El árbol español y el bosque europeo

El árbol español no debe ocultar el bosque europeo, y para los socialistas dicho bosque está cada vez más devastado. Esta es la principal lección que hay que extraer de las elecciones del pasado 7 de junio y que la constitución del nuevo Parlamento Europeo acaba de materializar. En España, a pesar de la crisis y el paro, el PSOE ha resistido. Pero, en el resto de la Unión Europea, ¿cuáles son los hechos? Son simples y deben ser observados con lucidez: salvo raras excepciones –Grecia o Eslovaquia–, los socialistas han retrocedido. La derrota es a la vez global y general.
Global, porque la relación de fuerzas entre los grupos parlamentarios del Partido Popular Europeo (PPE) y del Partido Socialista Europeo (PSE) se ha degradado aún más. Esquemáticamente, era de 50-50 en 1999; quedó establecida en 55-45 en el 2004, y ahora es de… 60-40.

General, porque la derrota ha afectado a casi todos los partidos miembros del PSE, sin distinción alguna. A los que están en el poder, como el Partido Socialista Búlgaro, pero también a los que están en la oposición, como el Partido Demócrata Italiano. A los que habían optado por la tercera vía, como el Partido Laborista británico, pero también a los que se habían mostrado más reticentes, como el Partido Socialista Francés. A los partidos socialdemócratas escandinavos, como el Partido Socialdemócrata Sueco, pero también a los del sur, como el Partido Socialista Portugués. A los partidos de países que son miembros históricos de la Unión Europea, como el PvdA neerlandés y el SPD alemán, pero también a los partidos de nuevos miembros de la UE, como el Partido Socialista Húngaro. En muchos países, y no los menos, el resultado obtenido por los socialistas corresponde a un mínimo histórico o a una caída vertiginosa respecto del 2004. A veces, incluso a ambas cosas…
¿Por qué una derrota de este calibre?
Podríamos caer en la tentación de tranquilizarnos y centrarnos en las causas más circunstanciales… sobre todo teniendo en cuenta que estas causas existen y se deben a la especificidad de las situaciones nacionales: escándalos en Gran Bretaña y en Bélgica; situación política difícil en otras partes, especialmente para los partidos miembros de una coalición, como el SPD alemán, o aquellos que se encuentran atrapados en una oposición dolorosa, como en Francia… También se deben a la particularidad del escrutinio europeo: el bajo índice de participación se explica en todas partes por la menor movilización de los jóvenes y del electorado popular; en otras palabras, del electorado tradicional de la izquierda.

No obstante, la amplitud de la derrota no responde solo a simples explicaciones circunstanciales. Las razones de la derrota son más profundas: la izquierda tiene un problema en Europa; la izquierda tiene un problema con Europa.
¿En Europa? En un contexto de crisis mundial, todos los estudios de opinión muestran que los europeos reclaman una mejor protección, más solidaridad en la necesidad, más igualdad en la adversidad. Estos valores figuran en el frontispicio de los partidos miembros del PSE: conforman la estructura del manifiesto que redactaron conjuntamente para la campaña. La pertinencia de los objetivos que la izquierda proclama perseguir es menos discutible que nunca; pero la credibilidad de los medios que propone es más discutible que nunca.
Además, los electores no confían en quienes sostienen las ideas progresistas. En el espacio de 10 años, en numerosos países, el liderazgo socialista es menos patente o más controvertido. Pero si bien la debilidad de liderazgo es perjudicial en una situación normal, en tiempos de crisis se vuelve insuperable. Los socialistas deben llevar a cabo su propia revolución cultural y aceptar plantearse sin pudor la cuestión del poder.
Los socialistas también tienen un problema con Europa. Demasiado a menudo, las campañas electorales han cedido a la facilidad de tratar asuntos nacionales, lo que dificulta aún más la emergencia de un espacio público europeo, del que se ha podido constatar su cruel ausencia. Demasiado a menudo, los programas políticos de la izquierda han estado bañados en un tibio afecto europeo, cuando no estaban directamente afectados por el cuño del euroescepticismo. Demasiado a menudo, por último, las disensiones en el seno de la izquierda europea se han impuesto a la unidad indispensable para la dinámica de una campaña: desgraciadamente, la incapacidad para ponerse de acuerdo sobre un candidato para la presidencia de la Comisión así lo ha evidenciado.

En torno a una idea simple –hay que repensar– se pueden extraer tres conclusiones de este fracaso histórico. 1) Repensar urgentemente. Ahora lo sabemos: la crisis ideológica del liberalismo no se traducirá mecánicamente en la victoria electoral de la socialdemocracia. Va a ser necesario ponerse a trabajar. 2) Repensar de una manera diferente. Hay que tener la audacia de volver a hacer tabla rasa con todo y la lucidez de no forjarse ilusiones: el mundo no dará marcha atrás. El reto reside en redefinir la izquierda en el momento de la mundialización. 3) Repensar colectivamente. La izquierda europea debe encontrar soluciones comunes a esta crisis común. Los socialistas españoles deben desempeñar un papel eminente en esta refundación: no deben conservar el árbol; deben contribuir a repoblar el bosque.

Gilles Finchelstein, director general de la Fundación Jean Jaurès. Traducción: Xavier Nerín