores. Ya entonces entendimos que la única garantía de que lo que había ocurrido en Europa no se repitiera jamás, sería nuestra voluntad de defendernos, nuestra unidad y fortaleza espiritual dentro de un Estado de Israel fuerte, libre e independiente, con fronteras reconocidas y defendibles, que no olvida ni subestima jamás el peligro de aquellas doctrinas y corrientes de odio y exterminio que hoy, como ayer, amenazan nuestro futuro. Quien no entienda esto, tampoco podrá comprender lo que significa el Estado de Israel para los sobrevivientes del Holocausto o para los sefardíes descendientes de los expulsados (que en su mayoría viven hoy en Israel) y el derecho que tienen a vivir en paz y seguridad.