El ‘arriolismo’

Se conoce por este concepto, el arriolismo, una forma de hacer (o no hacer) política consistente en dejar pasar las cosas, esperar a que los demás se equivoquen. En la oposición, se trata de denunciar los errores ajenos y en el Gobierno, vender tecnocracia y un cierto mantenimiento de los valores de la derecha que son un capital consolidado como la exaltación de las Fuerzas Armadas, la Guardia Civil, la bandera, la familia, la religión católica….

Lo contrario del arriolismo sería un proyecto político renovado, ilusionante, que requiere liderazgo, cultura, ideas y valores modernos además de los tradicionales. Sobre un proyecto político cabe el debate, la incorporación de nuevos políticos vocacionales procedentes de la sociedad civil, de la empresa, de la universidad y sobre todo la evaluación precisa del electorado ante los aciertos y desaciertos de las nuevas propuestas. Rajoy encarna perfectamente el primer modo de hacer política, el arriolismo. Por desgracia, desde hace muchos años, el PP, cada vez más encerrado en sí mismo, no valora ni potencia el segundo.

Me propongo hacer una descripción del personaje que ha dado nombre al concepto (un mérito) y después intentaré explicar esta forma de entender la política en el centro-derecha. Pedro Arriola es una persona cuya limitada formación (estudios de Economía y Sociología) se compensa con su inteligencia y con el aprendizaje que ha absorbido de sociólogos como José Ignacio Wert o Carlos Malo de Molina. El origen de su colaboración con Aznar se encuentra en el conjunto de apoyos que José María Cuevas, ex presidente de la CEOE, desplegó para que Aznar fuera candidato de AP en la Comunidad Autónoma de Castilla y León y, eventualmente, el nuevo líder de la derecha. Por aquel entonces, Cuevas, que era más un sindicalista de la época de Franco que un empresario (procedía del SEU con Martín Villa y trabajó en el Sindicato Vertical del Papel) pretendía dominar o influir en la derecha y para ello aportaba, desde su posición en la CEOE, financiación, influencia en medios de comunicación y asesores. Uno de ellos fue Arriola. Aznar, posteriormente, encontró otros apoyos de modo que, poco a poco, se fue liberando de la asfixiante tutela del presidente de la CEOE, si bien conservó como asesor a Arriola, quien en adelante no respondió ante Cuevas sino ante «su cliente».

Hay que tener en cuenta que el cliente de Arriola no es el PP sino su presidente, a pesar de que seamos los cotizantes del PP quienes pagamos al asesor. En ocasiones el presidente encarga a Pedro Arriola que ofrezca un briefing ante el Comité de Dirección o ante el Comité Ejecutivo. Los informes de Arriola eran siempre orales, jamás entregó un papel escrito y siempre eran referidos a cuestiones cuantitativas y tendenciales según sondeos subcontratados, o bien gracias a informaciones electorales procedentes de instituciones públicas como el CIS o sondeos de origen privado (prensa, bancos, fundaciones).

La opinión de muchos responsables del PP, entre los que me incluía, era que la calidad de la información que nos daba el asesor del presidente era muy deficiente, pues se limitaba a marcar tendencias ya sabidas o señalar los objetivos cuantitativos prioritarios (los distritos provinciales en situación fronteriza donde se podía ganar o perder un diputado). A muchos nos llamaba la atención la ausencia de una reflexión más analítica, más profesional, en cuanto a los temas de campaña, los objetivos sectoriales, los procedimientos de movilización de la militancia, el proyecto político propuesto, etc. Sobre todo, cómo ganar esas franjas del electorado de centro que son las que otorgan la mayoría en unas elecciones generales. De todo ello, nada de nada. Entonces la pregunta del millón es: ¿cómo se explica el mantenimiento de los servicios a sus dos clientes, Aznar y Rajoy, durante 24 años? Sin duda hay elementos que ignoro pero aquí voy a tratar de responder a esta pregunta sobre la base de informaciones y apreciaciones que conozco.

En primer lugar un líder, Aznar o Rajoy, está sometido a presiones constantes, conspiraciones externas e internas, rodeado de personas, afines y no afines, muy preparadas en todos los ámbitos y con sus legítimas aspiraciones y ambiciones políticas. En ese marco, Pedro Arriola es un buen conocedor de la naturaleza humana, sobre todo de los líderes políticos y su proximidad al presidente se basa en la singularidad de no ser un político (no tiene o no demuestra esa ambición) y ser un auténtico bálsamo, un calmante medicinal de sus preocupaciones. Por ejemplo, ante la tensión de Aznar en las elecciones generales de 1989, en las que fue, precipitadamente, nombrado candidato a la Presidencia del Gobierno por Fraga, la tesis de Arriola era: «éstas no cuentan, las próximas tampoco (las del 93), donde te la juegas es en las siguientes». Con ello estaba calmando a Aznar, preparando a la dirección del partido para asumir la derrota del 93 y sobre todo se estaba asegurando un cliente, hasta al menos 1996, que era su objetivo principal.

El vínculo de confianza de Arriola con Rajoy se gestó antes del 2004. En 1993 Rajoy sustituyó a Arenas como vicesecretario electoral y desde entonces ambos han tenido una relación de proximidad, máxime habiendo ganado las elecciones en 1996, aunque fuera por una corta mayoría. Rajoy, al heredar la Presidencia del PP en 2004, no tenía razones para excluir a Arriola como suministrador de servicios, como balsámico médico de cabecera.

Hay que tener en cuenta que el objetivo empresarial, profesional, de Arriola, perfectamente legítimo, no es ganar elecciones (que por naturaleza unas veces se ganan y otras se pierden) sino mantener un generoso cliente durante el tiempo más prolongado posible. Recientemente, mis amigos políticos de Génova y del Gobierno me informan de que la actitud actual de Arriola con Rajoy sigue siendo la misma. Ante el impresionante cúmulo de problemas del presidente, Arriola, fiel a su tradición, pretende mantener, lógicamente, el cliente al menos hasta las próximas elecciones generales, en 2015. Ante el riesgo de una debacle en las elecciones Europeas y en las siguientes municipales y autonómicas me dicen que el asesor transmite a Rajoy el siguiente mensaje: «Mariano, si se pierden las europeas no pasa nada, tienen el efecto de castigo pasajero, por los ajustes, pero muchos de esos votos volverán en las generales; incluso si se pierden las municipales y autonómicas, ante el lío de coaliciones que va tener que realizar el PSOE, al final, un resultado adverso en las municipales puede ser positivo para las generales». Esta función de «asesor-calmante» es lo que los dos presidentes-clientes agradecen como el agua en el desierto.

Desde un punto de vista mucho más amplio y general, la segunda pregunta que planteo es: ¿cómo es posible que un gran partido de casi un millón de militantes con un respaldo electoral sin precedentes en nuestra democracia tenga un soporte teórico y político tan débil, y a la postre tan problemático, como es el arriolismo? Mi tesis es que el arriolismo no es la causa sino parte de la expresión de un problema. El problema es la práctica política del PP derivada de un sedimento teórico de la derecha española, de la antigua AP, mucho más tributaria y heredera de Gonzalo Fernández de la Mora que de Fraga Iribarne. En cierto sentido Fraga, por su arrolladora personalidad, ganó la partida política a los Siete Magníficos procedentes del franquismo, pero es una ironía de la Historia que al final quien ha marcado más al PP haya sido y sea Fernández de la Mora. Me explico.

Los fundamentos teóricos e ideológicos de lo que entendemos por el conservadurismo liberal, y también la tradición progresista, tienen sus raíces en la Ilustración y no es este el lugar para hacer un largo recorrido de sus componentes y expresiones. Pero desde el punto de vista de la práctica del centro-derecha en los últimos 25 años El crepúsculo de las ideologías (1965) o El Estado de Obras (1976) marcan indefectiblemente a la derecha política que ocupa la dirección del PP desde 1990 y, sobre todo, desde 2004. Dicho sea con todos los respetos hacia Fernández de la Mora que fue, además de un diplomático y un político, un pensador muy importante y maestro de una amplia escuela de escritores, catedráticos y académicos que tienen en la revista Razón Española su órgano de expresión.

En efecto, la cooptación (antes el cuaderno azul de Aznar y ahora el dedo de Rajoy), el concepto plebiscitario de la democracia, la tecnocracia, la ausencia de referencias a la tradición liberal y a la democracia están en el pensamiento de Fernández de la Mora: «Creo que los pueblos no han gobernado nunca y no gobernarán jamás. Sólo hay una forma institucional, la oligarquía renovada por cooptación. Lo que en la edad contemporánea se denomina democracia es aquel sistema en que dos o más oligarquías aspirantes recurren -cada tres o más años- a una votación censitaria o relativamente universal para que, entre manipulaciones publicitarias, se resuelva quién va a detentar el poder». Cooptación, tecnocracia, ausencia de debate, de control y de democracia interna, inexistencia de un proyecto, ausencia de relación del representado con el representante…He ahí el tema principal. Por el contrario, el arriolismo es un rasgo bien expresivo de las limitaciones del PP. Arriola no es ningún gurú electoral, no está capacitado ni interesado en ello, es un taumaturgo, un médico calmante de presidentes del PP, enfermos imaginarios, agobiados y necesitados de consuelo.

Guillermo Gortázar es historiador y abogado. Fue secretario nacional de Formación del PP entre 1990 y 2001.

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