El arco sunita de inestabilidad

Mientras los observadores internacionales concentran su atención en el papel que tiene la rivalidad entre sunitas y chiítas en la configuración de la geopolítica en el mundo islámico, las profundas grietas dentro del arco sunita, que va desde la región del Magreb-Sahel en el norte de África hasta la franja Afganistán-Pakistán, se hacen cada vez más evidentes. Además, las comunidades sunitas son las que producen los yihadistas internacionales que se han convertido en una poderosa amenaza para los Estados democráticos seculares cercanos y lejanos. ¿A qué se debe esta fragmentación y radicalización en las filas del Islam sunita y cómo puede manejarse?

Es muy importante atender esta cuestión. Los mayores actos de terrorismo internacional, incluidos los ataques del 11 de septiembre de 2011 en Nueva York y Washington, DC, y el ataque de Mumbai en 2008, fueron realizados por organizaciones sunitas transnacionales sanguinarias(Al Qaeda y Lashkar-e-Taiba, respectivamente).

El grupo militante sunita Boko Haram, conocido internacionalmente por haber secuestrado a 276 niñas en abril y haberlas obligado a casarse con sus miembros, ha estado causando estragos durante años en Nigeria. Además, los extremistas sunitas del Estado Islámico, cuyo espectacular ascenso ha traído consigo terribles atrocidades en Irak y Siria, tienen como objetivo establecer un califato a cualquier costo.

La influencia de estas organizaciones está muy extendida. Apenas el mes pasado, individuos inspirados por las actividades de estos grupos llevaron a cabo dos ataques distintos, uno en el Parlamento canadiense y otro contra oficiales de policía en Nueva York.

El sectarismo político y tribal en la zonas sunitas del Medio Oriente y África del Norte es un reflejo y a la vez un motor de las instituciones políticas de la región, cada vez más débiles, donde una serie de Estados fallidos o a punto de serlo se han convertido en centros del terrorismo internacional. Por ejemplo, desde Libia, donde reina la anarquía, se están exportando la yihad y armas a todo el Sahel, con lo que se pone en riesgo la seguridad de sus vecinos del Magreb y Egipto. Varios países principalmente sunitas, incluidos Siria, Irak, Yemen, Libia, Somalia y Afganistán, de hecho se han dividido, sin que haya posibilidades de una reunificación en el futuro cercano. Jordania y Líbano podrían ser los próximos países que caigan en manos de la violencia extremista sunita.

El desorden sunita ha subrayado la fragilidad de casi todos los países árabes y al mismo tiempo ha diluido la importancia del conflicto palestino-israelí como cuestión central. El orden post-otomano, creado por los británicos, con ayuda de los franceses, después de la Primera Guerra Mundial se está desintegrando, y no hay una alternativa viable a la vista.

El sectarismo que asola a la franja sunita está afectando incluso los emiratos petroleros relativamente estables del Golfo, donde una  escisión en el Consejo de Cooperación del Golfo está generando nuevas tensiones y competencia por el poder entre sus miembros. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos perciben los esfuerzos de Qatar de ayuda a islamistas como la hermandad musulmana, como una amenaza existencial, incluso cuando su propia riqueza ha estimulado la propagación del yihadismo salafista y de la ideología de Al Qaeda. Ambos países, junto con el Reino de Bahrein, han retirado a sus embajadores de Qatar.

Esta ruptura se agrava por un distanciamiento entre las dos principales potencias sunitas de Medio Oriente, Egipto y Turquía, cuya relación empeoró el año pasado, después de que el ejército egipcio, con el respaldo del presidente turco pro islamista Recep Tayyip Erdoğan, derrocara al gobierno de la hermandad musulmana. Egipto retiró a su embajador de Ankara y expulsó del Cairo al embajador turco. En septiembre, el ministro egipcio de Relaciones Exteriores acusó a Erdoğan de tratar de « provocar caos » e « incitar divisiones en la región de Medio Oriente mediante su apoyo a grupos y organizaciones terroristas”.

Una diferencia similar existe entre Afganistán y Pakistán debido a la ayuda y protección que da este último a militantes afganos –distanciamiento que sin duda empeorará cuando la coalición de la OTAN encabezada por los Estados Unidos culmine sus operaciones de combate en Afganistán este año. La ayuda de Pakistán ha engendrado dos encarnaciones de los talibanes: los talibanes afganos, patrocinados por el ejército pakistaní, y los talibanes pakistanís, némesis del ejército de Pakistán. Gobiernos consecutivos de Afganistán se han negado a reconocer la frontera con Pakistán conocida como Línea Durand, una invención de la colonia británica que dividió al grande grupo étnico Pashtun.

Dichos conflictos están estimulando la militarización de los Estados sunitas. Los Emiratos Árabes Unidos y Qatar ya han establecido el servicio militar obligatorio para hombres adultos. Y Kuwait está considerando seguir los pasos de Jordania al reintroducir la conscripción, que se aplica actualmente en gran parte de los Estados sunitas (e Irán).

Con estos antecedentes, los esfuerzos para amansar la profundamente arraigada rivalidad entre sunitas y chiítas (mediante, por ejemplo, relaciones más cordiales), que sin duda son importantes, no deberían anteceder a una estrategia orientada a abordar el sectarismo que asola la franja sunita. Dicha estrategia debe centrarse en el federalismo.

Por ejemplo, si el federalismo se hubiera institucionalizado en Somalia, cuando surgieron las divisiones entre el norte y el sur, tal vez no habría acabado como un Estado fallido. Ahora, el federalismo puede permitir una gestión ordenada de los principales países sunitas, donde un Estado unitario sencillamente no es práctico.

El problema es que el federalismo se ha convertido en una palabra indeseable en gran parte de los países sunitas. Y el surgimiento de nuevas amenazas ha hecho que algunos gobiernos, sobre todo Arabia Saudita, se opongan férreamente al cambio. Lo que al parecer no reconocen estos países es que la exportación fundada con petrodólares del wahabismo –la fuente del yihadismo sunita moderno– es la que más ha contribuido a acabar gradualmente con las tradiciones islámicas liberales en otros lados y estimulado el terrorismo internacional que ahora amenaza con devorar a sus patrocinadores.

El estancamiento no es estabilidad. Al contrario, en el arco sunita de ahora, se traduce en un círculo vicioso de extremismo y desempleo crecientes, aumento rápido de la población,  empeoramiento de la escasez de agua y descontento popular. Las divisiones políticas y el sectarismo étnico y tribal estimulan esta mezcla letal de volatilidad y violencia.

Es hora de que el mundo sunita reconozca la necesidad de un enfoque federalista para controlar la inestabilidad y conflicto que lo asolan. Incluso los Estados Unidos deben reconsiderar su política regional, que durante mucho tiempo ha dependido de alianzas con dirigentes sunitas despóticos. En una región devastada por el conflicto, el desarrollo habitual de las cosas ya no es una opción.

Brahma Chellaney, Professor of Strategic Studies at the New Delhi-based Center for Policy Research, is the author of Asian Juggernaut, Water: Asia’s New Battleground, and Water, Peace, and War: Confronting the Global Water Crisis. Traducción de Kena Nequiz.

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