El arma química, amenaza real

A las 5 de la tarde del 22 de abril de 1915, durante la segunda Batalla de Ypres, los alemanes abrían las espitas de 6.000 bombonas que previamente habían desplegado a lo largo de una línea de unos 7 kilómetros. Las tropas aliadas francesas, que vieron avanzar el gas amarillo verdoso, pensaron que se trataba de una nube de agente fumígeno, empleado para ocultar el avance de las tropas de infantería, táctica habitual en la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial. En realidad estaban siendo atacadas con 168 toneladas de cloro, un gas irritante de las vías respiratorias, que causaría miles de bajas entre las filas aliadas.

Aunque con anterioridad ya se habían empleado en combate sustancias químicas tóxicas, este ataque era la primera vez que se utilizaba un agente químico como arma de destrucción masiva, con el fin de causar un elevado número de bajas. Esto fue posible porque la potente industria química alemana de los tintes disponía de cloro en grandes cantidades, con un 85% de la producción mundial.

El arma química, amenaza realLa alta disponibilidad de cloro, su gran toxicidad y la incorporación a la industria alemana de las bombonas metálicas que facilitaban el transporte en el campo de batalla, fueron las principales razones que llevaron a su elección como arma por parte del científico alemán Fritz Haber. El propio Haber participó en el despliegue de las bombonas de cloro en el saliente de Ypres y es reconocido, por todo ello, como el padre de la guerra química. Años después recibiría el Premio Nobel de Química por un logro más útil, al obtener amoníaco a partir de la reacción entre el nitrógeno del aire y el hidrógeno.

La brecha abierta por la nube de cloro en el norte del saliente de Ypres permitió que el ejército alemán avanzase sin oposición unos cuatro kilómetros, que podrían haber sido más si los alemanes hubiesen sabido explotar el éxito obtenido por el factor sorpresa. Sin embargo, los mandos militares alemanes no fueron optimistas con respecto a este ataque químico y no estaban preparados. Vieron el arma química únicamente como una solución temporal hasta que se recuperase la producción normal de municiones convencionales, con problemas importantes por aquel entonces debido a la escasez de nitratos.

Tras este primer ataque alemán, y vista su eficacia, el bando aliado también inició el desarrollo de sus ofensivas químicas. Al empleo de cloro le seguiría el del fosgeno, otro gas sofocante, del cual mediante una sencilla modificación de su molécula se obtuvo el difosgeno, sustancia que al ser líquida a temperatura ambiente permitía su carga en proyectiles. De esta manera el arma química daba el salto desde las bombonas de la guerra de trincheras a la guerra de movimiento.

La noche del 12 al 13 de julio de 1917, en la tercera Batalla de Ypres, los alemanes causaban más de 2.000 bajas entre las tropas británicas con proyectiles cargados con un nuevo agente químico, la iperita, también conocida como "gas mostaza". La iperita no sólo producía lesiones en las vías respiratorias, también producía lesiones en la piel, de ahí que la utilización de máscaras no resultara protección suficiente. Además, tras la exposición, sus efectos tardaban incluso horas en aparecer, de manera que los combatientes no eran conscientes de estar en contacto con una sustancia tóxica.

Hasta la firma del armisticio se investigaron más de 3.000 sustancias químicas para ser empleadas en combate. El arma química estuvo presente a lo largo de toda la Primera Guerra Mundial y si bien no fue decisiva en el resultado final de la guerra, sí lo fue en numerosas batallas. Asimismo, su eficacia no se debe medir únicamente por el número de bajas que causó, sino también por el gran efecto psicológico que producía entre las tropas. La simple amenaza de empleo de este armamento requería el uso de la máscara de protección respiratoria, lo que suponía una pérdida de la capacidad operativa del combatiente.

Finalizada la Gran Guerra, la práctica totalidad de los ejércitos habían desarrollado programas de armas químicas, conscientes de la importancia que tenía este armamento y de la necesidad de estar preparados, tanto desde el punto de vista ofensivo, como defensivo. Prueba de ello es que llegada la Segunda Guerra Mundial, todos los bandos disponían de una gran capacidad química, que ninguno llegaría a emplear debido al importante poder disuasorio de estas armas. Fue precisamente en los prolegómenos de esta guerra cuando Alemania empezó a desarrollar los agentes neurotóxicos de guerra, considerados como las armas químicas por excelencia por su alta toxicidad y su gran versatilidad de uso en combate.

La aparición del arma nuclear al final de la Segunda Guerra Mundial desplazó al arma química a un segundo plano como arma de destrucción masiva. Pero esto no supuso el final de los programas químicos, que continuaron a lo largo de toda la Guerra Fría. Por un lado, las potencias nucleares la veían como una opción previa antes de llegar a la "destrucción mutua asegurada" que supondría la guerra nuclear indiscriminada. Por otro, dada la complejidad técnica que suponía la adquisición de un arma nuclear, algunos Estados proliferadores se decantaron por el arma química, cuya tecnología les resultaba más accesible. Este fue el caso de Irak, que en los años 80 empleó iperita, y los agentes neurotóxicos tabún y sarín, en su largo conflicto bélico contra Irán. Años después el arma química era utilizada por primera vez por una organización terrorista, cuando la secta Aum Shinrikyo dispersó sarín en varios atentados que tuvieron lugar en Japón entre 1994 y 1995.

En 1997 entró en vigor la Convención para la Prohibición de Armas Químicas, uno de los tratados más completos de no proliferación y de desarme, que no sólo prohíbe la producción y el empleo de armas químicas sino que obliga a todos los Estados Parte poseedores a proceder a su destrucción. Sin embargo, en la actualidad aún hay seis países que no se han adherido a este tratado, algunos de ellos sospechosos de poseer armamento químico. El reciente caso de Siria, que no accedió a la Convención hasta octubre de 2013, tras confirmar la ONU el empleo de sarín en los suburbios de Damasco en agosto de ese mismo año, es un ejemplo que podría repetirse en un futuro. Tampoco hay que olvidar la actual amenaza del terrorismo yihadista y sus claras intenciones de hacerse con armas de destrucción masiva, conscientes no sólo de los daños que produce su empleo sino también de su importante efecto psicológico para causar miedo y pánico entre la población.

Aunque hoy en día el uso de bombonas de cloro como arma puede parecer una táctica anticuada, informaciones recientes indican todo lo contrario. En 2014, una inspección de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) en Siria confirmó el empleo de cloro de forma sistemática y repetitiva. Los ataques consistirían en el lanzamiento de bombonas desde helicópteros a modo de bombas barril. Denuncias de este tipo de ataques continúan produciéndose en Siria. Además, según informaciones aún sin confirmar por la OPAQ, el Estado Islámico (IS) estaría empleando cloro en Irak, algo que no resultaría del todo extraño ya que Al Qaeda en Irak, embrión del actual IS, ya utilizó vehículos cargados con artefactos explosivos improvisados y bombonas de cloro entre los años 2006 y 2007. Sin duda, cien años después, las armas químicas siguen siendo una amenaza real para la seguridad internacional.

El teniente coronel René Pita y el teniente coronel (en la reserva) Juan Domingo son profesores del Departamento de Defensa Química de la Escuela Militar de Defensa NBQ (Nuclear, Biológica y Química) del Ejército de Tierra.

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