El arpa del rey David

Leonard Cohen se ha muerto justo cuando acaba de llegar al poder la fealdad ideológica y moral de Donald Trump. Nada es casual en la vida, y la muerte de Cohen tal vez nos anuncie el final de un mundo en el que la belleza y las palabras aún tenían el suficiente poder para luchar contra el caos y la oscuridad. Si aguzamos el oído, si escuchamos con suma atención, al fondo de las canciones de Cohen –que eran tan intemporales como las nubes de verano y las noches de tormenta– se oía el arpa del joven David tocando para apaciguar la angustia del rey Saúl. El arte no es más que eso: un arpa que suena en medio de la oscuridad para intentar dispersar las sombras. Y Cohen tuvo esa arpa entre las manos durante muchos años, velando nuestros sueños, ahuyentando los malos presagios, acompañándonos en las largas noches de amor, iluminando el camino cuando todos creíamos que ya no íbamos a saber regresar a casa.

Escuchen «Hallellujah» y oirán esa arpa. Escuchen «Bird On The Wire». Escuchen «You Keep Me Singing». Escuchen cualquier canción, la primera que encuentren, da igual cómo se llame, porque al fondo de los coros y las guitarras y la voz susurrante de Cohen oirán la música intemporal que sale del arpa del rey David. Y de repente sentirán que esa música atraviesa las canciones de Hank Williams y los bailes de los pescadores griegos y los gritos de los beatniks en el Chelsea Hotel, hasta que llega hasta el mundo de los sintetizadores y los iPhones y las cuentas de Twitter. Y entonces comprobarán que todo eso, inexplicablemente, acaba convirtiéndose en luz, en una luz que ya no creíamos posible pero que de repente está ahí.

Los que hemos tenido la suerte de hacernos jóvenes escuchando las canciones de Leonard Cohen jamás sabremos cómo agradecérselas. ¿Cuántas veces no hemos repetido sus letras, a veces sin recordar siquiera que eran suyas, como quien intenta orientarse en la oscuridad y busca una antigua pista olvidada? ¿Cuántas veces no hemos intentado cantar sus canciones, que también eran himnos y celebraciones y llantos y despedidas, todo a la vez? ¿Y cuántas veces no hemos intentado ser como él, aprender de él, captar una pizca de su elegancia, de su bonhomía, de su modestia, de su maravilloso sentido del humor? Sí, claro, el humor: ese humor que no desapareció ni siquiera en sus últimos meses de enfermedad, ese mismo humor que le llevó a decir que se hizo monje budista para desgravar a Hacienda, o que le animó a contar las locuras que vivió con el desquiciado productor Phil Spector cuando grababan «Death of a Ladies Man», sobre todo cuando Spector se le acercó con un Colt 45, le apuntó a la cabeza, lo abrazó y le dijo: «Te quiero, Lenny», a lo que Cohen replicó muy flemático: «Espero que sea cierto, Phil».

Y hay tantas otras cosas que debemos agradecerle a Leonard Cohen que uno no sabe por dónde empezar. La más importante, quizá, es que jamás pretendiera soltarnos sermones políticos. En un país como el nuestro, en el que tantos artistas parecen llevar un megáfono incorporado, Cohen siempre habló en voz baja y con cautela, recordándonos que la última palabra siempre nos pertenecía a nosotros y a nadie más. Y también hay que agradecerle que nos enseñara que toda poesía es una canción, y toda canción es una oración, una súplica, un conjuro litúrgico y a la vez carnal. Y tampoco podremos agradecerle lo suficiente que nos demostrara que la Biblia contenía todo el catálogo de la experiencia humana, desde la lujuria exultante del «Cantar de los cantares» hasta el terror inenarrable de la historia de Isaac, una historia que sólo el lenguaje de la Biblia es capaz de contar y que sólo Leonard Cohen podría haber convertido en una canción, «The Story of Isaac».

Cuando pienso en sus letras, que me aprendí de memoria hace muchos años, y que me hicieron extrañamente feliz a pesar de que se suponía que estaban concebidas para expresar la desdicha –pero también el amor y el éxtasis y la soledad y la desesperación–, hay una palabra que se me viene una y otra vez a la mente: «longing». Creo que no hay otra palabra que pueda resumir mejor la obra de Leonard Cohen. Porque «longing» no es sólo anhelo, como a veces se traduce al castellano, sino muchas cosas más: es añoranza y al mismo tiempo es un ardoroso deseo carnal; es tristeza y lujuria, solo que fundidas en una misma experiencia, porque es el éxtasis del amor que se ha hecho inseparable del miedo a perderlo (o de la desolación por haberlo perdido ya). «Take this Longing»: ésa es la canción de Cohen que siempre acaba regresando. Pero hay docenas de canciones más, y citarlas no vale la pena porque cada uno de nosotros tiene las suyas, empezando por «Suzanne» y terminando por la sobrecogedora versión orquestal de «Treaty», su despedida, esa música espectral que suena como si el arpa del rey David hubiera caído en manos de Shostakovich.

La calidad de la lírica de Cohen ha oscurecido la calidad de su música, y es injusto que sea así, porque la música de Cohen es excepcionalmente buena, y basta pensar en sus complejos arreglos de cuerda y en sus incandescentes coros femeninos, o en sus armonías a la guitarra, o en esa maravillosa forma de meter un bazouki griego en una canción que habla de los invitados que llegan por sorpresa a una casa. Y si alguien quiere comprobar hasta dónde llegaba Cohen como compositor, que escuche el conjunto de mariachis que aparece como quien no quiere la cosa en su canción que habla de una yegua huida (la incomparable «The Ballad of the Absent Mare»).

A punto de cumplir los 83 años, Cohen parecía un personaje de Isaac Bashevis Singer tocando el violín con una orquesta gitana en un velatorio de Galitzia, un día cualquiera de 1910, cuando el mundo aún no se había vuelto loco, o parecía que no iba a volverse loco, ya que solo porque existiera alguien como él parecía imposible que el mundo se volviera loco alguna vez.

Pero Cohen ha muerto. Y el mundo, por lo que parece, se ha vuelto loco.

Eduardo Jordá, escritor.

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