El arte de quedar todos mal

Javier Tusell (LA VANGUARDIA, 28/07/04).

Resulta inevitable, a estas alturas, la sensación de desánimo al contemplar los trabajos de la comisión parlamentaria sobre el 11-M. Por fortuna, uno de los últimos incidentes ha consistido en que toda una autoridad judicial haya pedido perdón por su comportamiento en la sede del Congreso. Pero el espectáculo poco ejemplarizante debería llevar a que la petición de disculpas se generalizara. Se tiene la impresión de que este mecanismo de la vida política no está teniendo otro resultado que deteriorar ante la opinión pública un panorama democrático no precisamente ejemplarizante.

La comisión no ha hecho sino confirmar lo que ya sabíamos por adelantado. En primer lugar, la falta de preparación ante un posible acto de terrorismo islámico. El economista Thomas Schelling escribió que un clásico fallo de análisis consistía en “confundir lo inesperado con lo improbable”. “La posibilidad que no tomamos en serio parece extraña; lo que parece extraño es improbable, y lo que es improbable no tiene que ser tomado con seriedad”. Claro está que la responsabilidad del gobierno es mayor, pero el error de análisis fue generalizado en España, también en la prensa más crítica durante los meses que precedieron al atentado. Algo parecido sucedió en EE.UU. y allí las evidencias eran mayores, como también los medios disponibles para contrarrestarlas.

Cometer este tipo de errores de análisis resulta hasta cierto punto justificado. Lo es mucho menos la sensación de incapacidad para alcanzar la verdad objetiva, en unos términos aceptados por todos y en los que se distingue el hecho objetivo de la opinión. Se dirá que en materia tan candente y tan cercana a la actualidad, esto simplemente no es posible. Tenemos, sin embargo, a la vista el ejemplo de otras democracias. Cuestiones como el funcionamiento de los servicios de información, la presión del gobierno sobre los medios de comunicación o el conocimiento de las capacidades militares de un adversario han sido resueltas en un plazo prudencial y sin una agónica lucha partidista. No han sido exclusivamente comisiones parlamentarias las que los han resuelto: ha bastado en ocasiones con la presidencia de personas indisputadas por sus antecedentes y dedicación. Pero además los parlamentarios en otros países tienen una categoría personal y un peso específico mucho más independiente que entre nosotros.

Puestos a pedir perdón no vendría mal que los propios diputados empezaran por hacer un acto de contrición. No tiene sentido que cuando se trata de averiguar la verdad todo consista en torneos oratorios partidistas. Avergüenza también que cada paso de la investigación parlamentaria sea seguido por declaraciones inmediatas que avanzan la conclusión general a la mitad de un proceso inacabado. Y resulta por completo irresponsable filtrar el contenido, aunque sea sólo parcial, de documentos reservados, que sólo han podido ser consultados con cautelas muy precisas.

Lo más lamentable del caso es que lo sucedido prolonga actitudes reveladas en esos cuatro días decisivos. Resulta obvia la distancia entre la investigación policial y la información que el gobierno dio en aquellas fechas. Hay en la actualidad muchos más argumentos condenatorios contra la gestión del gobierno de Aznar. No se trata sólo de haber querido aprovechar las

circunstancias en beneficio propio sino también de obsesión ideológica y de pésima gestión de una crisis muy grave. El PSOE estuvo más bien a la defensiva, pero hubiera sido deseable una condena más decidida de las manifestaciones en el día de la reflexión. Pues bien, todos estos males se ven ahora multiplicados gracias a las sesiones de la comisión cuando podrían ser rectificados, al menos en parte. Bastaría tomarse más en serio la responsabilidad propia.

Lo antedicho se reproduce en otras intervenciones ante la comisión. En una frase ocasional, Manuel Azaña escribió que entre nosotros las cosas irían mucho mejor si cada español se dedicara a hacer bien y sin aspavientos estrictamente lo que le corresponde. Por desgracia, en toda esta cuestión hemos tenido repetidísimos ejemplos de que esa sabia sentencia no se ha cumplido. Un fiscal de la Audiencia Nacional no puede permitirse irresponsables ironías cuando es preguntado, sin utilidad ninguna de cara a la responsabilidad que le compete. Un juez como Garzón no debiera ofrecer testimonios indirectos sobre una causa en la que no interviene. Por puro pudor político – términos contradictorios si los hay–, los diputados no pueden reunirse con funcionarios en sedes políticas antes de librar sus testimonios personales. Un Centro Nacional de Inteligencia no puede estar al margen de cualquier actividad relevante durante horas cruciales; no puede producir documentos insolventes ni dejarse presionar por la autoridad política. Las fuerzas de seguridad del Estado no debieran permitir el robo de explosivos en un país que ha padecido un millar de muertes como consecuencia del terrorismo. Y, en fin, si es admisible que un presidente del Gobierno guarde copias de los documentos a que ha tenido acceso durante su mandato, es inconcebible que se lleve los originales y absolutamente absurdo que alardee de tener una información exclusiva y determinante.

Todo lo que viene sucediendo con la comisión parlamentaria era por desgracia previsible. No se ha llegado a los límites de la comisión del pasado verano en la Asamblea de Madrid, pero lo que viene sucediendo obedece a un mal profundo de la democracia española. Hay un déficit de calidad, una incapacidad para estar a la altura de lo que requieren las circunstancias. En momentos como éste, parece faltar presencia de ánimo para el acuerdo y para el bien común, olvidando la ventaja inmediata. Incluso la sociedad civil española resolvería un tipo de conflicto como éste mucho mejor que lo hace su clase dirigente política. Todavía estamos a tiempo de enderezar, por lo menos en parte, lo que de momento no va nada bien. Ortega y Gasset pidió en ocasiones lo que él denominaba “un momento de gravedad española”, es decir, un reposo para tomarse con seriedad las cosas graves que se tienen entre las manos. Cuando eso falla, todos sabemos bien lo que luego acontece: viene la exasperación, la rabia inútil, el estropicio y la incapacidad de salir del atolladero. Pues bien, ahí estamos y ojala surja pronto una voz que permita rectificar el rumbo.